viernes, 29 de mayo de 2015

La vida, en el sentido de estructura y actividad biológica, es un fenómeno distintivo que presenta la naturaleza. El que una cosa se alimente, crezca y se reproduzca resulta algo muy especial respecto a toda otra cosa conocida. Resulta asimismo extraordinario que estas funciones puedan ser efectuadas por una cosa cuyas partes son enteramente físicas, como átomos y moléculas. La combinación especial de estas partes produce algo enteramente animado y con fuerza propia.


Patricio Valdés Marín


Registro de propiedad intelectual Nº 169.033, Chile




Prefacio a la colección El universo, sus cosas y el ser humano



El formidable desarrollo que ha experimentado la tecnología relacionada con la computación, la informática y la comunicación electrónicas ha permitido el acceso a un inmenso número de individuos de la cada vez más gigantesca información. Por otra parte, existe bastante irresponsabilidad en parte de esta información sobre su veracidad por parte de algunos de quienes la emiten, tergiversando los hechos. Además, mucha de la información produce alarmas y temores, pues aquella gira en torno a intrigas, conspiraciones, crisis y amenazas. Habría que preguntarse ¿hasta qué punto esta información refleja la compleja realidad? ¿Cuánta de toda esa información es verdadera? ¿En qué nos afecta? Como resultado hemos entrado en una era de desconfianza, relativismo y escepticismo. Sin embargo la raíz de ello debe buscarse más profundamente.

Vivimos en un periodo histórico ya denominado posmodernismo, que se caracteriza por el derrumbe de los dogmas religiosos y sistemas filosóficos tradicionales a consecuencia del enorme progreso que ha tenido la ciencia moderna y su método empírico, contra cuyo descubrimiento de la realidad no pudieron sostenerse. Sin embargo, la antigua sabiduría respondía de alguna manera a las preguntas más vitales de los seres humanos: su existencia, su sentido, el cosmos, el tiempo, el espacio, la vida y la muerte, Dios, la verdad, el pensamiento, el conocimiento, la ética, etc., pero la ciencia, que ocupó su puesto, no ha podido responderlas, ya que no son esas preguntas su objeto de conocimiento. Por la ciencia entramos en una época de enorme conocimiento y certeza, pero si no se es fiel a la verdad que devela, es fácil caer en el  relativismo: ahora todo es opinable y no se respeta ninguna autoridad, en cambio se pide respetar a cualquiera por cualquier sonsera que esté diciendo; existe poca o ninguna crítica; aparecen gurúes, charlatanes y falsos profetas por doquier, mientras la gente permanece desorientada y escéptica; se divulga falsedades por negocio, fama o intereses espurios.

No se trata de revivir los antiguos dogmas religiosos y sistemas filosóficos, sin embargo, 1º las preguntas que responden al ¿qué es? filosófico, más que el ¿cómo es? científico, que éstos intentaban responder están tan plenamente vigentes hoy, ya que sin aquellas nuestra vida sería vacía y que la filosofía emergió como un esfuerzo racional y abstracto para conferir unidad y racionalidad al mundo, y 2º, la ciencia sigue con firmeza develando esta tan misteriosa realidad, puesto que no fue hasta el desarrollo de aquella que el mundo comenzó a ser entendido como sujeto a leyes naturales y universales de relaciones causales. En consecuencia, esta obra requerirá llegar a los grados de abstracción que demanda la filosofía y a partir de justamente la ciencia intentará responder a las preguntas más vitales. El criterio de verdad que la guiará son las ideas universales y necesarias de ‘energía’ para lo cosmológico y la complementariedad ‘estructura-fuerza’ para el universo material.

Nuestras ideas son representaciones subjetivas y abstractas de una realidad objetiva y concreta, pero la realidad es profundamente misteriosa y nuestro intelecto es bastante limitado para aprehenderla. De este modo se intentará  reflexionar en forma sistemática y unificada sobre los temas más trascendentales de la realidad. En este discurrir, deberemos mantenernos críticos, en el sentido de análisis y juicio referido a la realidad, pues dichas ideas no son “claras y distintas”, como supuso Descartes. El filosofar que podemos emprender debe intentar entender tanto el sentido último del universo, sus cosas y los seres humanos como servirles de fundamento racional. Replanteándolo todo hasta querer bosquejar un nuevo sistema filosófico, un nombre apropiado para esta obra de diez libros podría ser simplemente El universo, sus cosas y el ser humano.

EL CONTEXTO CÓSMICO DE LA OBRA

Parafraseando el inicio del Evangelio de s. Juan (Jn. 1, 1), afirmaremos, “En el principio, estaba la infinita energía”. La energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma —según reza el primer principio de la termodinámica—, que no debe ser pensada como un fluido, ya que no tiene ni tiempo ni espacio, que su efectividad está relacionada con su discreta intensidad, que es tanto principio como fundamento de la materia, no puede existir por sí misma y debe, en consecuencia, estar contenida o en dependencia. Y Dios la causó y liberó en un instante, hace unos 13 mil setecientos millones de años atrás, la codificó y la dotó de su infinito poder, creando el universo entero. La cosmología llama “Big Bang” a esta ‘explosión’ y se puede definir como un traspaso instantáneo, irreversible y definitivo de energía infinita a nuestro material universo en el mismo instante de su nacimiento. La energía que este agente suministró al universo, tal como si fuera un sistema, no termina en desorden, sino sirve para generar y estructurar la materia. El Big Bang, que sería el soplo divino, es también el instante del punto del comienzo de la creación y es igualmente el manto que, desde nuestro punto de vista, envuelve todo el universo. En el mismo grado que el objeto que se aleja cercano a la velocidad de la luz del observador, que de acuerdo con la contracción de FitzGerald se acorta en el eje común entre objeto y observador, aseveramos que, con el fin de mantener la simetría, el plano transversal del objeto a este eje se agranda recíprocamente hasta identificarse con la periferia de nuestro universo. Inversamente, la teoría especial diría que para un observador situado justo en el Big Bang, Dios en este caso, el tiempo habría sido tan grande que ni una fracción infinitesimal de segundo habría transcurrido. Una vez más, para este observador la distancia se habría reducido a cero, como si el Big Bang fuese la base de un tronco que sostiene la inmensidad del universo, dándole unidad a través de una inmensa relación causa-efecto. Dado que todo el universo tuvo un origen único y común, entonces las mismas leyes naturales gobiernan todas las relaciones de causa-efecto entre sus cosas. Para la causa del universo entronizada en el Big Bang, a pesar de estar a alrededor de 13,7 mil millones de años de distancia en el pasado, cada parte del universo estaría en su propio tiempo presente, mientras que la manifestación de causalidad estaría recíprocamente presente en todo el universo.

El universo conforma una unidad en la energía que no admite dualismos espíritu-materia, como los postulados por Platón, Aristóteles o Descartes. Así, el universo, en toda su diversidad, está hecho de energía y nada de lo que allí pueda existir puede no estar hecho de energía. Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia, postuló al “agua” y sus tres estados como clave para incluir la diversidad del universo; después de él otros sugirieron diversos entes como fundamento de la cosas; tiempo después Parménides inventó el concepto de “ser” para darle unidad a la realidad, concepto que hechizó a toda la filosofía posterior; ahora proponemos la idea de “energía” para este mismo efecto metafísico. Si desde Heráclito la filosofía comenzó a especular sobre el cambio que ocurre en la naturaleza, la ciencia observó por doquier a conjuntos relacionados causalmente como sistemas que se transforman de modo determinista según las leyes naturales que los rigen y ella los reconoció, más que cambios, como procesos. El tiempo y el espacio del universo están relacionados con el proceso. Ambos no son categorías kantianas a priori que residen en nuestra mente. El tiempo proviene de la duración que tiene un proceso y el espacio procede de su extensión. La infinidad de interacciones originadas en el Big Bang constituyen el espacio-tiempo del universo, donde cada ser u observador existe en su tiempo presente y todo lo demás está entre su próximo y lejano pasado, estando el Big Bang a la máxima distancia y siendo lo más joven del universo. La velocidad máxima de las interacciones es la de la luz. La fuerza gravitacional es el producto de la masa que se aleja con energía infinita de su origen en el Big Bang a dicha velocidad y que forzadamente se va separando angularmente del resto de la masa del universo, por lo cual el universo es una enorme máquina que, por causa de su expansión radial (no como un queque en el horno), genera la fuerza de gravedad, teniendo como consecuencia su pérdida asintótica de densidad. Y esta fuerza más el electromagnetismo y las otras dos que ellas causan dentro de la estructura atómica producen la incesante estructuración y decaimiento de las cosas.

Algunos científicos creen observar un completo indeterminismo en el origen del universo, pudiendo éste haber evolucionado indistintamente y al azar en cualquier sentido. No consideran que el universo haya seguido la dirección impresa desde su origen según las propiedades de la energía primordial y la relativa estabilidad de lo que se estructura. De modo que la energía primigenia se convirtió en el universo y fue desarrollándose y evolucionando, auto-regulado por lo posible en cada posible escala estructural. La energía comprende los códigos de la estructuración de las partículas fundamentales de la materia. Estas partículas poseen máxima funcionalidad, ya que adquirieron entonces energía infinita, lo que las llevó a viajar a la máxima velocidad posible (la de la luz) desde el Big Bang. El universo que percibimos es estructuración de energía en materia en dos formas básicas, como masa según la famosa ecuación E = m·c² y como carga eléctrica (positiva y negativa). La conversión en carga eléctrica requirió también mucha energía. La fuerza para vencer la resistencia entre dos cargas eléctricas del mismo signo es enorme. Se calcula que solamente 100.000 cargas (electrones) unipolares reunidas en un punto ejercerían la misma fuerza que la fuerza de gravedad de toda la masa existente de la Tierra. Infinitos y funcionales puntos o centros atemporales y adimensionales de energía generan el espacio-tiempo del universo al interactuar entre sí y relacionarse causalmente mediante también energía, estructurando enlaces relativamente permanentes, generando la diversidad existente, que se rige por el principio complementario de la estructura y la fuerza, y produciendo energía cinética y/o ondulante que podemos sentir, que nos puede afectar y que mediante éstas también podemos afectar a otras cosas.

El mundo aparecía naturalmente a nuestros antepasados como caótico y desordenado, existiendo allí tanto nacimiento, gozo y regeneración como sufrimiento, muerte y destrucción. Ellos se esforzaron en dar explicaciones para dar cuenta de esta arbitraria situación y que resultaron ser mayormente míticas. Ahora, por medio de la ciencia moderna, podemos entender objetivamente este mundo y su evolución y desarrollo. El dominio de la ciencia comprende las relaciones de causa-efecto que producen el cambio en la naturaleza, determinadas según sus leyes naturales, siendo válido para todo el universo, y que es virtualmente todo lo que sabemos con mayor, menor o total certeza. Las hipótesis científicas concluyen en la definición de las leyes naturales que rigen la causalidad del universo a través de la demostración empírica y la observación. La ciencia devela que en el curso de su existencia el universo ha ido evolucionando y se ha ido desarrollando hacia una complejidad cada vez mayor de la materia, la que se ha venido estructurando en escalas incluyentes cada vez más multifuncionales. Desde las estructuras subatómicas, atómicas, moleculares y biológicas, hasta las psicológicas, sociales, económicas y políticas, la estructuración en escalas mayores y más complejas no ha cesado. Las estructuras, que se ordenan desde las partículas fundamentales hasta el mismo universo, son unidades discretas funcionales que componen estructuras de escalas mayores y cada vez más complejas (por ejemplo, solo existe un centenar de tipos de átomos relativamente estables y unos 50.000 tipos de proteínas) y son formadas por unidades discretas funcionales de escalas menores. La estructura más compleja y de mayor funcionalidad es el ser humano, el homo sapiens del orden mamífero de los primates.

Como todo animal con cerebro, que  ha venido adaptativamente a relacionarse con el medio a través del conocimiento, la afectividad y la efectividad y que necesita satisfacer sus instintos primordiales, fijado por la especie, de supervivencia y reproducción, el ser humano es capaz de generar estructuras psíquicas (percepciones e imágenes) a partir de la materialidad biológica y electro-química de este órgano nervioso central y de las sensaciones que proveen los sentidos. Pero a diferencia de todo animal el más evolucionado cerebro humano tiene capacidad de pensamiento racional y abstracto, pudiendo estructurar en su mente todo un mundo lógico y conceptual, a partir de imágenes, y que busca representar el mundo real que experimenta y comprender el significado de las cosas y de sí mismo. Él estructura en su mente relaciones lógicas, ontológicas y hasta metafísicas y también puede comprender las relaciones causales de su entorno. Para ello se ayuda del sistema del lenguaje que emplea primariamente para comunicarse simbólicamente con otros seres humanos y también para acumular información y desarrollar aprendizaje y cultura. La realidad que conoce es la sensible y, por tanto, material. Su accionar más humano en el mundo es intencional y responsable, ya que emana de su libre albedrío, que es producto de su razonar deliberado. En esta misma escala su afectividad, más allá de sensaciones y emociones, se estructura propiamente en sentimientos. Persiguiendo vivir la vida con la mayor plenitud posible, los individuos humanos se organizan en sociedades que buscan la paz, el orden, la defensa, el bienestar y la explotación de los recursos económicos a través de la cooperación y la justicia, pero muy imperfectamente, ya que algunos fuerzan satisfacer necesidades individuales de modo desmedido y otros dominan y explotan al resto. Son objetos (no sujetos) de los derechos reconocidos como fundamentales por la sociedad civil, y resguardados por sus instituciones de poder político.

Cuando el ser humano reflexiona sobre el por qué de sí mismo, llegando a la convicción de su propia y radical singularidad, su multifuncionalidad psíquica es unificada por y en su conciencia, o yo mismo, pero no de modo mecánico, sino transcendente y moral. La transcendencia es el paso desde la energía materializada, que se estructura a sí misma y es funcional, hasta la energía desmaterializada que la persona estructura por sí misma. Si el individuo se estructura a partir de partes que anteriormente pertenecieron a otros individuos y pertenecerán en el futuro a nuevos individuos, la persona se estructura a partir de energía que permanecerá en lo sucesivo estructurada. La conciencia humana es el advertir que el yo (el sujeto) es único y que su existencia transcurre en una realidad objetiva que su intelecto le representa como verdadera. Pero transcendiendo esta materialidad que ella conoce, está lo llamado “espiritual” y viene a ser la estructuración de la energía como producto del intencionar, en lo que llamaremos conciencia profunda, forjándola indeleblemente en sí de un modo desmaterializado. El punto de partida de este tránsito a lo inmaterial es la acción intencional, que depende de la razón y los sentimientos y que se relaciona al otro a través del amor o el odio; ésta se identifica con el ejercicio de la libertad y con la autodeterminación, siendo lo que caracteriza al ser humano. La conciencia profunda reconoce que la realidad, no es solo material, sino que también es transcendente, y la puede conocer con otros “ojos” que ven la experiencia sensible, los cuales podrían abrirse completamente solo tras la muerte fisiológica del individuo. El alma no preexiste en un mundo de las Ideas, al estilo de Platón, para unirse al cuerpo en el momento de la concepción, sino que se fragua en el curso de la vida intencional. Esta metempsicosis transforma lo inmanente de la cambiante materia en lo transcendente de la energía inmaterial. La estructuración de una mismidad singular como reflejo de la actividad psíquica de su particular deliberación es el máximo logro de la evolución que, a partir de materia individual, produce energía estructurada. Así, el ser humano puede definirse, más que como animal racional, como un animal transcendente que transita de lo animal a la energía personal. Desde esta perspectiva el sentido de la vida es doble: vivir plena y conscientemente la vida y estar consciente de la vida eterna y sus demandas. Estas explicaciones son especulativas y no se asientan ciertamente en conocimiento científico alguno, pues están fuera del ámbito de lo material, ya que solo conocemos lo sensible, pero está en sintonía con los sucesos místico y parapsicológico reconocidos y surge de superar el dualismo del ser metafísico por la energía que incluye tanto lo material como lo inmaterial.

Y cuando la muerte, propia de todo organismo biológico, desintegra la estructura del individuo, subsiste la persona, que es propiamente la estructura del yo mismo puramente de energías diferenciadas que se han unificado en la conciencia profunda durante su vida. La muerte supone la destrucción irreversible del vínculo de la energía estructurada del yo mismo, inmortal, con su cuerpo de materia estructurada que la contenía, manifiestamente incapaz ahora de existir. Considerando que ya no resulta necesario satisfacer los instintos biológicos de supervivencia y reproducción, como tampoco estar sujeto a ningún otro instinto, en su nuevo estado de existencia el yo personal se libera del consumo de energía de un medio material y, por tanto, de la entropía, lo que significa también que su acción ya no puede tener efectos sobre la materia. Asimismo, desaparecen nuestros atesorados conocimientos y experiencias de la realidad del universo material que percibimos a través de nuestros sentidos animales como también nuestra forma de pensamiento racional y abstracto y memoria basados en el cerebro biológico. Surgiría una forma nueva, inmaterial, transcendental, de pura energía, pero implícita en la conciencia profunda, incomparablemente más maravillosa para conocer y relacionarnos que corresponde a esa insondable y misteriosa realidad que se presentaría, todavía imposible de conocer en nuestra vida terrena. Pero la persona, ahora reducida a lo esencial de su ser, necesitaría y buscaría afanosamente un contenedor de su propia y estructurada energía para poder manifestarse y expresarse en forma plena de conexión. La esperanza es que quien en su vida ha reconocido de alguna manera a Dios y ha sido justo y bondadoso según, por ejemplo, la enseñanza evangélica, estará finalmente, cuando muere, en condiciones de acceder al Reino de misericordia, amor y bondad, que Jesús conoció (¿a través del fenómeno EFC?) y anunció, y existir colmadamente. De ahí que su condición en la “otra vida” sea un asunto de opción moral personal durante su vida terrena. Al no estar inmerso en la materialidad, ya no se interpone el espacio-tiempo que lo mantiene separado de Dios. Así, la energía liberada originalmente por Dios retorna a Él estructurada en el amor.

Los libros de esta obra se enumeran y titulan como sigue:

Libro I, La materia y la energía (ref. http://unihum1.blogspot.com/), es una indagación filosófica sobre algunos de los principales problemas de la física, tales como la materia, la energía, el cambio, las partículas fundamentales, el espacio-tiempo, el big bang, la forma y el tamaño del universo, la causa de la gravitación, agujeros negros, y llega a conclusiones inéditas.

Libro II, El fundamento de la filosofía (ref. http://unihum2.blogspot.com/), analiza lo que relaciona y lo que separa a la filosofía y a la ciencia; expone la concepción histórica de la relación entre la idea y la realidad, la razón y el caos; critica a la filosofía tradicional en lo referente a la dualidad espíritu y materia que proviene de la antigua antinomia de lo uno y lo múltiple, y sienta nuevas bases para una metafísica a partir del conocimiento científico.

Libro III, La clave del universo (ref. http://unihum3.blogspot.com), expone la esencia de la complementariedad de la estructura y la fuerza como el fundamento del universo y sus cosas, que es coextensiva del ser y que es el tema tanto de la ciencia como de la filosofía, con lo que se supera toda contradicción entre ambas ramas del saber objetivo.

Libro IV, La llama de la mente (ref. http://unihum4.blogspot.com/), se remite a una teoría del conocimiento que identifica las funciones psicológicas del cerebro, en tanto estructura fisiológica, con generadores de estructuras psíquicas, siendo ambas estructuras propias de nuestro universo de materia y energía, y descubre que las imágenes y las ideas son estructuraciones en escalas superiores que parten de las sensaciones y las percepciones de nuestra experiencia.

Libro V, El pensamiento humano (ref. http://unihum5.blogspot.com), desarrolla una nueva epistemología que busca descubrir los fundamentos del pensamiento abstracto y racional en las relaciones ontológicas y lógicas que efectúa la mente humana a partir de las cosas y sus relaciones causales.

Libro VI, La esencia de la vida (ref. http://unihum6.blogspot.com/), se refiere principalmente al reino animal, del cual el ser humano es un miembro pleno, en cuanto es una estructuración de la materia en una escala superior.

Libro VII, La decisión de ser (ref. http://unihum7.blogspot.com/), trata de una de las funciones de los animales, la efectividad, que específicamente en el ser humano se estructura como voluntad, que proviene de su actividad racional, que se manifiesta en su acción intencional, que es juzgada por la moral, la ética y la norma jurídica, y que confiere sustancia y sentido a su vida.

Libro VIII, La flecha de la vida (ref. http://unihum8.blogspot.com/), en las fronteras de la reflexión filosófica y aún más allá, intenta explicar la relación de lo humano con lo divino, la que comienza por la capacidad natural del ser humano para reconocer y alabar la existencia de lo divino, y la que termina en una invitación divina a una existencia en su gloria.

Libro IX, La forja del pueblo (ref. http://unihum9.blogspot.com/), analiza una filosofía política que parte del ser humano como un ser tanto social como excluyente, tanto generoso como indigente, para indicar que la máxima organización social debe estar en función de los superiores intereses de la persona, finalidad que se ve entorpecida por anteponer artificiosamente el derecho al goce individual a los derechos de la vida y la libertad.

Libro X, El dominio sobre la naturaleza (ref. http://unihum10.blogspot.com/), estudia el contradictorio esfuerzo humano de supervivencia y reproducción para conquistar y transformar su entorno a través de una asignación desequilibrada de recursos económicos, entre los cuales la tecnología, como creación de la mente humana, es una prolongación del cuerpo para reemplazar su esfuerzo, la demanda por capital es proporcional a la oferta de trabajo, y la naturaleza resulta demasiado limitada para las ilimitadas necesidades humanas que satisfacer.


Deseo expresar mi reconocimiento y mis más vivos agradecimientos a mi esposa Isabel Tardío de Valdés. Sin su paciencia, apoyo moral y cariño esta obra no habría sido posible.

Patricio Valdés Marín



CONTENIDO



Prólogo

Introducción

Capítulo 1. El organismo biológico

Nucleótidos y polinucleótidos
La supervivencia y la reproducción

Capítulo 2. El origen y la evolución de las especies

El organismo biológico y la especie
La selección natural
El origen de la vida
Sociobiología

Capítulo 3. El sistema de la afectividad en la perspectiva de una psicología filosófica

Adaptación y autonomía
El mecanismo de placer-dolor
Las escalas de la función afectiva
Conciencia de sí

Capítulo 4. La especie y el medio

La ecología
Productores, consumidores y descomponedores
El metanicho ecológico de la especie humana
Agotamiento del ecosistema
Moral ecológica
El determinismo biológico

Capítulo 5. La evolución del homo sapiens

La etapa acuática como origen del filum sapiens
El distintivo desarrollo cerebral

Capítulo 6. La psicología ultramundana.

Tres funciones
Conciencias
Conciencia profunda



PRÓLOGO



La vida, en el sentido de estructura y actividad biológica, es un fenómeno distintivo que presenta la naturaleza en la biósfera terrestre, al menos hasta donde podamos saber, ya que en el resto del universo no se la ha observado de modo alguno. El que una cosa se alimente, crezca y se reproduzca resulta algo muy especial respecto a toda otra cosa conocida. Resulta asimismo un puzzle extraordinario que estas funciones puedan ser efectuadas por una cosa cuyas partes son enteramente físicas, como átomos y moléculas. La combinación especial de estas partes produce algo enteramente animado con fuerza propia.

Después de Mendel, Watson y Crick, sabemos que de sus progenitores un organismo biológico ha recibido un código que no sólo indica cómo debe estructurarse, sino que también interviene como estructurador. Pero un problema aún no resuelto es cómo fue que en el universo, o al menos aquí en la Tierra, apareció alguna vez –y una sola vez– la vida, pues para poder existir este código requiere primeramente de la estructura que consigue conformar. Probablemente, la respuesta esté en que el principio estructurador que posee la materia es superior a alguna tendencia hacia una entropía desorganizada. La generación de vida que pudiera sobrevivir y que además pudiera reproducirse fue un logro muy importante de la materia y de su capacidad para estructurarse.

Cada especie, como agrupación de organismos vivientes en el tiempo, se distingue de otras porque los individuos que la componen son fértiles cuando se aparean, procreando individuos similares. Luego, cada especie posee un genoma distintivo. Para subsistir cada especie demanda de sus miembros que sobrevivan y se reproduzcan. No sólo un individuo que no es exitoso a este mandato no logra traspasar sus aptitudes al banco hereditario de su especie, sino que los individuos de una especie exitosa son aquellos que resultan con buenas aptitudes para sobrevivir y reproducirse en un medio dado. En consecuencia, el genoma de una especie trata principalmente de los caracteres que permiten a los individuos que la componen sobrevivir y reproducirse con éxito.

El ser humano pertenece a una de las numerosísimas especies del reino animal. Este enunciado lo pone en medio de una larga compañía y lo define plenamente como un ser biológico. Incluso aquello que lo distingue del resto de los animales –su capacidad de pensamiento abstracto y racional, de sentimientos y de acción intencional– pertenece a funciones psíquicas de su cerebro, el cual es un órgano plenamente biológico, similar al de los individuos de otras especies biológicas. Todos los cerebros están compuestos de neuronas y glía, que son propiamente sus células específicas; y estas células funcionan en forma similar en todos los distintos cerebros. La única diferencia entre los animales y el ser humano está relacionada con un relativamente mayor volumen y una mayor organización, lo que permite al segundo relacionar más eficientemente sus representaciones psíquicas y superar escalas. En todo lo demás el ser humano es un animal más del planeta Tierra.

Por consiguiente, el ser humano está destinado a sufrir las mismas vicisitudes que sus parientes biológicos. Su comportamiento está condicionado por su genoma, que casi no se diferencia del de sus parientes biológicos más cercanos, como el chimpancé. Igual que todos los demás mamíferos, crece, se nutre y se reproduce. Lo mismo que cualquier otro organismo viviente, debe luchar para sobrevivir en un medio tanto providente como hostil. Vive entre gozos y dolores para luego irremediablemente morir.

Sin embargo, la pequeña diferencia en su genoma descubre una gran diferencia que lo aparta del resto de los seres vivientes. En su origen, hace unos 200.000 años, y donde el homo sapiens evolucionó posteriormente el medio fue acuático y rico en proteínas. De este medio adquirió las características que lo separaron del homo ergaster y que produjeron, ya hace 60.000 años, el hombre moderno. La característica más distintiva fue el desarrollo del cerebro para permitirle el pensamiento abstracto y racional, los sentimientos y la capacidad de la acción intencional. El pensamiento netamente humano le confiere la capacidad para tener conciencia de sí y hacer proyectos de futuro; en tanto la acción intencional le permite concertar acciones complejas y generar una cultura que posibilita no sólo adaptarse con gran éxito a variados medios, sino que dominarlos y controlarlos.

Este libro es una indagación de aquello que hace del ser humano no un miembro aparte de los otros animales, sino que un miembro pleno del reino animal.



INTRODUCCION



La existencia de la vida, su origen, su evolución y su esencia son los temas que tratará este ensayo. Algunos de estos temas tienen larga data. Aristóteles describía los seres tanto del reino vegetal como del reino animal como capaces de crecer, nutrirse y procrear. Además, desde antiguo se ha considerado a los seres del tercer reino, el animal, capaces de desplazarse a diferencia de los vegetales, como animados. De allí el nombre “animal” para designarlos.

Todas las cosas existentes en el universo han sido construidas y se construyen a partir de la energía primigenia. Esta energía se materializó en las partículas fundamentales, las cuales han generado estructuras funcionales en sucesivas escalas progresivas, cada vez más complejas y funcionales. Esta ley general de la materia puede explicar la existencia de los organismos vivos sin necesidad alguna de recurrir a fuerzas extrañas al universo.

La evolución del universo y su estructuración según la termodinámica han desembocado, en nuestro planeta Tierra, en una organización que llamamos vida. Cabe señalar que si en la Tierra la estructuración de la materia ha producido vida, no existe impedimento alguno que evoluciones similares de la materia que se estructura no pueda producir vida en otros tantos lugares del amplio universo. Los componentes o unidades discretas de estas estructuras vivas, que son sus subestructuras, son propias del mundo físico natural, como átomos, moléculas y cadenas peptídicas y proteicas, con sus propias funciones específicas. La vida como la conocemos define estructuras que se auto-estructuran y se desarrollan, interactúan con el medio, son internamente estables –propiedades que se puede englobar en el término “supervivencia”– y se reproducen según pautas determinadas por códigos genéticos que portan.

La vida también define al ser humano en su totalidad. Tal como los vegetales se distinguen de los animales en que los segundos tienen capacidad para interactuar móvil y activamente con el medio, los seres humanos se distinguen de los animales porque tienen conciencia de sí. Sin embargo, todo lo que el ser humano es proviene íntegramente del mundo natural y de las potencialidades que tiene éste para estructurarse a partir de la energía y llegar a estructuras capaces de un pensamiento racional y abstracto. Esta facultad cognitiva está prefigurada en el sistema nervioso central de los animales superiores y ha sufrido un desarrollo ulterior generado por la evolución biológica, pero de ninguna manera se puede llegar a conclusiones como que se trata de una facultad de naturaleza espiritual.

Esta visión unitaria difiere radicalmente del dualismo tradicional de la cultura occidental, como también de muchas otras culturas, por el que se concibe al ser humano compuesto por una vida biológica con comienzo y fin en el tiempo en conjunción de una vida espiritual extratemporal. La actitud opuesta típica es el monismo. Éste se caracteriza por la negación de una de las dos naturalezas del dualismo. El materialismo es la negación de lo espiritual, pero deja sin explicación posibles realidades que pudieran transcender lo puramente material.

La cúspide de la organización biológica es un cerebro con capacidad de pensamiento racional y abstracto, una de cuyas funciones psíquicas es pensarse a sí mismo y a lo que lo transciende. Esta actividad psíquica pertenece al modo de ser del universo y de las posibilidades de estructuración de la materia. Sin embargo, hasta donde podemos saber, esta estructuración es, claro está, la mayor que alcanza la materia.

La vida tuvo probablemente su punto de partida en casuales y aleatorias combinaciones entre cadenas nucleicas y cadenas polipeptídicas, hace unos tres mil quinientos millones de años atrás o poco más, al menos en nuestro planeta Tierra, dando origen a una primitiva célula que no sólo sobrevivió, sino que originó otra réplica de sí misma; la segunda también se replicó, y así, sucesivamente, hasta que la vida siguió extendiéndose por sobre la faz de la Tierra. En este desarrollo la vida fue cambiando sus formas y se hizo más funcional en la perpetua búsqueda por una mejor adaptación a las duras e inestables condiciones del medio, siguiendo un mecanismo de pervivencia que denominamos evolución biológica. Mientras las formas vivientes evolucionaban en la Tierra, la alteraban irreversiblemente, dándole un aspecto necesariamente más acogedor. En cualquier caso, hasta ahora la acción de sus habitantes no ha llegado al punto que el ambiente de este terruño haga imposible el sostenimiento de la vida, como sí los humanos pueden amenazar.

La primera forma primitiva de vida que logró sobrevivir y reproducirse transmitió estas dos características muy especiales (que llamamos instinto) –la supervivencia y la reproducción–, arduamente conseguidas, a su progenie. Los individuos de esta primitiva vida son los primeros antepasados de todas las formas vivientes que han existido, que existen y que existirán en el planeta Tierra. Todos los seres vivientes terrestres pertenecemos a una gran familia que no ha tolerado emigrantes alienígenas ni familias de origen paralelo, a juzgar por nuestros componentes genéticos. Es posible que la vida, como surgió originalmente, haya tenido mayor aptitud intrínseca y fuerza vital que cualquier otro intento por colonizar nuestra biosfera, habiéndole impedido cualquier manifestación.

Precisamente, la supervivencia y la reproducción son las dos características fundamentales que definen todo organismo vivo, incluido el ser humano. Sin ellas cada uno de nosotros no sólo no pudo haber comenzado a existir, sino que tampoco podría haber sido capaz de subsistir a las severas condiciones del medio. En la generación de cada nuevo organismo viviente, son éstas dos características, comunes a todos los organismos vivientes, las que, insertadas en el genoma, son fundamentalmente recibidas de sus progenitores y que eventualmente transmitirá a su progenie. Así, pues, las características particulares de la especie consisten fundamentalmente en el modo particular que tienen sus individuos para sobrevivir y reproducirse en un medio determinado.

La existencia humana, incluida sus manifestaciones que nos parecen más espirituales, ha sido producto del mismo principio de estructuración universal mencionado. Este principio nos ha sido posible comprenderlo después del advenimiento en plenitud del conocimiento científico, en nuestra propia época. En la actualidad, para explicar nuestra humanidad, ya no es necesario recurrir a dualismos de materia-espíritu, pues son ajenos a las fuerzas universales. Nuestras funciones propiamente humanas, tales como el pensamiento abstracto y lógico, los sentimientos y la actividad libre e intencional han sido generadas por las fuerzas de la naturaleza, las que hemos llegado a comprender. Sabemos ahora de su acción en la estructuración de las cosas hasta aquellas más funcionalmente complejas, como es el cerebro humano y sus funciones psíquicas.

Este punto de partida, que en la actualidad no es de manera alguna novedoso ni original, es, no obstante, radicalmente distinto del que había sido empleado tradicionalmente por milenios y que muchos no están aún dispuestos a abandonar. En gran medida, ello es así porque tenemos un cierto orgullo ancestral de considerarnos seres espirituales, radicalmente distintos de los animales, plantas y rocas. Sin embargo, en plena era científica, que está provocando una revolución cultural de impredecibles consecuencias y de la que no estamos si quiera enteramente conscientes, esta tradicional postura se ha tornado imposible de sostener.



CAPITULO 1. EL ORGANISMO BIOLÓGICO



Un organismo biológico se caracteriza porque es una estructura cuyas funciones fundamentales son la capacidad para autoestructurarse, para interactuar con el medio y para reproducirse. Esta definición no es lejana de la de Aristóteles, para quien la vida es la capacidad para crecer, nutrirse y procrear. El punto de vista adoptado es el de una estructura funcional, que es lo que caracteriza a todo ser existente, siendo el ser viviente una estructura extraordinariamente funcional.


Organismo y máquina


Un organismo biológico es una estructura viviente, pero no es una máquina, como supusieron Descartes y los mecanicistas. Lo que lo diferencia de una máquina es la capacidad para estructurase a sí mismo y que su existencia depende de esta actividad. Si se le cortara el suministro de cualquier insumo tan simple como el oxígeno, el agua o la vitamina B12, no podría subsistir por no poder seguir auto-estructurándose. Esta auto-estructuración es, en la perspectiva del ecosistema, un depósito rico de proteínas y nutrientes que satisfacen la auto-estructuración de otros organismos vivientes, o comensales, claro está.

Un organismo viviente funciona como máquina sólo en forma muy secundaria, siendo corrientemente su producción de cosas el mero desecho de su propia actividad de auto-estructuración. En cambio, la máquina está ya estructurada previamente y no requiere modificación alguna para producir cosas ajenas a su propia estructura a partir de un flujo de insumos. Y si se le cortara el suministro de cualquier insumo, no sufriría ni menos moriría como un organismo biológico, sólo dejaría de producir o produciría ineficientemente.

Humberto Maturana R. (1928-) y Francisco Varela G. (1946-2001) inventaron el neologismo “máquina autopoiética” para referirse al organismo biológico. Ahora bien, si se lo define únicamente como máquina, se lo debe distinguir enseguida de una máquina por dos razones. Primero, su producción de componentes, partes y piezas está destinada a sí mismo. Segundo, su actividad se realiza según los requerimientos retroalimentados homeostáticamente por el mismo. Podría existir un problema formal en definir el organismo biológico meramente por “máquina”, por cuanto este concepto no es exactamente el término genérico, que debe ser especificado para definir el concepto "organismo biológico", como sí lo es para el concepto "sistema", pues su extensión es menor que el término que debe definir. No obstante, cuando máquina es especificada con el concepto “autopoiético”, que significa producirse a sí mismo, la definición responde a la realidad de lo que es un organismo biológico.

Tampoco un organismo biológico es alguna cosa que puede crecer y desarrollarse por simple y espontánea agregación de partes, como la cristalización de alguna solución salina o la formación de un volcán. Sólo el organismo biológico crece y se desarrolla en forma activa, diferenciada, orgánica y funcional por causa de fuerzas que genera y controla internamente.

La definición funcional, de Gerald Joyce (1956-) y adoptado por la NASA, de ‘vivo’ como “un sistema químico autosostenible con capacidad para llevar a cabo una evolución darvinista” adolece de dos errores fundamentales. 1. La estructura de un ser viviente no es un sistema químico, sino que sus subestructuras son órganos funcionales compuestos por tejidos, y éstos están a su vez constituidos por moléculas químicas funcionales, en que dicho sistema químico, en tanto estructura, está a más de dos “órdenes de magnitud” de escala de inferioridad o simplicidad respecto a la estructura del ser vivo. 2. Lo ‘vivo’ es una cualidad de un ‘ser viviente’ individual y no de un conjunto de seres vivos; por consiguiente, lo vivo no se caracteriza porque tiene una capacidad para cambiar filogenéticamente, sino porque principalmente interactúa con el medio, cambiando ontogenéticamente en este proceso; es incorrecto afirmar por tanto que la especie –aquello que evoluciona de modo darwinístico– sea lo vivo. En consecuencia, sólo la característica “autosostenible” es lo único rescatable de la definición de lo viviente de Joyce.

Organismo y sistema

Un organismo biológico es, desde el punto de vista causal, el único sistema capaz de generar fuerzas destinadas a su propia estructuración fisiológica según las exigencias demandadas por sí mismo, y esta función es precisamente la que lo caracteriza. Presenta mecanismos propios de control y regulación de fuerzas de auto-estructuración. Estos mecanismos actúan en todas las escalas estructurales a partir de la molecular, propia del ADN. Además, un organismo de este tipo posee mecanismos específicos para regenerar su propia estructura ante un eventual daño.

Por lo tanto, desde el punto de vista formal, un organismo biológico es un sistema (más que una máquina) que se auto-estructura según mecanismos autónomos de control y regulación. Algunos de estos mecanismos son homeostáticos; otros son estructuradores o productores; otros interactúan con el medio; otros más son reproductores, e incluso hay mecanismos des-estructuradores que terminan irremisiblemente con la muerte del organismo biológico en particular, pasando éste a la cadena trófica. Los organismos biológicos más evolucionados buscan activamente los insumos que les sirven para auto-estructurarse y se protegen de elementos del ambiente que pueden serles potencialmente destructores o des-estructuradores.

La materia prima de la estructuración biológica son principalmente los aminoácidos. En la cadena trófica los vegetales se distinguen de los animales en que los primeros producen aminoácidos a partir del consumo de sus componentes, más la acción fotosintética, y los segundos consumen a aquéllos para conseguir los aminoácidos que no pueden fabricar. Los aminoácidos son las unidades discretas que forman las proteínas. Éstas son las unidades discretas de los orgánulos y partes de las células. A su vez, las células son las unidades discretas de los distintos tejidos y órganos del organismo biológico.

Organismo y genoma

Los organismos se construyen a sí mismos mediante el control ejercido por la dotación genética, o genoma, que hereda de sus progenitores, que se haya contenida en los cromosomas de sus células y que contiene una enorme cantidad de información para estructurar las proteínas específicas requeridas en el lugar y el tiempo preciso. Los cromosomas están compuestos por ácido desoxirribonucleico (ADN), cuyas unidades discretas son los genes. Estos son segmentos de ADN y cada uno de ellos está compuesto, a su vez, por un conjunto de los cuatro tipos de bases que componen la cadena de doble hélice del ADN –adenina, timina, citosina y guanina–. Consecuentemente, los genes son segmentos variables de tripletes de bases de ADN.

El mecanismo de estructuración de proteínas a partir de aminoácidos depende de los mecanismos de traducción y replicación del ADN, y éste es tan preciso que las proteínas que codifica llegan a conformar células muy específicas. En los organismos pluricelulares, las células, ya funcionalmente muy específicas, llegan a conformar estructuras mayores, también funcionalmente muy específicas, y así sucesivamente, pasando por tejidos, órganos y sistemas, hasta que se conforma la estructura total de un organismo biológico, el que es funcional para sobrevivir y reproducirse.

Así, pues, el crecimiento y la multiplicación celular dependen de innumerables reacciones químicas, y en cualquier momento en la existencia de cualquier organismo biológico, el número de reacciones químicas que ocurren en sus millones de células es simplemente incalculable. Su conjunto conforma el metabolismo a escala celular, y consiste en la elaboración de los constituyentes celulares. Las células de todos los seres vivos, incluyendo los seres unicelulares, están constituidos de las mismas dos clases principales de macromoléculas: proteínas y ácidos nucleicos. A su vez, estas macromoléculas están formadas por el ensamblaje de los mismos radicales, en número muy determinado: veinte aminoácidos para las proteínas, cuatro tipos de nucleótidos para los ácidos nucleicos.

Las proteínas son moléculas muy grandes y tienen un peso molecular que varía entre diez mil a más de un millón. Están estructuradas por la polimerización secuencial de aminoácidos que conforman una cadena que se denomina polipeptídica. Análoga a las letras del alfabeto que son las unidades de palabras y frases, los veinte aminoácidos conforman las proteínas de todos los seres vivientes. Mientras los aminoácidos tienen un peso molecular cercano a cien, una proteína contiene entre cien a diez mil radicales aminoácidos. Puesto que existe variación tanto en la secuencia como en la cantidad de aminoácidos, los tipos de proteínas que pueden estructurarse son incontables. Una simple bacteria contiene unos dos mil quinientos tipos de proteínas distintas y un ser humano cuenta con más de un millón.


Nucleótidos y polinucleótidos


Es encomiable el enorme esfuerzo que realizan miles de biólogos para entender y explicar el proceso de estructuración biológica. Este es un proceso que ocurre innumerables veces a cada instante en cualquier organismo biológico. A través de su mecanismo se puede apreciar el verdadero significado de la segunda ley de la termodinámica. A pesar de que sale un poco de la idea de este ensayo, que trata los temas desde una perspectiva más filosófica, se ha incluido a continuación un breve resumen de dicho proceso central del fenómeno biológico, donde se estructuran proteínas muy funcionales a partir de aminoácidos, que pasan a ser sus unidades discretas.

El origen de la estructuración del organismo biológico pertenece a la función de traducción del ADN, y su proceso culmina en la construcción de las proteínas. Los ácidos nucleicos son macromoléculas que resultan de la polimerización lineal de cuerpos llamados nucleótidos. Estos están constituidos por la asociación de un azúcar con una base nitrogenada por una parte, y con un radical fosforilo por la otra. La polimerización es mediada por los grupos fosforilos que asocian cada residuo de azúcar al precedente y al siguiente, formando así la cadena polinucleotídica. Como dije más arriba, los nucleótidos son cuatro, difieren por la estructura de la base nitrogenada constituyente y se denominan adenina, guanina, citosina y timina. Están unidos secuencialmente entre sí mediante enlaces químicos covalentes. Una unión covalente es la compartición de orbitales electrónicos entre dos o más átomos. La formación de las uniones requiere un potencial químico y un catalizador que es la enzima ADN-polimerasa.

El ADN está constituido por dos fibras polinucleotídicas de largo indefinido, paralelas entre sí, formando una doble hélice y asociadas mediante las uniones no covalentes de los nucleótidos. Por razones estéricas, la adenina tiende a formar espontáneamente una asociación con la timina, mientras que la guanina se asocia con la citosina. Las dos fibras son por tanto complementarias. La estructura puede componerse de todas las secuencias posibles de pares y no está limitada en cuanto a su longitud.

Polinucleótidos y polipéptidos

El mecanismo de traducción de la secuencia de nucleótidos en secuencia de aminoácidos es complicado. Así, la estructura de una proteína, que define sus funciones específicas, está determinada por el orden lineal de los radicales aminoácidos en el polipéptido. Esta secuencia está determinada por la de los nucleótidos en un segmento de fibra del ADN. El código genético es la regla que asocia una secuencia polipeptídica a una secuencia polinucleotídica dada. Como hay veinte aminoácidos a especificar y sólo cuatro nucleótidos en el alfabeto del ADN, cada letra está constituida por una secuencia de tres nucleótidos (un triplete) específicos para un aminoácido (entre veinte) en el polipéptido.

La maquinaria de traducción no utiliza directamente las secuencias nucleotídicas del ADN, sino la transcripción de una de las dos fibras a un polinucleótido, llamado ácido nucleico mensajero (ARN mensajero). El ARN es leído secuencialmente de triplete a triplete, a lo largo de la cadena polinucleotídica. Una enzima cataliza en cada etapa la formación de la unión peptídica entre el aminoácido que lleva el ARN y el aminoácido precedente, en la extremidad de la cadena polipeptídica ya formada, que aumenta así en una unidad.

El mecanismo está comandado por las enzimas. Estas actúan en las reacciones químicas que forman las proteínas. Las enzimas son una especie de catalizadores, pero se diferencian de éstos porque cada una cataliza únicamente una sola reacción, porque las uniones que cataliza son no covalentes y porque, por lo general, una enzima es activa con respecto a un solo cuerpo susceptible de sufrir este tipo de reacción.

El mecanismo de replicación, necesario tanto para la multiplicación de las células como para la estructuración de los gametos que dan origen a un nuevo organismo viviente, procede por separación de las dos fibras del ADN, seguida por la reconstitución, nucleótido a nucleótido, de las dos fibras complementarias. Cada una de las dos moléculas así sintetizadas contiene una de las fibras de la molécula madre y una fibra nueva, reconstituida y complementaria, formada por el emparejamiento específico. Estas dos moléculas son idénticas entre sí y también a la madre. El secreto de la replicación sin variación del ADN reside en la complementariedad estereoquímica del complejo no covalente que constituyen las dos fibras asociadas en la molécula.

En consecuencia, si un organismo tiene las aptitudes para sobrevivir y reproducirse, es gracias a la funcionalidad de cada uno de sus componentes en cada una de las múltiples escalas a partir del ADN. Los biólogos distinguen entre genotipo y fenotipo. El genotipo de un organismo es su genoma particular que contiene una determinada información genética. Su fenotipo son los caracteres propios del individuo como resultado de esta dotación, esto es, su propia funcionalidad.

La estabilidad interna

Un organismo biológico es capaz de crecer y desarrollarse, pero también tiene la capacidad para permanecer el mismo y mantener su propia identidad, independiente de los cambios enormes que pueda sufrir el ambiente donde existe. Muchos mecanismos actúan al interior del organismo para independizarlo de fuerzas desestabilizadoras del medio externo.

Claude Bernard (1813-1878), padre de la fisiología, estableció que la "libertad del medio interno es el requisito esencial para la vida libre". La investigación posterior confirmó este principio. La composición química de los tejidos y fluidos de un organismo permanece constante dentro de unos límites extremadamente estrechos, indistintamente de las variaciones del medio externo.

Más tarde, Walter B. Cannon (1871-1945) demostró que estos procesos están controlados en gran parte por el sistema nervioso autónomo y el sistema endocrino. Él acuñó la palabra "homeóstasis" que deriva de las palabras griegas "permanecer igual". Esta permanencia no es inmóvil, sino de un estado que puede variar, en especial como reacción a las fuerzas desestabilizadoras del medio externo. Existe en el organismo una cantidad de sistemas que funcionan como mecanismos homeostáticos para controlar y regular el medio interno. Cada uno está diseñado para enfrentar algún problema específico: temperatura interna, esfuerzo, cicatrización, metabolismo, etc. La acción homeostática es un caso de la retroacción que se observa en otros procesos tanto naturales como artificiales. La retroacción es un efecto que repercute sobre su propia causa, modificándola. Puesto que la causa modificada modifica a su vez el efecto, se origina un circuito cerrado, autocontrolado.

Pero la acción homeostática en un sentido es desestabilizadora en otro. La eficiencia de un mecanismo en un sentido produce fallas en otro sentido. En el ser humano, por ejemplo, la regulación homeostática funciona bien hasta los 25-30 años; después su funcionamiento comienza a producir efectos secundarios negativos en el organismo. El fisiólogo Alex Confort decía que envejecer "es característicamente un aumento en el número y variedad de los fallos homeostáticos y, cuando fallan las funciones orgánicas necesarias, el organismo muere."


La supervivencia y la reproducción


La lucha por la supervivencia.

El proceso de crecimiento, desarrollo, nutrición, estabilidad y reproducción del organismo consume energía que debe adquirir activa y selectivamente del medio externo. Por ello, en el caso de este tipo de estructuras de organismos individuales ya no cabe hablar de "subsistencia", sino de "supervivencia".

El concepto de supervivencia, el que se empleará en lo sucesivo para designar la subsistencia de un organismo biológico, significa un estado en el que el organismo genera autónomamente fuerzas para aprovechar la energía del medio y/o contrarrestar aquellas fuerzas que tienden a destruirlo. Este estado no es estático, sino que implica una continua lucha por subsistir; esto es, comprende el esfuerzo que debe generar el mismo organismo biológico para mantenerse vivo y no morir. Según la segunda ley de la termodinámica la lucha por la vida de un organismo implica la muerte de otro organismo, al menos en el caso de los consumidores. Para crecer, desarrollarse y reproducirse un organismo necesita consumir otros organismos, pues son fuentes de energía y elementos nutritivos. En el caso de los productores, que son corrientemente los vegetales cuya clorofila produce macromoléculas nutritivas a partir del Sol, agua y carbono, son organismos que nutren a otros sin ser ellos mismos consumidores.

En la lucha por la supervivencia un organismo no sólo compite con sus similares de la especie, sino que con organismos de otras especies que comparten el mismo nicho, sobreviviendo el más apto. La competencia que deben sufrir los vegetales entre sí es principalmente por el espacio donde crecer.

En consecuencia, la supervivencia debe entenderse como la lucha por la existencia. Es la lucha de un organismo biológico para procurarse la energía que gasta en luchar y desarrollarse. Es una capacidad no sólo para autoestructurarse, sino también para regenerar y curar aquello que ha sido dañado. Es un estado tensional entre la vida y la muerte, entre el desarrollo y la decadencia en un medio determinado. En términos existencialistas, es el esfuerzo por ser y es el rechazo a la nada, y ello está inserto en el código genético. La vida es lucha y conflicto. En términos biológicos la capacidad o esfuerzo netamente animal de supervivencia y reproducción obedece al instinto, siendo en efecto la supervivencia y la reproducción los dos instintos más poderosos de los animales.

Instinto y razón

La estructuración biológica ha diseñado mecanismos funcionales a la supervivencia y la reproducción que están relacionados con el comportamiento del organismo. Uno de ellos es relativamente determinista, no admitiendo opciones. Se trata de lo que se entiende corrientemente por un instinto rígido que reacciona sin mayores opciones frente a un determinado estímulo. Un mecanismo instintivo más plástico y flexible, propio de los animales más evolucionados y que ciertamente admite opciones y decisiones, corresponde a un estado dinámico en el sentido de que implica alcanzar la satisfacción de necesidades vitales impulsado por la búsqueda de placer, bienestar y alegría y el rechazo al dolor, desagrado y sufrimiento, captando activamente la energía contenida en el ambiente providente y defendiéndose de los peligros del ambiente agresivo.

En los seres humanos este estado, que en su aspecto más simple responde a los mismos estados afectivos animales, implica alcanzar además la prosperidad y la felicidad. Pero también el ser humano tiene la capacidad para trascender mediante su razón este relativamente inflexible mecanismo biológico que surge de la sensación de placer-dolor. En una especie de economía propiamente hedonista del placer-dolor su razón puede indicarle qué opciones generan mayor placer y evitan mayor dolor; y en una economía del tipo estoico ella le indica también en cuáles situaciones es más conveniente sufrir un poco más para alcanzar un gozo mayor. Más aún, en una actitud que descansa en valoraciones netamente morales y mediante su razón un ser humano puede optar por el sacrificio y sufrir consciente, intencional y deliberadamente por otro ser.

Aptitud

No toda acción del organismo biológico destinada a satisfacer sus apetitos conduce directamente a su propia supervivencia. En los animales el apetito sexual, cuya satisfacción les produce indudablemente gran gozo, tiene por finalidad la propagación de la especie. Luego, la reproducción debe entenderse como el mecanismo que la evolución biológica ha seleccionado, en el sentido de ‘aparecer’ o ‘surgir’ casualmente, para que las especies animales puedan prolongarse sobre la base de la satisfacción sexual de los individuos que las componen. Así, mientras la satisfacción de los apetitos es funcional a la supervivencia, la satisfacción del apetito sexual y del sentido principalmente de maternidad son funcionales a la prolongación de la especie. En general, el apetito sexual está en relación directa a la dificultad que tienen los individuos para sobrevivir y en relación inversa a la cantidad de prole procreada. Las plantas y otros organismos biológicos emocionalmente insensibles poseen otras estrategias de supervivencia y reproducción.

Es necesario subrayar que los apetitos o instintos de supervivencia y reproducción son las funciones fundamentales de todo animal, de las cuales todas las demás funciones le son dependientes. Incluso la crianza es también una función de post-procreación que ha surgido con fuerza en los animales superiores. Lo que es decididamente fundamental es que si un organismo nace a la vida, es porque sus progenitores sobrevivieron y se aparearon. Estas características funcionales básicas se transmiten genéticamente y evolucionan en las distintas especies para ser aún más eficientes. Aquella especie que no consigue mejorar ambas condiciones en los individuos que la componen y adaptarlas al cambiante ambiente, más temprano que tarde se extingue. El organismo que nace naturalmente las posee, y su acción durante su existencia se comprenderá por esas funciones decisivas.

En realidad, ambas características fisiológicas de supervivencia y reproducción contienen la totalidad de los caracteres que se transmiten genéticamente, denominados ‘aptitud’, siendo precisamente esto en lo que consiste la genética; y la evolución biológica no es otra cosa que el perfeccionamiento de estas características para un medio cambiante y competitivo. Las especies actualmente existentes contienen ambas características en sus mejores expresiones hasta el momento presente, y nuestra especie, en la actualidad la más exitosa en la empresa de sobrevivir y reproducirse, aparentemente las posee en su máxima expresión, aunque ciertamente no en su perfecta u óptima. En consecuencia, el hecho de heredar genéticamente las aptitudes para sobrevivir y reproducirse es el punto de partida para comprender el dinamismo de la estructura y la fuerza biológicas.

No obstante, desde el punto de vista de la evolución, existe una distinción en la prioridad entre ambas características. Si la supervivencia es la lucha por la existencia, y la reproducción es la aptitud para lograr mayor descendencia fecunda, ocurre ciertamente que quien es más apto es aquél que ha logrado no morir antes de reproducirse. Empero, aunque la dramática lucha por la supervivencia es directamente el agente de la evolución biológica, su condición es la mutación benéfica que se transmite genéticamente por medio de la reproducción y que genera una mayor aptitud para sobrevivir y reproducirse.


CAPÍTULO 2. EL ORIGEN Y LA EVOLUCION DE LAS ESPECIES



Carlos Darwin  había descubierto que existe una íntima relación entre el organismo biológico individual con la variabilidad de su especie en el tiempo, apuntando que aquellas mutaciones genéticas operadas en un individuo y que le permiten una mayor aptitud en un ambiente, posibilitan una mayor adaptabilidad a su especie, ya que transmite estos nuevos caracteres a la especie mediante su progenie, mezclándose a los caracteres de la especie en el proceso de su prolongación. En un medio cambiante la continuada agregación de nuevos caracteres por selección natural, se adicionan caracteres más favorables para la prolongación de la especie, desaparecen recíprocamente otros menos favorables y se produce la evolución de la especie. El sujeto de la evolución biológica no es el organismo biológico individual, sino que es la especie.


El organismo biológico y la especie


En cuanto estructura una especie biológica condiciona su funcionalidad a su subsistencia, prolongándose en los individuos que la integran que pueden potencialmente aparearse entre sí y tener descendencia fértil. De hecho, una especie se define como el conjunto de organismos vivientes que pueden potencialmente aparearse entre sí y tener descendencia. Una especie depende de la mecánica determinada por la selección natural para que los individuos que la componen, que consiguen sobrevivir y reproducirse, transmitan a su descendencia las características biológicas, determinadas por el código genético, que le permitieron precisamente sobrevivir y reproducirse eficazmente.

Estas características consisten en una mejor aptitud fisiológica que posibilita a los individuos de la especie buscar estados más estables de equilibrios termodinámicos, en parte a través de la adquisición de estructuras cada vez más funcionales para la obtención ventajosa de energía, en parte buscando cerrar el propio sistema mediante el desarrollo de estructuras de defensa frente a un medio agresivo, en parte desarrollando estructuras para apropiarse de algún determinado nicho ecológico y defenderlo de especies competidoras o ser más eficientes que éstas. Sobre todo, estas características consisten en generar mecanismos eficientes de reproducción de individuos similares.

Así, en el curso de los milenios, mediante el éxito para sobrevivir y reproducirse de muchos individuos, las especies han ido incorporando por la selección natural las características genéticas que posibilitan la mejor aptitud de estos individuos. En este proceso que persigue una mejor adaptación a un ambiente las especies particulares van evolucionando, a veces rápidamente, para aprovechar las nuevas oportunidades que va presentando el cambiante medio.

Una especie se distingue a sí misma como una estructura específica simplemente porque los individuos que la componen pueden procrear individuos similares y fértiles. Una raza pasa a ser una especie particular cuando los individuos que la integran no pueden procrear individuos fértiles tras acoplarse a individuos de otras razas de la misma especie. En ese punto del tiempo y el espacio el filum se bifurca irreversiblemente.

La vida

Toda cosa puede definirse por lo que hace, por sus componentes y por su pertenencia a algo. En el caso de la vida hablamos de organismo biológico, pudiendo ser una bacteria, una planta o un mamífero y comprendiendo la vasta gama de cosas que va desde los seres unicelulares hasta organismos con complejos órganos y aparatos fisiológicos, y su objetivo es sobrevivir y reproducirse. Un organismo biológico, ya sea unicelular, pluricelular, animal o planta, surge con una funcionalidad extraordinaria que le permite nutrirse, crecer y reproducirse. Al tiempo de mantener su propia identidad, se caracteriza fundamentalmente porque se desarrolla y crece auto-estructurándose y porque se reproduce replicando genéticamente su propia estructura biológica. Su crecimiento y desarrollo no es una simple agregación de partes unifuncionales, como podría serlo la simple cristalización de una sal soluble al irse solidificando, sino que es la estructuración de múltiples partes plurifuncionales que integran con interdependencia e interacción este maravilloso edificio que es vida.


Un segundo aspecto que caracteriza un animal, o una planta, y que, además, lo diferencia de una máquina, es la complejidad y la gran interrelación causal de sus funcionales subestructuras. Un organismo biológico integra toda la funcionalidad de las estructuras constituyentes desde la escala subatómica hasta escalas que superan el mismo organismo, como son la manada y la especie, en una sinergia múltiple. Cualquier falla funcional de cualquier subestructura afecta de alguna u otra manera el funcionamiento del todo. Si una hormona no consigue sintetizarse, si el ácido desoxirribonucleico no se replica exactamente en una célula, si la presión sanguínea no se mantiene dentro de cierto rango, si un músculo no logra mover el miembro que comanda, si escasea el alimento, si aumenta el número de los depredadores, o si cualquier función de las incontables existentes tiene alguna falla o sufre algún cambio, el organismo biológico queda en una relativa desventaja funcional para sobrevivir y reproducirse, peligrando no sólo su existencia, sino también la subsistencia de su especie. Por el contrario, una máquina no tiene dichos objetivos, y la funcionalidad requerida compromete subestructuras bastante más simples: ciertos esfuerzos estructurales, cierta ejecución de movimientos, ciertas fuentes de energía, cierto ejercicio de fuerzas, cierta resistencia al desgaste, ciertos controles.

Un tercer aspecto que caracteriza un animal, o una planta, o un ser vivo microscópico es que conforma un sistema que para sobrevivir y reproducirse debe mantener múltiples y permanentes relaciones causales con la estructura de la cual es una unidad discreta, siendo imposible su supervivencia o reproducción si permanece aislado. La ecología estudia precisamente tal estructura de escala mayor, que denomina ‘ecosistema’, desde el punto de vista de las relaciones causales entre sus unidades discretas; esto es, se interesa por el funcionamiento interno, más que por su composición o morfología, de la que se preocupan la botánica y la zoología, y ha llegado a establecer la economía de la materia orgánica, que es la estructura fundamental del intercambio energético y estructural entre los organismos vivientes. Asimismo, ha llegado a determinar que los distintos ecosistemas se encuentran en la biosfera, estrecha zona comprendida entre unos seis mil metros de altitud y unos seis mil metros de profundidad en el mar, aunque concentrándose la mayor parte en unos pocos metros de espesor sobre y bajo la superficie terrestre no gélida ni seca, y en los pocos metros bajo el agua donde alcanza la radiación solar para energizar algas y plancton. No obstante, existen organismos biológicos que se nutren de la energía que emana del plasma terrestre que surge a través de la corteza en ciertos lugares termales y fallas geológicas. 

Dentro de este tercer aspecto estructural del que un organismo biológico es parte debe mencionarse la especie biológica. Todo organismo biológico desciende y procrea descendencia de otros organismos biológicos que son genéticamente similares, compartiendo un fondo genético común. La reproducción es precisamente una de las funciones principales de todo organismo biológico y que lo refiere a una población con la que comparte su genoma.

En fin, un cuarto aspecto que caracteriza un animal, o una planta, es que el medio donde debe sobrevivir y reproducirse es bivalente. El ambiente no sólo es el providente potencial, sino también es el destructor potencial. Es fuente de la energía y los elementos químicos que el organismo requiere, brindándole además la seguridad del abrigo y el cobijo. Simultáneamente, el mismo ambiente contiene los depredadores del organismo en cuestión, y en él existen una diversidad de fuerzas potencialmente destructoras, como las inundaciones, el fuego, la sequía, los terremotos, las pestes, etc. También una parte de los elementos y la energía no están disponibles en abundancia, sino que el organismo debe buscarlos y apropiárselos. Para sobrevivir y reproducirse en este ambiente, el organismo debe desarrollar sistemas de información y de respuesta para acceder al alimento, defenderse de los elementos agresivos y cobijarse del asechante peligro.


La selección natural


En la actualidad, exceptuando algunos fundamentalistas religiosos bastante ignorantes y fanáticos que creen que la Biblia –siendo pretendidamente palabra divina, es inerrante– asegura que las especies biológicas fueron creadas por Dios desde el comienzo del universo, nos parece natural el conocimiento de que las especies evolucionan. Pero llegar a esta verdad indiscutible requirió algunos grandes descubrimientos de la biología: el gen portador de los rasgos hereditarios por Gregor Mendel (1822-1884), la evolución selectiva por Carlos Darwin (1809-1882), la identificación química del gen por Oswald Avery (1877-1955) y la estructura del gen por James Watson (1928-) y Francis Crack (1916-2004).

Antes que ocurrieran estos descubrimientos, Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) había supuesto que la evolución de las especies se produce porque la aptitud conseguida por mérito del individuo se constituye en característica genética transmisible a su progenie. Fundamentaba su teoría con la explicación que la causa para que el cuello de la jirafa fuera tan largo en la actualidad se debía a muchas generaciones de individuos que habían hecho el esfuerzo por estirar su cuello para alcanzar hojas cada vez más a mayor altura. Pero esto es lo mismo que sostener que la necesidad crea al órgano o que la función genera la estructura, revirtiendo la relación de causa-efecto.

Por el contrario, Darwin, en 1854, revolucionó el pensamiento del mundo cuando publicó su libro El origen de las especies. No podía dejarse de concluir que el ser humano –creado a imagen y semejanza de Dios– provenía por evolución de antepasados simios. Él indicó que el mecanismo evolutivo es adaptativo, por el cual los individuos más aptos adquieren mayores posibilidades para sobrevivir y reproducirse, y es producto de la selección natural. Dichos individuos traspasan su aptitud al fondo genético de la especie, y tendrán mayor descendencia si su aptitud es mayor que la de otros para sobrevivir y reproducirse, aunque sea en una mínima proporción, pues en un medio extremadamente competitivo cualquier ventaja tiene consecuencias importantes en la descendencia y en la especie. La selección natural trata de la lucha por la vida, término acuñado por Herbert Spencer (1820-1903) en su erróneo intento de extender la evolución darvinista a la sociedad humana, más la tasa diferencial de reproducción.

Con el importante descubrimiento realizado por Watson y Crick, la estructura genética de transmisión hereditaria ha podido ser explicada plenamente. La teoría de Darwin, que no tenía una explicación causal física, como aún no la tiene la teoría de la gravitación universal de Newton, ha sido fundamentada por la teoría molecular del código genético. Watson y Crick precisaron que el ADN, que son las unidades discretas de los cromosomas, contiene las unidades discretas que Gregor Mendel (1822-1884), un siglo antes, había postulado en sus otrora muy despreciados e incomprendidos, pero ahora muy conocidos y reconocidos experimentos sobre la herencia, y publicados en 1866.

El mecanismo evolutivo

La evolución biológica es un mecanismo de estructuración de la materia viva en estructuras funcionales cada vez más complejas y de escalas cada vez mayores. Es un mecanismo acumulativo en cuanto no sólo traspasa los cambios que se producen en los organismos biológicos de una generación a las generaciones futuras, sino que todo organismo biológico es el resultado de las estructuraciones y mutaciones ocurridas en sus antepasados. Así, un organismo contiene las estructuras que se han ido acumulando a través del proceso. Pero también es un mecanismo sumamente conservador y direccional, lo que impide que la materia se pueda estructurar en cualquier forma imaginable.

En el mecanismo de la evolución biológica intervienen dos tipos de relaciones causales que se interrelacionan. Por una parte está la ocurrencia de pequeñas mutaciones genéticas en los individuos que prevalecen en la especie por ser neutras o genéticamente favorables. Por la otra, están los cambios ambientales que van favoreciendo los caracteres genéticos más adaptables a las nuevas condiciones y que a veces son de tan gran magnitud que una especie puede desaparecer o favorecer únicamente a los individuos que poseen un determinado carácter.

Si en la dotación genética que un organismo recibe de sus progenitores viene un gen mutado, la estructuración del organismo sería algo diferente de la usual de la especie. Una mutación podría tener cuatro efectos distintos: 1. Que la estructura generada sea simplemente inviable. 2. Que sea desfavorable para sobrevivir en el medio. 3. Que sea favorable. 4. Que sea neutra para el medio dado. Si es desfavorable, el gen mutante tiende a no incorporarse a la especie. Lo contrario ocurre si es favorable, tendiendo a propagarse en la especie. En caso de ser neutro, el gen, junto con otros más, puede tornarse favorable o desfavorables si el medio cambia, tendiendo a propagarse o desaparecer según sea el caso.

Lo anterior se explica porque la aptitud para sobrevivir y reproducirse de un individuo debido a su dotación genética, causante de su propia autoestructuración, es también funcional a la estructuración del fondo genético de su especie, condicionándola a tiempo futuro. En el futuro, las unidades discretas de una especie serán los genes de los individuos más aptos del presente, es decir, de aquellos que logran traspasarlos a un mayor número de descendientes gracias al mecanismo de selección natural.

La selección natural opera como un sistema de control de calidad. Los caracteres que resultan ser los más favorables frente a los embates del medio tienden a prevalecer, de modo que una especie se prolonga a través de los individuos más aptos.

Replicación, mutación y selección

En especial, el mecanismo de la evolución se explica por tres procesos biológicos fundamentales: la replicación, la mutación y la selección. A partir del mecanismo de la replicación del ADN, por el cual éste genera su doble exacto, la evolución trata de pequeñas e imprevisibles mutaciones en su rígida estructura. Una mutación se produce por la sustitución de un solo par de nucleótidos por otro, por la supresión o adición de uno o varios pares de nucleótidos, o por diversos tipos de cambios que alteran el texto genético tales como la inversión, la replicación, la transposición o la fusión de segmentos de secuencia más o menos larga.

La causa de una mutación es alguna fuerza externa que impide su exacta replicación en la formación del gameto, como la acción química de poderosos reactivos o las radiaciones energéticas que inciden sobre el material hereditario, intercambiando, suprimiendo o agregando moléculas en los genes. Estos cambios no están determinados, sino que se producen por el azar; por lo que el cambio evolutivo es absolutamente casual. Una mutación puede tener en el organismo un efecto extraordinariamente significativo y distintivo.

En consecuencia, el código genético no es inviolable. Las mutaciones que rompen su rigidez se producen en forma aleatoria. El que éstas persistan y se integren en la especie sigue el principio de la oportunidad. Estas relativamente poco frecuentes mutaciones en la estructura genética de transmisión hereditaria produce muy ocasionalmente individuos más funcionales, o más aptos, como diría Darwin, para sobrevivir y reproducirse en un medio competitivo. Si la mutación resulta ser favorable al individuo para su supervivencia y reproducción, se transmitirá a la descendencia y terminará necesariamente por propagarse a la especie, produciendo un incremento del número de individuos que la poseen, al ser más aptos y estar mejor adaptados al medio. En el curso de generaciones, las mutaciones favorables se van acumulando y la especie se va transformando.

Toda mutación es un acontecimiento raro (alrededor de 1 mutación por cada millón a cien millones de generaciones celulares). No obstante, en la escala de una población la mutación no es la excepción, sino la regla. La presión de selección se ejerce en el seno de la población, no en los individuos. En el ser humano algunas mutaciones que provocan enfermedades genéticas fácilmente señalables aparecen de diez mil a cien mil. Si el medio se modifica, que es lo que ocurre necesariamente en el tiempo, también se modifica la aptitud, de modo que otras características específicas resultarían ser más funcionales para sobrevivir y reproducirse en este nuevo medio.

Causalidad recíproca

La selección natural se explica por una doble causalidad circular recíproca: la que ejerce una subestructura sobre la funcionalidad del todo y la que ejerce el todo para la permanencia, la protección y la propagación de aquella subestructura. A pesar de que el ADN interviene únicamente en la formación de proteínas, afecta también la funcionalidad del organismo biológico, pues su funcionalidad depende de la funcionalidad de dichas proteínas, al igual que de la funcionalidad de todas sus subestructuras en sus correspondientes escalas. Así, pues, esto no sólo significa que una mutación en el ADN, que es una unidad discreta de una subestructura de escala muy inferior en un organismo biológico, afecta de una u otra manera su funcionalidad total, sino que también significa que una mutación favorable, resultado de la mutación de un ínfimo gen, puede generar profundos cambios en el genoma de la especie.

Esto puede ser ilustrado con un ejemplo hipotético (hipotético en el sentido de que es probable que los pasos precisos de un cambio evolutivo nunca lleguen a aparecer en los registros fósiles). La facultad de marcha bípeda en el caminar y el correr, que caracteriza a los homínidos, fue posiblemente el resultado de la mutación de un gen que interviene en la formación de la estructura ósea del pié, produciendo un talón y una planta de pie en forma de bóveda, y que resultó en una mejor aptitud para desplazarse en terreno plano que el balancearse y el pisar con los bordes de las palmas de las extremidades inferiores, característicos de los antropoides.

La mejor aptitud de los homínidos en la supervivencia fue consecuencia de numerosas ventajas que proporciona el bipedismo. Para comenzar, la marcha bípeda es más eficiente en el consumo de energía. En seguida, en un ambiente que se ha deforestado, se consiguen mayores velocidades. Adicionalmente, en un ambiente que se ha hecho más cálido el organismo, ahora erguido, presenta menor superficie a la radiación solar y se aparta del aire más caliente que existe a ras del suelo. También libera los brazos que ahora sirven para acarrear alimentos y armas. En fin, los ojos, ahora a mayor altura, permiten otear sobre la maleza posibles presas y depredadores.

Pues bien, la postura erguida que resultó de esta nueva disposición de las extremidades inferiores hizo posible, entre otros numerosos efectos, que la cabeza reposara verticalmente sobre el tronco, lo que, a su vez, tuvo por efecto la disminución de las ligaduras musculosas requeridas para mantener la cabeza en postura horizontal. Esta disminución liberó la caja craneana del aprisionamiento muscular, posibilitándola para crecer junto con su contenido.

Esta doble causalidad circular recíproca se puede también ejemplificar en el probable hecho que dio origen al homo erectus, hace 2 millones de años, mediante una mutación genética del gen causante de la formación de los músculos que permiten a la mandíbula presionar fuertemente contra su alimento. Una menor masa muscular, ejerciendo menor presión, debió coincidir con la apropiación de un nuevo nicho de alimentos más blandos y nutritivos. Como efecto secundario, el cráneo sufrió una segunda liberación de ataduras musculares y volvió a crecer junto con su contenido.

Mutación y cambio

Sin duda, cualquier nueva disposición estructural general tiene numerosos efectos sobre el fondo genético de la especie con relación a las nuevas aptitudes que llegan a aparecer. Ante un cambio del medio estructuras favorables se tornan desfavorables al otorgar menor aptitud a los individuos, y estructuras neutras se vuelven ahora favorables. Aquellos genes que causan estructuras desfavorables tienden a desaparecer del genoma de la especie, y aquellas que originan estructuras favorables llegan a asentarse firmemente en dicho genoma. Así, en un plazo relativamente breve en el pausado ritmo de la evolución biológica una leve mutación genética puede generar no solo individuos muy distintos de sus antepasados, sino que producir también una transformación importante en el fondo genético de la especie; y si la especie cuenta con pocos individuos, este gran cambio puede tardar tan pocas generaciones en realizarse, por lo que es difícil que queden huellas fósiles de estos eslabones de la cadena evolutiva, que se pierden definitivamente en el tiempo, sin dejar rastro alguno.

Esta explicación puede resolver un problema que se plantea en el hecho de que un cambio evolutivo observado sea en general importante en circunstancias de que una mutación produce directamente sólo un cambio muy pequeño. La respuesta no radica obviamente en atribuir al azar, que está tras cada mutación, los numerosos cambios pequeños que dan cuenta del gran cambio que se observa, pues el azar no puede estar tras la coordinación requerida por los numerosos cambios que intervienen. La respuesta tampoco radica en suponer que cada cambio pequeño implicado directamente en el gran cambio se deba a una mutación producida contemporáneamente.

La respuesta radica simplemente en la hipótesis de que todos los pequeños cambios de origen genético se deben indudablemente a mutaciones y que estas variaciones del ADN se encuentran latentes en el fondo genético, sin manifestarse explícitamente en los individuos supervivientes de la especie. Pero cuando se produce alguna mutación decisiva, como la formación del talón y la bóveda plantar para caminar erguidamente del ejemplo expuesto más arriba, algunas características genéticas ya existentes en el genoma y que eran neutras, e incluso desfavorables, adquieren preeminencia para la aptitud general del nuevo individuo y entran a participar activamente en el fondo genético de la especie, mientras ésta va evolucionando significativamente. La razón es que una mutación favorable modifica parcialmente la funcionalidad del organismo, abriéndose además la posibilidad para la generación de estructuras complementarias. La evolución biológica es, en el fondo, la creación nueva o la modificación de una subestructura u órgano en el organismo biológico como resultado de la mutación en su genoma del gen que comanda la formación de dicha subestructura, y que origina una subestructura más funcional para la interacción del organismo con su ambiente.

Cambio y salto de escala

Si el mecanismo de la evolución biológica mediante pequeñas mutaciones que resultan favorables explica la relativamente rápida adaptación de una especie a un cambio determinado del medio a causa de la aparición de una serie de nuevas aptitudes que aparecen como consecuencia, también explica el gran cambio que resulta en un salto de escala, como el que permitió a ciertos celurosaurios transformarse en aves en el jurásico. Considerando que la evolución es aleatoria y relativamente lenta, y que las características que subsisten son aquellas que resultan ser favorables para un medio concreto, para que un reptil completamente pedestre se haya tornado en un ave voladora, en algún momento de la historia necesitó este reptil adquirir previamente una cantidad de características nuevas: plumas, músculos especializados, un cerebelo capaz de coordinar maniobras complicadas, esqueleto liviano y resistente, esternón con quilla, extremidades superiores largas, etc.

El problema es que para dar el salto de pedestre a volátil se deben explicar la existencia de estructuras que son útiles y necesarias tanto para el vuelo como para caminar, antes de que se hubiera intentado siquiera volar. Así, pues, es posible explicar que las plumas surgieron en primer lugar no para volar, sino que para aislar el cuerpo, pequeño y endotérmico de un celurosario, que necesitaba mantener una temperatura más alta para acelerar su metabolismo, aumentando su agilidad, como habría sido el caso del archeopteryx. También sería posible explicar el surgimiento de las otras características estructurales necesarias para el vuelo, sin que fuera el vuelo la causa para su aparición, como hubiera pensado Lamarck, conocido por su famosa, pero errónea, idea de que “la función crea el órgano”. Una estructura ósea y liviana y el bipedismo sirvieron tanto al velociraptor como al archeopteryx para correr velozmente.

Pero también la ventaja del vuelo pudo haber sido causa del volar. Así, para aumentar la velocidad, algún antecesor del velociraptor (se supone que por problemas de contemporaneidad el archeopterix no pudo ser su antecesor directo) se ayudaba probablemente de aleteos mientras corría, saltando trechos cada vez mayores, ayudado por la pendiente y pequeñas alturas del terreno, hasta que el vuelo, que resultó en una ventaja adaptativa, se le hizo natural. Una vez en posesión de la protoave, las estructuras funcionales para una variedad de objetivos pasarían a ser subestructuras de la estructura cuya función es volar, sin que por ello perdieran sus funciones originales. Por último, los grandes cambios se completan con perfeccionamientos secundarios que resultan en una mejor adaptación al nuevo medio. Similar raciocinio puede emplearse para explicar otros tantos saltos evolutivos sorprendentes, como pasar de organismo unicelular a organismo pluricelular.

Las pequeñas mutaciones que explican el mecanismo de la evolución son efectivamente favorables para la supervivencia y la reproducción de los individuos de una especie en la medida de la disponibilidad y de las exigencias de algún nicho ecológico particular disponible. Pero si éste no está vacante y no existiendo alternativa, se produce una lucha por ganarlo con la especie que lo está ocupando. En el largo plazo un mismo nicho no puede ser propiedad de dos especies competidoras. Esta lucha la termina ganando la especie que mejor logre adaptarse a dicho nicho.


El origen de la vida


Las modernas especies son el resultado de la evolución de la vida a partir el primer organismo viviente que pudo replicarse a sí mismo y traspasar sus características a su progenie. Este acontecimiento único surgió probablemente en un lugar de la Tierra hace algunos miles de millones de años y fue también probablemente irrepetible a causa de la de la difícil concurrencia de algunos factores decisivos para producir vida, a pesar de la funcionalidad intrínseca de la materia para llegar a estructurar la vida.

Desde hacía algunos miles de millones de años se habían estado formando, a partir de metano, agua y amoniaco, los constituyentes químicos necesarios para la vida, pues dichos compuestos son los precursores de los nucleótidos y los aminoácidos. Posiblemente, estos compuestos se sintetizaron en presencia de catalizadores no biológicos, empleando fuentes energéticas, como las chispas eléctricas de tormentas y el calor volcánico. En caldos concentrados diversas macromoléculas pudieron formarse por polimerización de sus precursores aminoácidos y nucleótidos. En laboratorio se han obtenido polipéptidos y polinucleótidos parecidos por su estructura general a macromoléculas modernas. La formación de la primera macromolécula capaz de promover su propia replicación se debió obtener después de múltiples ensayos y errores.

Jacques-LucienMonod (1910-1976) anota que esta etapa de la formación de la vida no deja de ser enigmática, pues el código genético no puede ser traducido más que por productos de su propia traducción. El misterio del origen de la vida es, por lo tanto, que, sin enzimas, el ARN no podría haberse copiado a sí mismo y evolucionado; pero sin ARN altamente evolucionado no se tienen enzimas. Se reedita, pues, la vieja interrogante biológica de si fue primero el huevo o la gallina. También disminuye la probabilidad de que el fenómeno que dio origen a la vida pueda repetirse tanto en nuestro planeta como en cualquier otro. En nuestro planeta la posibilidad que se genere una vida distinta a la existente resulta además más difícil, habiendo tan inmensa cantidad de potenciales depredadores que se alimentan incluso de los precursores que posibilitarían esta nueva vida. En cambio, en otro planeta, verificándose las condiciones mínimas, especialmente la existencia de agua líquida, hay suficiente tiempo para que se origine la vida. Probablemente, el problema principal es que se den dichas condiciones mínimas, entre las que se cuenta una cierta estabilidad ambiental en un tiempo prolongado.

Como es sabido, el ARN (al igual que el ADN) depende de enzimas para replicarse. Estas complejas moléculas envuelven su filamento y, utilizando este original como plantilla, unen moléculas que funcionan como unidades de construcción básicas, llamadas nucleótidos, en uno complementario, el cual es una especie de negativo fotográfico del original. Luego las enzimas repiten el proceso en el filamento complementario para construir una copia exacta del original. Las enzimas, que están hechas de proteínas, se encuentran ensambladas a su vez de acuerdo a las instrucciones moleculares insertadas en el ARN. En otras palabras, el ARN dirige el ensamblaje de proteínas que forman las enzimas que le permiten replicarse.

Partiendo de la teoría según la cual un filamento de ARN que se autorreplica fue el precursor de la vida, algunos biólogos, como Tom Cech (1947-) y posteriormente Jack W. Szostak (1952-), han querido resolver el enigma de cómo hizo la naturaleza para producir el primer polinucleótido-polipéptido, con capacidad para replicarse y para sintetizar enzimas a la vez, esto es, para cortarse a sí misma y separar sus partes y también para entretejer nucleótidos haciendo una copia perfecta de sí misma. La búsqueda se ha centrado en encontrar un filamento de ARN suficientemente largo que pueda actuar como enzima, pero lo bastante corto para que pueda replicarse a sí mismo con cierta facilidad. Esto representaría el principio de la vida. La complejidad posterior hubo de deberse a la conexión de este filamento corto con otro filamento, y así sucesivamente hasta obtener un filamento más largo y complejo, y también al mecanismo de la evolución.

Es probable que en algún momento dado, hace unos 3.500 millones de años, cuando ya debieron coexistir tanto polipéptidos como polinucleótidos, un polipéptido penetró en el ámbito de un polipéptido, a modo de un virus que ingresa a una célula, y se fusionaron ambos funcionalmente. Ello dio como resultado la primera unidad de vida en la historia de la Tierra. Así, pues, dos estructuras enteramente distintas, pero de una misma escala, se convirtieron de este modo en unidades discretas de una estructura de una escala superior con la doble funcionalidad de metabolizar la energía del medio en su propia autoestructuración y de reproducirse de modo idéntico.

Estos primitivos organismos biológicos que se reproducían de modo idéntico pasaron a constituir, junto con el ambiente particular, las unidades discretas de la estructura llamada ecosistemas. Sin embargo, la capacidad para transmitir genéticamente su propia estructura a otro individuo es natural pero no temporalmente anterior al mecanismo evolutivo de la selección natural. En la exacta replicación siempre existió una pequeña falla: ocasionalmente se daban mutaciones. Algunas de estas mutaciones resultaron tener ventajas adaptativas que permitieron a los organismos mutantes conquistar su ambiente con mayor facilidad y desplazar a los no mutantes. Incluso algunas mutaciones resultaron ser beneficiosas en otros ambientes o cuando el ambiente propio cambiaba.

Así, pues, después de este difícil parto del principio de la vida algún largo tiempo se requirió para estructurar gradualmente las partes funcionales que constituyeron la célula primigenia, de la cual todos los seres vivientes del planeta Tierra somos su progenie. Se estima que hace entre mil millones a cuatro mil millones de años atrás surgió esta célula en su estado de perfección. Aunque primitiva, ya contuvo el mismo código genético y la misma mecánica de traducción y replicación que las células modernas. Su éxito se debió a su capacidad para reproducirse y llegar a adaptarse a un medio en perpetuo, aunque generalmente lento, cambio.


Sociobiología


En este punto de nuestro análisis conviene dedicar algunas líneas a la teoría de Edward O. Wilson (1929), explicada en su libro Sociobiología: la nueva síntesis, 1975, al relacionar la sociobiología con la zoología, y que busca carta de ciudadanía en la ciencia. Esta teoría se fundamenta en la suposición de que los genes son las unidades biológicas, últimas y subsistentes, siendo los creadores de los dispositivos llamados cuerpos que ellos fabrican para ser perpetuados. Aunque al construirlos los primeros cedieron control a los segundos y pasaron a depender de éstos, los cuerpos fueron fabricados de tal modo que su comportamiento está determinado completamente por los intereses de los genes. Dicho comportamiento se define como la búsqueda para elevar su aptitud al máximo, entendiéndose por aptitud el éxito que el cuerpo tiene para reproducirse y transmitir los genes que porta, replicándolos para que se perpetúen en futuros cuerpos. Así, cualquier determinación de su comportamiento está en función de transmitir sus genes a su descendencia.

La falacia de la teoría radica en una serie de supuestos errados. Me haré cargo de cinco de ellos. El primer supuesto se refiere a que los mencionados cuerpos u organismos son funcionales a los genes y no al revés. Lo que hemos analizado hasta ahora puede rebatir el referido supuesto. La tendencia de la materia es su estructuración en escalas cada vez más complejas en las cuales las funciones son más versátiles y autónomas, y jamás se estructuran para favorecer a alguna subestructura en especial, excepto en el caso que posea intencionalidad y finalidades propias, como el ser humano. Por el contrario, las subestructuras le son dependientes. Si un organismo biológico muere, toda la colosal estructuración se viene al suelo, como un gigantesco castillo de naipes, hasta las escalas de los átomos y de las moléculas simples.

El segundo supuesto errado de la teoría sociobiológica se relaciona con que con la afirmación de que los genes subsisten en cuerpos corruptos se está dando a entender que los cuerpos fenecen mientras los genes se perpetúan, y se está suponiendo que el criterio de la supremacía de una estructura es la duración de su subsistencia. Por el contrario, diré simplemente que los genes de algún cuerpo no son los mismos que los del cuerpo de su antepasado, sino que son meramente réplicas de aquéllos.

El tercer supuesto sociobiológico es afirmar que la causa del hecho biológico son los genes. Por mi parte afirmaré que el hecho biológico no lo definen únicamente los genes. Esto es como sindicar a las vergas de la arboladura de un navío, o cualquiera otra parte de éste, por su navegación, olvidando otras causas, como las velas, el viento, la dinámica y flotabilidad del casco y el mismo navío como tal. De este modo, la especie biológica tiene tan buenos títulos, o mejores, como los genes para oficiar de causa de los hechos biológicos, pues en su amplia estructura de intercambio genético mediante la acción sexual de una cantidad más o menos grande de individuos, que conduce a la procreación de la generación siguiente, se combinan las carac­terísticas selectivas, transmitidas genéticamente, que pueden asegurar su prolongación.

En realidad, el hecho biológico es de enorme complejidad y puede ser en cierto modo explicado a través de la noción de estructura y fuerza. En ésta podemos observar cada unidad de cada estructura y subestructura funcionando dentro de sus respectivas escalas para lograr una estructura de escala superior que las englobe y les otorgue la necesaria subsistencia, como es el caso de un organismo vivo respecto a sus unidades, siendo sus genes las unidades discretas de una subestructura cuya función es controlar la fabricación de proteínas, unidades discretas de sus células; pero en ningún modo controlar, siquiera indirectamente, el comportamiento y funcionalidad del organismo viviente.

La cuarta suposición equivocada de la teoría de Wilson está referida a la afirmación de que la función del mencionado cuerpo sería un ropaje pasajero y corrupto para los subsistentes genes. Señalaré, por el contrario, que son los genes las subestructuras funcionales de tales cuerpos, participando además en un organismo con una doble función. En primer lugar, los genes actúan como unidades discretas del código genético que sirve de plano de construcción de cada organismo y hasta de programadores para su destrucción final con la muerte. En segundo lugar, en la reproducción ellos intervienen indirecta y no intencionadamente para transmitir al organismo que es procreado las características acumuladas por las generaciones pasadas que permiten tanto la supervivencia y la reproducción como la auto-estructuración. En consecuencia, cada organismo transmite por la procreación y a través del conjunto de genes las funciones fundamentales que caracterizan la especie, si acaso no le hace correcciones y aportes adicionales mediante mutaciones genéticas que el organismo ha demostrado con su propia existencia que son favorables.

Por último, podemos rebatir la premisa sociobiológica diciendo que los genes no pertenecen al individuo, sino que al genoma de la especie. La especie ha buscado a través del mecanismo de la reproducción sexual las formas de cómo alguien de un sexo se aparea con alguien del sexo opuesto con el objeto de mantener los genes más favorables y eliminar los menos favorables para mejorar la aptitud de los individuos que la componen. En consecuencia, el sujeto de la acción no son los genes, sino que la especie, la que no pretende mantenerse invariable.

Así, pues, el fondo genético de la especie registra únicamente los éxitos de la evolución, siendo en realidad un compendio de lo que un organismo biológico debe poseer para tener mejores probabilidades de éxito respecto a su propia supervivencia y reproducción, pero no tiene injerencia alguna sobre la acción particular de su portador, quien actúa varias escalas funcionales superiores según las oportunidades que se le van presentando. A diferencia de la estructuración de un organismo biológico que es controlada por su genoma, su propia supervivencia y reproducción no es un asunto controlado directamente por los genes, sino que es el resultado de las características funcionales de su estructura, de su acción de supervivencia y reproducción y de las oportunidades que da el medio.

El fondo genético de una especie biológica es análogo a la cultura de un pueblo. Esta no emplea a las personas para perpetuarse, sino que las personas la utilizan para tener mejor probabilidades de éxito en su existencia. Por lo tanto, el objeto de los genes no es perpetuarse mediante los organismos biológicos, sino que es permitirles su estructuración y facilitarles su supervivencia y su reproducción en un medio cambiante, pues éstos son transmitidos a otros organismos precisamente por los organismos que han logrado estructurarse, sobrevivir y reproducirse.

Si me he detenido para intentar explicar la sociobiología, ha sido para contribuir a que no se repitan los trágicos efectos sobre las estructuras social y cultural de la acción política propulsada por este tipo de teorías biológicas aberrantes, como en su tiempo lo fueron la frenología y el racismo. Éstas, mostrando una fachada científica, no sólo han buscado imponer el poder de grupos sociales fuertes sobre minorías, sino que han llegado hasta eliminarlas en horrorosos asesinatos colectivos. Si la sociobiología tuviera certeza fuera del campo de la selección artificial de los animales domésticos, la ética podría llegar a proponer quienes podrían existir y quienes podrían reproducirse para transmitir sus genes.



CAPÍTULO 3. EL SISTEMA DE LA AFECTIVIDAD EN LA PERSPECTIVA DE UNA PSICOLOGÍA FILOSÓFICA



La función general del sistema nervioso de un animal es permitirle relacionarse con el medio externo para recibir información, procesarla y reaccionar consecuentemente sobre éste, y se especifica en tres órdenes de funciones psicológicas particulares: cognitiva, afectiva y efectiva.  En la estructuración afectiva más primitiva de esta función se encuentra el mecanismo de placer - dolor que impele a un animal a actuar en procura de su supervivencia y reproducción. A partir de este mecanismo básico, se estructuran mecanismos en escalas superiores que poseen la capacidad para generar emociones y además, en los seres humanos, producir sentimientos.

El sistema de la afectividad es de naturaleza biológica y ocurre en el sistema nervioso central de un animal, lo que llamamos cerebro. Éste es una estructura fisiológica que tiene por función general relacionarse con el medio externo para recibir información, procesarla y reaccionar consecuentemente sobre éste. Las unidades discretas de esta estructura son células especializadas en transmitir señales que se llaman neuronas. Éstas están densamente interconectadas a través de conexiones llamadas sinapsis. Las señales que recorren cada neurona son de naturaleza eléctrica, pero para cruzar las sinapsis se transforman en señales de naturaleza química.

La función general del sistema nervioso central se especifica en tres órdenes de funciones psicológicas particulares: cognitiva, afectiva y efectiva. Cada una tiene por objeto la producción de estructuras psíquicas distintivas que permiten al animal relacionarse de manera particular con su medio externo. La función cognitiva elabora contenidos de conciencia; la afectiva produce estados de ánimo, y la efectiva genera deseos. Estas estructuras psíquicas se relacionan entre sí y se unifican en la conciencia. A este conjunto estructural psíquico que produce el sistema nervioso central se le llama mente. Estas tres funciones del cerebro se explican por las exigencias biológicas del animal para sobrevivir y reprodu­cirse.

El sistema nervioso central se relaciona con el medio externo a través de tres redes neuronales: dos redes aferentes y una red eferente. Mediante la red neuronal aferente cognitiva el centro de cognición del sistema nervioso central está conectado con órganos de sensación, los comúnmente llamados “sentidos de percepción”, ubicados principalmente en la periferia del animal. Éste recibe un flujo constante de información sensorial en forma de señales (visual, olfativa, táctil, auditiva, gustativa) que provienen de los órganos de sensación, y éstas son procesadas para producir estructuras psíquicas en una estructuración integradora de escalas inclusivas cada vez mayores. En este proceso sintético las unidades discretas de una escala se integran en una estructura de la escala siguiente y superior, la que pasa a ser una unidad discreta para una nueva estructura en la escala superior que sigue. Primero las señales se estructuran en percepciones, y éstas se estructuran en imágenes. Solo en los seres humanos las imágenes se estructuran en ideas y conceptos, y éstas en proposiciones y juicios. Las percepciones, las imágenes y las ideas son representaciones psíquicas de la realidad objetiva cognoscible y se llaman contenidos de conciencia. Junto con la información almacenada en la memoria las representaciones son procesadas para conocer el entorno.

La cognición de un organismo biológico no es una entidad puramente epistemológica, de conocimiento frío de su medio externo. Ella está íntimamente vinculada a su afectividad, que pertenece al segundo orden de funciones psicológicas. Para ser funcional en el propósito de la supervivencia y la reproducción, necesita involucrarse afectivamente con el objeto cognitivo, ya sea relacionándose, ya sea rechazándolo. El centro afectivo del sistema nervioso central se involucra con el entorno a través de la red aferente afectiva que transmite información sensible y cuyo extremo son terminales nerviosos. Éstos son estimulados por acciones físicas del medio externo, como la temperatura y la presión. Los estímulos son transmitidos codificados hasta el centro afectivo, donde son decodificadas como sensaciones de placer o dolor, o una mezcla de ambos. Además, ambas redes aferentes comparten algunas señales. Los objetos que el organismo conoce y que lo pueden afectar son sentidos por el mismo organismo mediante estas sensaciones de placer y dolor, reforzando la calidad de bueno o malo para sí de lo que conoce. Este orden será el objeto del análisis de este ensayo.

Mediante el tercer orden de funciones psicológicas el animal reacciona ante lo que conoce, revestido por la calidad impresa por su efectividad. En su escala más simple la respuesta del organismo es frente a estímulos. En una escala mayor y más compleja, la acción responde a la conciencia de lo otro y es instintiva. En la escala del ser humano, que es el de la conciencia de sí, la acción es intencional. A través de la red eferente el sistema nervioso central del organismo posee conexiones nerviosas para comandar y dirigir el sistema motor de los músculos, que en combinación con las partes de su esqueleto, permiten su acción física sobre su entorno en cada situación.


Adaptación y autonomía


En la existencia biológica nunca se llegan a satisfacer definitivamente los apetitos ni tampoco se llega a superar la amenaza de peligro. Para sobrevivir un organismo biológico necesita permanentemente energía del medio y ciertas condiciones ambientales mínimas de seguridad. La supervivencia significa tanto la satisfacción de las necesidades que continuamente surgen, como la obtención de un estado de seguridad que esté libre de la amenaza de depredadores y de otras amenazas a la vida.

En la evolución biológica las aptitudes de supervivencia y reproducción se incrementan cuando los organismos biológicos obtienen mayor autonomía, pues consiguen apoderarse de nichos ecológicos más abundantes y nutritivos y protegerse de posibles depredadores. Esta mayor autonomía se ha conseguido mediante la estructuración del sistema nervioso, cuya función es la transmisión de señales electroquímicas y la elaboración de contenidos de conciencia, que funciona en la psiquis de los seres cerebrados.

Las funciones, aptitudes, instintos, impulsos, tendencias o necesidades biológicas fundamentales de supervivencia y reproducción condicionan el comportamiento del organismo biológico. Ellas surgen en el ser viviente como consecuencia de haberlos heredado de sus progenitores. De ellas depende la subsistencia de su especie. Es más, ambos impulsos, que para usar términos freudianos vendrían a ser el anti-thanatos y el eros, determinan la totalidad del comportamiento del organismo hacia su medio externo.

Tal vez, un vegetal no está tan presionado por su supervivencia desde el momento que sus cloroplastos logran alimentarlo fácilmente en el mismo sitio donde ha echado raíces, dependiendo más de sus características hereditarias que de su escasa o nula autonomía. Una especie vegetal sin autonomía alguna puede mejorar la aptitud de sus individuos para sobrevivir y reproducirse en un medio seco, favoreciendo superficies expuestas al ambiente más reducidas para limitar la evapotranspiración, hojas más carnudas para conservar el agua, raíces más largas para que penetren más profundamente y logren alcanzar la humedad de las aguas subterráneas. Si el medio donde un vegetal debe sobrevivir y reproducirse es de muchos y voraces consumidores secundarios, los caracteres que una especie vegetal favorecerá serán un tronco leñoso, espinas por su superficie, savia de sabores repugnantes o venenosos.

La evolución biológica puede verse como un avance en la autonomía de los organismos biológicos para perseguir su supervivencia y reproducción, pues asegura mejor la prolongación de la especie. Una mayor autonomía y movilidad implica una mayor complejidad orgánica. Un animal es más complejo que un vegetal. En este sentido, la evolución favorece las características que permiten respuestas más autónomas y, por tanto, más versátiles y plásticas a las presiones y exigencias del ambiente; y también tiende a mejorar las características hereditarias frente a las cambiantes demandas del medio.

Cualquiera sea la adaptación de que se trate, un organismo biológico tenderá a responder más ventajosamente a la amplia variedad de situaciones ambientales. Uno de estos cambios ventajosos es dotar a la especie de una mayor autonomía y movilidad para los individuos que la componen. En este caso, una mayor capacidad para acciones autónomas y plásticas, surgidas del mismo organismo biológico a causa de una mayor funcionalidad de su condicionamiento genético, es ciertamente una gran ventaja adaptativa. De este modo, el sistema nervioso central de los animales, junto con sus funciones psicológicas cognitiva, afectiva y efectiva, ha sido un salto evolutivo extraordinario para conseguir una mayor autonomía en la necesidad biológica de sobrevivir y reproducirse.


El mecanismo de placer – dolor


Los animales, incluido el ser humano, adquieren estados afectivos de agrado o desagrado, de bienestar o sufrimiento, de atracción o repulsión, de euforia o ansiedad, de seguridad o temor, de tranquilidad o desasosiego, buscando el primer término y rehuyendo del segundo. El principio de dichos estados es la sensación de placer o dolor, o una mezcla de ambos. La explicación conductista basada en el mecanismo estímulo-reacción de una “caja negra” se queda en lo superficial del comportamiento del animal y no llega a explicar que su comportamiento es menos determinista y más autónomo gracias al mecanismo más fundamental de la búsqueda activa del placer y el rechazo del dolor.

Este mecanismo es psíquico, pues se estructura a partir de las funciones psicológicas del cerebro que conforma la mente de los animales. Se fundamenta en las sensaciones afectivas de placer y dolor, llegando a ser una de las funciones principales de la red eferente afectiva del sistema nervioso. Dichas sensaciones no se dirigen hacia los sentidos de percepción, sino que son conducidas directamente desde sensores nerviosos que están ubicados virtualmente en toda la extensión del cuerpo del organismo hacia el centro afectivo, en el hipotálamo, en cuya área dorsal se ubica el centro de control del placer y que discrimina entre lo placentero y lo doloroso.

Todo animal con centro afectivo persigue activamente el placer y rechaza el dolor. La función de un sistema sensorial acoplado a un centro afectivo sirve para forzar la conducta del animal ante estímulos externos, dando respuestas autónomas más adecuadas. En el orden afectivo todo aquello que motiva a un animal a luchar por su existencia y por reproducirse es la búsqueda del placer y el rechazo del dolor. Actuando únicamente para obtener placer y evitar el dolor, un animal consigue sobrevivir y reproducirse mejor.

La satisfacción de los apetitos y de las carencias que posibilitan la supervivencia y la reproducción produce placer. En cambio, los apetitos no satisfechos son dolorosos. El hambre, la sed, el frío, la soledad, el rechazo sexual producen dolor, pero pueden disminuir hasta eliminarse temporalmente si los apetitos que los producen son satisfechos. En la medida que la necesidad se va satisfaciendo, se produce un estado placentero y va disminuyendo el dolor. No sólo hay placer cuando se satisface una necesidad, sino que el mismo acto de satisfacción es placentero. Un bocado elimina el dolor punzante del hambre, a la vez que produce un sabroso agrado en el paladar.

Por otra parte, produce dolor todo aquello que afecte a un animal haciendo peligrar su integridad, como las enfermedades o las heridas, incluyendo la sobre-satisfacción de un apetito. El temor y el miedo pertenecen a una escala mayor del dolor y son reacciones para evitar el peligro y obligar al animal a actuar en su defensa. Surgen de la experiencia y del instinto. No es tanto la posibilidad de morir como la posibilidad de experimentar el dolor lo que hace que un animal huya del peligro que lo amenaza de muerte, pues la idea de la muerte es abstracta y, por tanto, inaccesible para la capacidad de comprensión de los animales; en cambio, la imagen de dolor que produce la dentellada de un depredador es muy concreta en su imaginación.


Las escalas de la función afectiva


El mecanismo de placer-dolor que impele a un animal a actuar en procura de su supervivencia y reproducción es funcional en todos los organismos con sistema nervioso central. A partir de este mecanismo básico, se estructuran mecanismos en escalas superiores que poseen la capacidad para generar emociones y además, en los seres humanos, producir sentimientos. Así, mientras las sensaciones básicas de placer y dolor se estructuran en la menor escala de la afectividad, en animales con mayor conciencia se estructuran, en el centro afectivo del sistema nervioso central, emociones y sentimientos.

El centro afectivo del sistema nervioso central es el lugar que acopla un tono afectivo muy particular a los contenidos de conciencia estructurados que de otro modo permanecerían objetivamente fríos y distantes. Básicamente, el tono pertenece a algún grado afectivo que va desde la escala del simple placer o dolor hasta la escala de los sentimientos. Inversamente, en el ser humano el pensamiento debe mantenerse habitualmente muy frío para no verse influenciado por pasiones y sentimientos en su búsqueda de verdad. La función afectiva se desdobla en cuatro escalas incluyentes: una escala básica sensible, una escala media estimulante, una escala mayor emotiva y una escala superior de sentimientos.

Cada escala de estructuración del sistema afectivo tiene sus correlativas en los sistemas cognitivo y efectivo. En cada escala se encuentran las tres funciones cerebrales interactuando entre ellas. Sólo una máquina tiene un input y un output sin afectividad alguna que dé curso, detenga, apure, paralice, suspenda, acelere, atenúe, acentúe una respuesta según necesidades evaluadas de supervivencia o reproducción, y actúa con la total frialdad de un mecanismo.

La conciencia primitiva

Para resumir, la evolución biológica ha producido un mecanismo de protec­ción y desarrollo de los animales que produce en éstos dos tipos de reacciones diametralmente opuestas y muy intensas: el placer y el dolor. Un animal acepta los estímulos que le producen la sensación de placer y rechaza aquellos que le producen la sensación de dolor. Los estímulos que producen placer resultan generalmente beneficiosos para un animal, y los que producen dolor le resultan perjudiciales. Por tanto, las sensacio­nes afectivas de placer y dolor son funcionales para la supervi­vencia y la reproducción del animal y, por consiguiente, son funcionales también para la prolongación de la especie. Ambas sensaciones se encuentran en la escala fundamental de la estructuración afectiva de todos los animales con algún tipo de sistema nervioso.

La función de la afectividad que acompaña a los elementos cognitivos que el organismo recibe del medio es ayudar a producir una res­puesta efectiva. La sensación afectiva de placer o dolor aparece como el estímulo más primitivo y fundamental para exigir respues­ta al organismo ante las demandas del ambiente. La respuesta del sistema efectivo en esta escala básica es la pulsión. Desde las simples lombrices, las poseen todos los organismos con sistema nervioso y que pueden de alguna manera u otra reaccionar ante este tipo de acciones del medio externo. En los seres más evolucionados, que han estructurado escalas superiores de relacionarse con el medio, este mecanismo sigue siendo válido en su sistema autónomo por constituir su principio o fundamento.

Conciencia del medio externo

En la siguiente escala de conciencia en orden creciente de estructuración está la conciencia del medio externo. En esta escala se produce la percepción en el orden funcional cognitivo, y corresponde a la atracción en el orden afectivo. En el orden efectivo el organismo responde con un instinto rígido ante un atractivo. A partir de las sensaciones fundamentales de placer y dolor todos los animales (incluido el ser humano) con sistema nervioso central y con órganos de sensa­ción consiguen estructurar esta escala. Las respuestas de esta conciencia ante estímulos externos son afectivamente más comple­jas. En dichos estados, las sensa­ciones fundamentales de placer y dolor han sido estructuradas, en esta escala, en los estados afectivos siguientes: agrado - desa­grado, ataque - retirada, agresividad - apaciguamiento.

A partir de esta escala el centro afectivo del organismo biológico persigue activamente aquello que le produce placer y rehúye de aquello que le produce dolor. Esta actividad se torna agresiva cuando confronta alguna dificultad, como el enfrentarse a un competidor. De modo similar, el rehuir de aquello que produ­ce dolor va asociado con el miedo, emoción que reafirma la acción de rechazo. En consecuencia, el contrario de agresividad es miedo, y un animal, incluido el ser humano, puede pasar del uno al otro en cuestión de un instante, pues es la vida misma la que se debe preservar sin arriesgar momentos vitales en la duda. Deberá actuar aunque se equivoque en su apreciación.

Conciencia de lo otro

Una escala aún mayor de la estructuración psíquica es la de la conciencia de lo otro en tanto otro. Allí las percepciones se estructuran en imágenes, aparecen los instintos más plásticos y se ubican los estados afectivos más complejos que manifiestan en especial los verte­brados. Sin duda, la capacidad para tener conciencia de lo otro significó una ventaja adaptativa enorme en la evolución del sistema nervioso. El otro se impone al sujeto como el objeto de la relación causal que posibilita o amenaza su supervivencia o reproducción. Dentro de una conciencia más desarrollada de la conciencia de lo otro, como en los mamíferos –que en la función cognitiva se constituyen imágenes más completas–, en la función afectiva se estructuran las emociones fundamentales de alegría - sufrimiento.

Todos los organismos biológicos que llegan a tener conciencia del otro poseen emociones. Las emociones son de relativamente corta duración y persisten desde un clímax hasta que se adormecen por agotamiento de los terminales sensibles del sistema nervioso. Las emociones están en la misma escala que las imágenes. Una imagen no es sólo una representación puramente cognitiva. Contiene valoraciones afectivas de diversa índole, que radican en la dicotomía placer - dolor. Un león no aparece únicamente como un cierto cuadrúpedo melenudo de color pardo. En su tamaño, rugir, dientes, garras, agresividad, velocidad, puede surgir también una representación terriblemente amenazante que puede incluso afectar al sujeto con dolor y muerte.

Secundariamente aparecen en esta escala emociones tales como seguridad - temor, ilusión - desilusión, confianza - desconfianza, euforia - depresión, simpatía - antipatía, ira - miedo. En esta escala son posibles emo­ciones mixtas, como los celos, el arrojo, el enojo, la furia, la timidez, la pena, la soledad, el tedio, el asco y muchos otros más. El erotismo, que es una emoción tendiente a la reproducción, se estructura en esta escala, teniendo como algunas de sus uni­dades discretas el gozo sexual, el atractivo sexual, las señales sexuales, etc. En esta escala el orden funcional efectivo, propio de los animales superiores, la respuesta efectiva es instintiva, pero con gran plasticidad.


Conciencia de sí


La estructuración de la conciencia de sí, que poseemos sólo los seres humanos y que es el del pensar, sentir y hacer, produjo una autonomía aún mayor como ventaja adaptativa al medio, pues el individuo se ve a sí mismo como un sujeto de una acción intencionada y reflexionada según su pensamiento racional y abstracto. Indudablemente, dicho salto evolutivo del sistema nervioso demandó la mayor estructuración y complejidad conocida de la materia.

La escala superior de la estructuración psíquica, que es el de la conciencia de sí, es la de las ideas, los conceptos y las proposiciones y juicios. En esta escala el orden funcional cognitivo pasa a llamarse propiamente cognoscitivo, pues tiene la capacidad para efectuar complejas relaciones ontológicas y lógicas. Estas funciones psíquicas pueden ser efectuadas únicamente por los humanos, que son seres dotados mentalmente con la capacidad para estructurar conceptos abstractos y razonar lógicamente. Sólo la capacidad del pensamien­to abstracto y lógico permite al sistema nervioso central, o más apropiadamente a la mente, reflexionar sobre sí misma, adquirir conciencia de su subjetividad aparte de las cosas y, por referencia a éstas, llegar a adquirir conciencia de una identidad propia y única, distinta de las cosas. En la escala de la conciencia de sí, el orden funcional efectivo corresponde a la acción intencional que se llama voluntad.

Asimismo, en la escala de la conciencia de sí, en el orden funcional afectivo, se encuentra la estructura de los sentimientos. La actividad de esta conciencia ante los simples estímulos que producen las primitivas sensaciones de placer y dolor, y que pasa por la estructuración de las emociones, es la estructuración de los sentimientos. Los sentimientos producen la motivación para actuar. Una decisión racional debe estar más motivada por sentimientos que por emociones. Inclusive la voluntad necesita a menudo controlar las emociones.

El sentimiento es lo más propiamente humano en la afectividad. Solamente los seres humanos poseemos la capacidad para tener sentimientos, pues esta reacción afectiva se estructura a partir del pensamiento abstracto y racional y en esta misma escala. En la funcionalidad animal la afectividad juega un papel decisivo, pues impele a la acción dándole una dirección y una intensidad particulares. Por ejemplo, el hambre obliga a un animal renunciar a su tendencia al ocio y buscar activamente su sustento. Igualmente, en la funcionalidad humana el sentimiento está en el primer plano en la deliberación previa a una acción intencional. Le confiere el color, el tono, el aroma, el sabor y otras metáforas similares a la fría decisión racional. Incluso el sentimiento puede primar sobre la razón. Todas las argumentaciones más sensatas, articuladas, lógicas, objetivas y fundamentadas que puedan darse se hacen añicos frente al sentimiento.

A diferencia de una argumentación lógica, que puede ser objetiva y sujeta a análisis, el sentimiento es una valoración completamente personal, subjetiva, incomunicable y no medible, excepto en la forma indirecta que pudieran manifestarse las emociones asociadas. Depende de reacciones personales particulares a experiencias, estados de ánimo, conformación caracteriológica, desarrollo de la personalidad, momento vivencial, etc., dentro de la estructura cognoscitiva humana.

Por el sentimiento más que por el raciocinio existen cosmovisiones particulares de enorme impronta y de tan larga duración que pueden permanecer toda la vida. Éstas son determinantes para establecer colectivamente el curso de acción de una decisión mayoritaria para alcanzar un objetivo concreto. Puede que toda una comunidad valore, por ejemplo, la justicia social, pero aquellos de sentimientos más tradicionales tendrán una apreciación distinta de quienes albergan sentimientos más radicales. Es probable que, más que intereses comunes, sean los sentimientos afines la causa primordial que conforma partidos políticos específicos.

La felicidad y la tristeza son la estructuración fundamental afectiva en la escala de la conciencia de sí y que proviene del placer y dolor propio de la escala más primitiva de la afectividad. A partir de estas valoraciones afectivas contrapuestas algunos pretenden explicar la complejidad de la realidad como una división dualista entre lo bueno y lo malo (en la filosofía oriental sería la dualidad del yin y el yang).

El estado de felicidad es aquel en el que las necesidades y carencias están colmadas, existiendo además la sensación de seguridad de que habrá bienes disponibles para satisfacer las necesidades a medida que se presenten, y un ámbito protegido de peligros y amenazas. Se manifiesta como una condición general de satisfacción y gozo junto con una sensación de realización en la que se siente estar alcanzando las metas proyectadas. En tanto este estado está condicionado por una proyección de futuro, la felicidad es una situación propiamente humana, pues los animales son inmediatistas en sus acciones de supervivencia y reproducción. Este estado revela la existencia de un ser humano que ha tenido éxito en su afán de supervivencia y reproducción. Es un indicio de funcionalidad apropiada, de adaptación al medio y de tener la fortuna de existir en un ambiente favorable y de lograr los resultados propuestos.

Aunque es el objetivo final de toda acción particular, la felicidad no es el objetivo de la existencia del individuo. La felicidad es simplemente una señal de vivir en la forma más plena posible, siendo un síntoma de que la persona lo está haciendo muy bien. Por su parte, la tristeza y la angustia son síntomas de que la vida es problemática y difícil, llena de fracasos, temores, insatisfacciones e inseguridades.

La felicidad como finalidad de la vida entró en los objetivos individuales que ha propuesto la cultura occidental a partir del Renacimiento, constituyendo sin duda un valor radicalmente distinto del ser penitente del medioevo. Este valor fue un paso importante con respecto a los epicúreos del siglo III a. C., que buscaban sólo el máximo placer y el mínimo de dolor, o de los estoicos, que para evitar el dolor cultivaban la indiferencia con desdeñosa indolencia. Por ejemplo, el renacentista Tomás Hobbes (1588-1679) sostuvo que la finalidad del ser humano es la felicidad, y el Estado tiene la función de imponer orden y paz para que los individuos pudieran lograrla; y la Constitución de los EE.UU. propuso que la finalidad de todo ciudadano es, además de la vida y la libertad, la prosecución de la felicidad.

Siguiendo la mentalidad renacentista, pero ya en plena edad Moderna, fue aparentemente loable el deseo del utilitarista inglés Jeremías Bentham (1748-1832), quien un siglo y medio más tarde pensaba que el Estado debe procurar la mayor felicidad al mayor número de individuos, idea precursora del Estado de bienestar. Para Bentham lo útil es lo que conduce a la felicidad. Siendo que para él el ser humano sólo posee experiencias directas de placer y dolor, las demás sensaciones son derivadas de éstas. Él clasificó los placeres, haciendo un verdadero cálculo hedonista, según el grado de intensidad, duración, certidumbre, proximidad, fecundidad y pureza. Cuanto mayor la cantidad, mayor es el placer. Para él la felicidad es entonces el placer de duración prolongada.

Sin embargo, en contra de Bentham, la felicidad no es un término unívoco, y las unidades de felicidad, o que producen felicidad, no son intercambiables. Aún para un mismo individuo, algo que lo hace feliz en alguna ocasión lo puede hacer infeliz en la próxima. Por tanto, la finalidad del Estado no puede ser suministrar las cosas que hacen feliz al individuo, sino que es posibilitar que éste se desarrolle libremente, pues siendo libre podrá autodeterminarse, actualizando sus potencialidades, y así él será además feliz.

Si bien la capacidad para hacer proyectos de futuro con el objeto de ser feliz supone la capacidad racional, ésta surgió evolutivamente como una forma más eficiente para responder con la mayor autonomía posible a la multicausalidad del medio para así mejorar las posibilidades de supervivencia y reproducción. De ahí que, en el ser humano, la respuesta racionalmente autónoma para satisfacer las necesidades de supervivencia y reproducción constituyen el punto de partida de la psicología y la ética, de la familia y la sociología, de la política y la economía. Sigmund Freud (1856-1939) tenía en gran medida razón cuando hacía depender el comportamiento humano de su apetito sexual. En realidad, los estímulos sexuales tras el impulso de reproducción se confunden con los estímulos para sobrevivir en el comportamiento del individuo y llega a ser posible concluir parcial, pero erróneamente, como lo hizo Freud, que el comportamiento humano tiene siempre base sexual.

El sentimiento primario, que proviene directamente de las sucesivas estructura­ciones a partir de la sensación de placer y dolor, es el estado de felicidad – tristeza o angustia. De este sentimiento derivan secundariamente, en la misma escala, una serie de estados de ánimo de gran complejidad. Consideremos los si­guientes entre otros muchos: amor - odio, confianza - angustia, valentía - cobardía, espe­ranza - desesperanza, optimismo - pesimismo, perdón - venganza, desprendimiento - codicia, euforia - pesadumbre, arrojo - temeridad, amistad - rencor, sonrisa - congoja. También esta conciencia estructura reacciones mixtas de sentimientos de una escala de complejidad superior: arrogancia, melancolía, desazón, amargura, admiración, arrepenti­miento, vergüenza. Por último se producen actitudes de comportamiento con fuertes elementos sentimentales, como el orgullo, la sober­bia, la envidia, la avaricia y tantas más.

Lo notable es que todas las emociones y los sentimientos son estados de ánimo complejos a soluciones de supervivencia y reproduc­ción, y que se estructuran a niveles superiores a partir de las sensaciones más simples de todas, las de placer y dolor. Además, indirectamente, la conciencia que cada ser humano tiene de la muerte que fatalmente acabará con su existencia individual lo impulsa a preservar su propia vida. Aunque también, si la vida se le presenta difícil y penosa, lo tiente el suicidio en la opción de preferir la nada antes que la infelicidad.



CAPÍTULO 4. LA ESPECIE Y EL MEDIO



Un organismo biológico es una unidad discreta de la estructura especie. A su vez, una especie es una unidad discreta de la estructura biocenosis. La biocenosis junto con el biotopo son las unidades discretas de un ecosistema. Cada especie posee en el ecosistema un nicho ecológico. Sólo la especie humana trasciende la barrera de los nichos ecológicos, teniendo el potencial para ocuparlos todos y desplazar las especies que los ocupan hasta su total extinción. Toda especie biológica depende que sus unidades discretas, los organismos biológicos que pueden potencialmente aparearse entre sí y tener prole fecunda, lleguen a sobrevivir para que justamente puedan procrear y prolongarla hacia el futuro y propagarla a través de la geografía.


La ecología


El ecosistema

Un organismo viviente es un sistema autónomo en cuanto generador de fuerzas que persiguen su propia autoestructuración, supervivencia y reproducción. Para generar las fuerzas requeridas, obtiene la energía de un medio providente, del que depende. Así, un organismo biológico es también un sistema abierto que encuentra su equilibrio en el intercambio con su medio externo, que llamamos ecosistema. Pero también en dicho medio operan una multiplicidad de fuerzas que hacen permanentemente peligrar su propia existencia, por lo que debe ser muy funcional para conseguir sobrevivir allí. En el ecosistema su propia estructura, rica en energía, es apetecida por otros organismos vivientes. Además, no todas las fuerzas que operan allí le son beneficiosas.

Un ecosistema particular, que comprende el medio externo de todo organismo biológico que existe allí, es una estructura compleja formada por dos subestructuras suficientemente homogéneas que interactúan entre sí en un espacio particular, o biotopo. Un ecosistema comprende, por una parte, un sustrato químico de elementos inorgánicos que componen el suelo, el agua y el aire, y ciertas condiciones físicas, como temperatura, radiación solar, presión, densidad, fuerza de gravedad, etc.; y, por la otra, el conjunto de organismos vivos, o biocenosis, que sobreviven en dicha estructura físico-química.

Las unidades discretas básicas de los organismos vivos se caracterizan por ser estructuras macromoleculares orgánicas, es decir, no pueden estructurarse espontáneamente a partir de elementos químicos, ni incluso de moléculas inorgánicas más sencillas, sino que son producidas, en su totalidad, por los propios organismos vivos. A su vez, las unidades discretas últimas de estas macromoléculas orgánicas corresponden a determinados elementos químicos. En la composición química de los organismos vivos intervienen no más de 60 elementos, de los cuales doce son invariables, pues se encuentran en todos los organismos, y seis de éstos (carbono, nitrógeno, oxígeno, hidrógeno, fósforo y azufre) entran en la composición de toda materia orgánica. Los otros seis (calcio, magnesio, sodio, potasio, hierro y cloro) tienen importancia en los distintos aspectos del metabolismo.

Procesos

Un ecosistema no es una estructura estática, sino que experimenta permanentes cambios a consecuencia de la variación de las condiciones físicas y como efecto de la acción de los organismos que lo integran. Posee fundamentalmente dos procesos. El primero conforma un ciclo cerrado, denominado ciclo del carbono. Desde el punto de vista de la estructura, su estado inicial son los elementos químicos invariables. El proceso comprende primeramente la estructuración de las macromoléculas orgánicas y, posteriormente, su paulatina desestructuración, hasta retornar al estado inicial de elementos originales desestructurados, manteniéndose relativamente constante la cantidad de elementos.

El segundo proceso es el de la energía. Un ecosistema no es un sistema cerrado. Requiere el aporte permanente de energía, de modo que gran cantidad de energía, proveniente en el principio desde fuera del ecosistema, es consumida por el mismo. Esta energía –principalmente luminosa– consigue estructurar –a través de la fotosíntesis– variados elementos químicos en macromoléculas orgánicas de glucosa. Éstas, a su vez, aportan la energía acumulada según los requerimientos del organismo viviente al irse posteriormente desintegrando.

La energía inicial proviene principalmente del Sol, en especial de su espectro visible. En un proceso denominado fotosíntesis, la energía de las radiaciones luminosas es captada y absorbida por moléculas de pigmentos, como las clorofilas y los carotenos. Estos cloroplastos transforman la energía luminosa en energía química produciendo, en ausencia de oxígeno, trifosfato de adenosina (TPA) a partir de difosfato de adenosina (DPA) y es empleada para sintetizar las macromoléculas orgánicas de almidón a partir de sustancias inorgánicas tan simples como el agua y el dióxido de carbono (6H2O + 6CO2 -> C6H12O6 + 6O2).

Estas moléculas orgánicas gigantes constituyen las primeras macromoléculas energéticas de hidrato de carbono, de las cuales los seres vivientes obtienen la energía para vivir en una sucesión de pasos de cesión energética, hasta la final desestructuración molecular, cuando ya no queda energía aprovechable. Los enlaces químicos de estas estructuras macromoleculares almacenan la energía recibida. En realidad, sólo el 1 % del total de energía lumínica que llega a una superficie cubierta por vegetales es utilizado en la fotosíntesis. Cuando la estructura se desintegra en su totalidad, ya no queda energía aprovechable. Los elementos desintegrados vuelven a estructurarse nuevamente en frescos cloroplastos a causa de la fotosíntesis en un proceso sin fin.

El consumo

Sin embargo, en la perspectiva de la biosfera, mientras la energía proveniente del exterior es inagotable, los elementos químicos que conforman los recursos terrestres aprovechables por la materia orgánica son limitados. Esta distinción reviste especial importancia en nuestra época, más preocupada por obtener recursos energéticos que por preservar los recursos biológicos. En la limitación de las estructuras que conforman la materia orgánica se oculta el fantasma de Malthus, el que tantas veces ha amenazado manifestarse sin haber aún aparecido en su anunciado horror, excepto en algunas pobladas y primitivas regiones de la Tierra, abatidas por el hambre. Tomás Roberto Malthus (17766-1834) sostenía que mientras la población aumenta en progresión geométrica, los alimentos aumentan sólo en progresión aritmética. En una escala menor numerosas han sido las civilizaciones que han desaparecido en el pasado a causa de la excesiva explotación de los recursos naturales. Basta recordar los mayas, los nubios, los pascuenses o los caldeos. Estas civilizaciones son recordatorios de lo que puede ocurrir a una escala mayor.

La energía contenida en los enlaces químicos de las macromoléculas orgánicas va siendo posteriormente utilizada por los organismos vivientes en su actividad de supervivencia, reproducción y auto-estructuración. Una gran cantidad de energía se consume, por ejemplo, en el desplazamiento y en el metabolismo propio de un organismo vivo. Esta energía va siendo consumida de manera discreta en un sutil proceso de degradación oxidativa de los productos metabólicos, en el que los compuestos fosfatados, ya mencionados, son determinantes.

Cada compuesto de este tipo funciona como batería recargable que se descarga discretamente cuando transfiere a las células del organismo una cantidad discreta de energía y se transforma en DPA, y se carga nuevamente como TPA al recibir nueva energía de la escalonada degradación de las macromoléculas. Una serie de moléculas de TPA proporciona la energía necesaria para el proceso metabólico, transformándose cada una de ellas en DPA al quedar sin su propia cantidad de energía cuando se le es solicitada. Pero el DPA es vuelto a recargar, volviéndose en TPA, cuando una macromolécula se degrada en otra de menor valor energético, cediéndole su cuota discreta de energía.

El mecanismo de cesión energética-degradación química de la macromolécula orgánica termina con la total desestructuración orgánica de sus elementos químicos constituyentes y la transformación de la energía química en energía mecánica, eléctrica y calorífica necesaria para la supervivencia. Este mecanismo se conoce como el ciclo de Krebs, por su fundador, el bioquímico alemán Hans Adolf Krebs (1900-1981), y es el fundamento del metabolismo celular. El metabolismo depende de una secuencia de procesos, encadenados unos con otros, engranados como los dientes de un mecanismo de precisión por el cual el ácido acético se transforma en ácido cítrico tras un proceso que comprende nueve etapas. Estos procesos se llevan a cabo en cada célula, específicamente en sus mitocondrias, que ofician de centros oxidativos o talleres de producción de proteínas del ciclo mencionado. Allí se ubican tanto las unidades de TPA como los ribosomas con gran contenido de ARN (ácido ribonucleico) que controlan la síntesis de proteínas.

La biomasa

Un ecosistema particular contiene una cantidad de materia orgánica denominada biomasa. Esta se mide corrientemente en peso (peso fresco, peso seco, peso de carbono, etc.) por unidad de superficie terrestre. La producción de biomasa depende de la variedad de la biocenosis. Mientras esta última contenga una mayor cantidad de especies, la competencia entre los organismos vivientes será mayor, sobreviviendo los individuos de aquellas especies más eficientes en obtener alimentos y utilizar energía. Toda diversidad de nichos ecológicos podrá ser ocupada.

Si la variedad de especies biológicas disminuye, también disminuirá la capacidad del ecosistema para producir biomasa y, por tanto, la capacidad para aprovechar la energía que ingresa. Pensemos, por ejemplo, en las estériles arenas de un desierto originado tras la tala de árboles y quema de abrojos de una otrora ricamente biodiversificada selva tropical.

También la producción de biomasa depende de las condiciones del biotopo. Si sus condiciones varían, también se modificará su producción. Por ejemplo, un biotopo puede contaminarse con toxinas o puede empobrecerse de sus elementos invariables por la erosión, lo que implica una disminución neta de la producción de biomasa. Inversamente, el biotopo puede ser fertilizado mediante la incorporación de nutrientes y agua de riego para una producción mayor de biomasa, como un agricultor bien lo sabe. La "revolución verde", que es la aplicación de la tecnología a la producción selectiva de biomasa, ha logrado aumentar la productividad a límites antes insospechados. Aún no se sabe cuál será el tope útil para dichos límites.


Productores, consumidores y descomponedores


La materia orgánica es alimento y las especies biológicas se distinguen entre sí, desde el punto de vista ecológico, en cuanto a la función particular de obtención de materia orgánica. Según la forma de obtención del alimento, se encuentran diferentes tipos de organismos vivos, los que conforman una cadena trófica de cuatro eslabones básicos: productores primarios, consumidores primarios, consumidores secundarios y descomponedores. No obstante, la idea de cadena es una abstracción que hacemos para comprender la complejidad de las múltiples cadenas tróficas presentes en cualquier ecosistema, las que semejan más bien a una red trófica. Las relaciones de los organismos vivos de un ecosistema no son lineales, sino que existen muchas relaciones tróficas colaterales, como parásitos, comensales, simbiontes, coprófagos, carroñeros.

Es evidente que si la dependencia por alimento de parte de los organismos vivos que ocupan los eslabones posteriores es total respecto a los eslabones primeros, y que si cada organismo consume energía para sobrevivir y reproducirse, devolviendo cuando muere menos energía de la que ha recibido, el peso total de los organismos, aunque no necesariamente el de los individuos, va decreciendo a medida que se avanza por la cadena alimentaria. Por ejemplo, en un ecosistema particular, hay menos peso en zorros que en conejos.

Sin duda que la idea de cadena trófica está lejos de satisfacer el ideal de paz y armonía concebida por quienes describieron el Paraíso Terrenal en el libro del Génesis. La realidad muestra que el león no puede convivir de esa forma idealizada con el cordero. Ambos establecen una relación depredador-presa, donde el segundo es una víctima "inocente" de la "despiadada" necesidad de alimentación del primero. No obstante la "ley de la selva", que es la imposición de la voluntad del más fuerte, no existe en la selva. Cada ser viviente de la selva persigue sobrevivir y reproducirse actuando estrictamente según los condicionamientos que son comunes a todos los individuos de su propia especie. Jamás podrá un individuo actuar de un modo distinto en su ambiente natural. En algunas ocasiones él será un depredador de determinados seres vivientes y en otras, será presa de otro grupo determinado de seres vivientes.

Los productores primarios comprenden la totalidad de los vegetales, exceptuando los hongos, y ciertos microorganismos dotados de determinados pigmentos semejantes a las plantas superiores. Mediante la fotosíntesis, éstos estructuran primeramente hidratos de carbono, a los que les incorpora además una serie de elementos químicos que obtienen del medio, hasta formar las variadas y complejas macromoléculas orgánicas cargadas de energía, descritas más arriba, que conforman las unidades discretas de las diversas subestructuras de sus propias estructuras. Se denominan autótrofos porque son organismos que se procuran alimentos por sí mismos.

Los consumidores obtienen de los productores primarios, o de otros consumidores, las moléculas ricas en energía y materia orgánica cuya utilización dependerá en definitiva de las características bioquímicas del alimento y de las características metabólicas del consumidor. Se dividen en consumidores primarios y consumidores secundarios. Los primeros son principalmente herbívoros y obtienen su alimento de los productores primarios, o sea, las plantas verdes. Con este alimento y otros elementos del biotopo (agua, oxígeno, sales, etc.) se autoestructuran y ejercen fuerza. Igual cosa ocurre con los consumidores secundarios, excepto que ellos obtienen su alimento ingiriendo principalmente a los consumidores primarios, pues son carnívoros.

La energía por unidad de peso contenida en la carne es muy superior a la contenida en los vegetales, ya que éstos poseen componentes –leñosos– que sirven para estructurarse en el espacio y que son en general poco nutritivos, y un trozo de carne engullido en pocos bocados mantiene a un animal satisfecho por muchas horas. En contra de los buenos deseos de los vegetarianos para con el ecosistema y la supervivencia de tantos ingenuos e inocentes pero apetitosos animales, los seres humanos somos principalmente consumidores secundarios, pues no conseguimos sintetizar todos los aminoácidos que necesitamos a partir de los vegetales que consumimos, ni aunque los cocinemos. El déficit en aminoácidos proviene de los herbívoros que sí digieren los componentes más simples, sintetizándolos. Posteriormente, nosotros los ingerimos ya metabolizados en forma de carne y productos lácteos. No deja de ser horrible el pensamiento de que para alimentarnos y gozar de ello como un buen gourmet debamos sacrificar criaturas cuya vida es un gozo de percepciones, emociones y convivencia.

Todos los organismos que mueren y no son devorados por otros, sean productores primarios o consumidores, así como toda clase de restos orgánicos, como hojas y ramas caídos de los árboles, excrementos, e incluso bacterias, son degradados en último término por los descomponedores. Estos organismos vivientes consumen lo último que va quedando de energía en los últimos enlaces químicos de las ya degradadas macromoléculas orgánicas originales. Descomponen los restos orgánicos mediante una especie de digestión externa y absorben más tarde las sustancias resultantes que les son útiles, quedando el resto mineralizado.

Así, si los productores primarios incorporan a la materia orgánica una serie de elementos minerales del medio, los descomponedores devuelven a éste esos mismos elementos, mineralizados. Los descomponedores cierran el ciclo de la materia orgánica y ponen nuevamente a disposición de los productores primarios los elementos y las moléculas inorgánicas que necesitan para la síntesis de su propio alimento. Si solamente los organismos vivientes pueden estructurar las macromoléculas orgánicas, solamente los organismos vivientes las pueden corrientemente desestructurar. Un pedazo de madera muerta, por ejemplo, duraría prácticamente en forma indefinida si no existieran descomponedores. Es gracias a éstos que la biosfera no es un solo cementerio de vegetales y animales muertos, desde hace tiempo, en un suelo agotado de recursos hace mucho.


El metanicho ecológico de la especie humana


Los ecólogos han llegado a determinar que cada especie biológica tiene su propio nicho ecológico, es decir, sus propias especies presas y su propio espacio de donde los individuos que la componen obtienen el particular sustento. La competencia entre dos especies sobre el mismo recurso y el mismo espacio, más el mecanismo de la selección natural que especializa mejor a la especie para un medio específico, termina siempre con la victoria de una de ellas para un mismo nicho.

En un ecosistema existen muchos nichos, y mientras más variedad de especies contenga, más son los nichos ocupados y más eficiente resulta la transformación de la materia orgánica. La ocupación de un nicho exige de la especie una tan particular especialización que si este nicho desapareciera por extinción de la especie presa, aquella especie no tendría probablemente la capacidad para ocupar otro nicho, habida cuenta de que la adaptación es un lento proceso que depende de la evolución, y también se extinguiría.

No obstante, existe una relación directamente proporcional entre inteligencia y ocupación de una multiplicidad de nichos. Una inteligencia más desarrollada permite una mayor capacidad para reconocer el valor alimenticio y satisfacer el hambre con una mayor variedad de alimentos. Un animal omnívoro es ciertamente más inteligente.

La especie humana es una especie animal que para subsistir se rige bajo las mismas leyes que rigen las demás especies, siendo parte del ecosistema. Pero podemos observar que la especie humana trasciende la barrera de los nichos. A pesar de ser la menos especializada de todas, es, por otra parte, la más multifuncional en la procura de su sustento. Ello le ha permitido subsistir en los más diversos medios y no solo alimentarse de las más variadas fuentes, tanto vegetales como animales, sino que ha llegado a industrializar la producción de alimentos.

Su multifuncionalidad proviene de su inteligencia que le ha permitido no sólo adaptarse mejor al medio, sino también adaptar el medio a sus propias necesidades. Así, la tecnología, producto de su inteligencia que genera extensiones funcionales artificiales para suplir sus propias deficiencias, le permite no sólo adaptarse a cualquier hábitat y extraer los recursos contenidos en forma eficiente, sino que también transformar el ecosistema de acuerdo a sus propios requerimientos. Interviniendo en los distintos ecosistemas, los transforma para satisfacer sus propias necesidades en favor de algunas determinadas y realmente pocas especies vegetales y animales, que son las que más le favorecen y a las cuales se esmera no sólo de recolectar, cazar y pescar, sino también de cultivar y criar.

Cabe aún preguntarse por qué el ser humano llega a extinguir especies. Es sabido que las poblaciones de las especies se regulan por la relación surgida entre depredador y presa. Si el número de zorros aumentara en un ecosistema dado, el de conejos tendería a disminuir al existir mayor presión sobre su población para ser ingerida por la mayor cantidad de zorros. Luego, la población de conejos disminuiría. Pero esto dejaría a los zorros con menos alimentos y, por tanto, hambrientos y débiles. Pronto los zorros disminuirían también en número. Pero si disminuyen mucho, los conejos aumentarían su número. Un número mayor de conejos los haría fácil presa de los zorros, posibilitando que aumentara el número de ellos. En consecuencia, en un ecosistema el número de ambas poblaciones se mantiene relativamente estable y la proporción entre ambas permanece relativamente en equilibrio.

Sin embargo, la especie humana no depende de un sólo tipo de presa para su subsistencia. Su falta de especialización para un determinado nicho sumado a su inteligencia le permite acceder a casi todos los nichos ecológicos que ella desee o que le sea económicamente más favorable, pues tal es su ingenio. En consecuencia, el ser humano puede perfectamente acabar con una población completa y seguir subsistiendo de otras especies. También puede eliminar una especie que no le es directamente provechosa o le es claramente dañina, mientras favorece a otra que sí le es más útil. En fin, en el proceso de seleccionar determinadas especies, puede acabar con algunas especies sin haber sido esa la intención.


Agotamiento del ecosistema


El ser humano en cuanto especie animal tuvo sus orígenes como un consumidor principalmente secundario tras haber provenido de antepasados eminentemente herbívoros. En el curso del desarrollo cultural, que presupuso un sustancial avance evolutivo de su inteligencia, adquirió proporcionalmente mayor eficacia como depredador, evitando a la vez ser presa fácil de sus propios depredadores. Pero también aprendió a conocer los mecanismos del ecosistema para aprovecharse mejor de la energía que contenía. Paulatina, pero exponencialmente, comenzó a dominar su propio medio y a extenderlo a todos los ámbitos de la Tierra, trasponiendo o destruyendo nichos ecológicos cada vez más numerosos.

El uso del fuego, hace medio millón de años atrás, y su dominio, hace tan sólo unos cien mil años atrás, significó que diversas materias orgánicas ricas en energía y en aminoácidos, que derivan directamente de los productores primarios, pero que no eran comestibles, se transformaran en alimentos mediante la cocción, la que rompe sus moléculas de almidón, haciéndolas digeribles. La agricultura, nacida hace unos diez mil años atrás, permitió apropiarse de algunos variados biotopos, y el pastoreo, surgido por la misma época, significó seleccionar, adaptar y domesticar las variedades para él más productivas de la biocenosis. Cada una de estas revoluciones tecnológicas ha posibilitado a la especie humana una apropiación mayor de la energía y de la materia orgánica contenida en la biosfera, acceder a más ecosistemas para transformarlos, independizarse de la precariedad de la supervivencia y aumentar exponencialmente el número de su población.

En la actualidad, como muchas voces anuncian alarmadas, la especie humana, por su creciente número de individuos, su cada vez más avanzada tecnología, su enorme y creciente capital acumulado y su insaciabilidad, ha transpuesto posiblemente el umbral que permite la subsistencia de los ecosistemas y, por tanto, de la biosfera. Los seres humanos no sólo están agotando los limitados recursos orgánicos del ciclo de la materia orgánica, sino que los están deteriorando aceleradamente por la contaminación que genera su desenfrenada producción y consumo por poblaciones cada vez más numerosas y ávidas.

El desarrollo creciente de la especie humana tiene por contraparte el agotamiento de los recursos naturales. Aquí el problema no es tanto la futura escasez de energía, aunque nuestro desarrollo económico tenga por base los hidrocarburos fósiles, ya en proceso de extinción. El problema que se avecina lo constituye la supuesta creciente disminución de macromoléculas orgánicas, base de la alimentación de los seres humanos, actualmente sufriendo un explosivo crecimiento demográfico. También el problema se refiere a las especies animales que integran las cadenas alimentarias, muchas de las cuales están extintas irreversiblemente o están en real peligro de extinción.

Así, pues, mientras la energía es abundante y la tecnología puede encontrar otros medios para obtenerla, el volumen de biomasa es limitado y está en acelerada disminución. Esta biomasa es la que se produce mediante la fotosíntesis, proceso en el cual la tecnología aún no puede intervenir si no es para ayudar a que se realice con mayor efectividad. Ella está limitada por la cantidad que está quedando en la biosfera, espacio del universo muy restringido, y que constituye nuestro único hábitat posible. Por su parte, el consumo de más energía por parte de los seres humanos termina principalmente por intensificar la explotación de los recursos biológicos que restan.

Lo peculiar del caso es que no es toda la población humana por igual la causante del fuerte desequilibrio ecológico en el que nos estamos sumiendo, sino las minorías altamente consumidoras y cada vez más poderosas de los países desarrollados. Éstas, además, inducen una explosión demográfica que no sólo causa mayores penurias a los más desvalidos, cuyo número sigue aumentando, sino que también los mismos miserables, por su elevado número, contribuyen con su cuota, de ninguna manera marginal, al agotamiento de la biosfera.


Moral ecológica


El ser humano es parte del todo social, pero cada uno constituye un todo en sí mismo, con derechos inalienables que el todo social debe respetar. En forma análoga, podemos suponer que la especie humana no solamente es la cúspide de la evolución biológica, sino que también del universo, precisamente por la capacidad de pensamiento abstracto y racional de sus individuos. Sin embargo, también es parte de la biosfera, de la cual constituye una especie más de la biocenosis.

En este segundo respecto no existe derecho alguno que excuse la voracidad y la multiplicación de sus individuos. El amplio mandato expresado al comienzo del libro del Génesis: "Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios los creó, y los creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra»" (Gen 1, 27-28), está imponiendo a la especie humana el límite más obvio de todos: no destruir la Creación divina. "Dominad" significa también cuidad, conoced, respetad. La limitación de su derecho proviene del hecho que la especie humana es parte del gran ecosistema terrestre, y si subsiste allí es porque necesita convivir con otras especies.

Del mismo modo como la moral obliga respecto a la vida de otro ser humano, no existe moral "objetiva" alguna que permita a la especie humana multiplicar sus números sin límite alguno. El límite lo impone la capacidad de la biosfera, que el ecosistema en su conjunto, para sustentar a la especie humana. La existencia de la biosfera depende de sutiles equilibrios que pueden ser rotos fácilmente por la voracidad humana. Si no se ejerce algún tipo de control sobre la natalidad y la fecundidad con los tipos de anticonceptivos disponibles, que no implique ciertamente el aborto ni la eugenesia, entonces los mecanismos ecológicos se harán cargo de reducir el número de los seres humanos con grandes costos en guerra, pestes, hambre y muerte. Si el tema demográfico se lleva al terreno ético-moral, se debe compatibilizar el derecho del individuo a reproducirse con su deber dentro del ecosistema del cual forma parte. La multifuncionalidad del ser humano contiene funciones que las sociedades civiles deben controlar para poder preservar tanto su propia subsistencia como la de su medio.

Por el contrario, observamos que en el intento de fortalecer a ultranza la estructura familiar, la autoridad eclesiástica católica ha centrado ciegamente su enseñanza ética en contra de los medios anticonceptivos. No logra apreciar que arrasa simultáneamente con una cantidad de otros valores éticos cuya observancia sería posible si la familia tuviera el número de hijos que pudiera formar y educar apropiadamente, y el medio ambiente tuviera una menor tensión demográfica. Un ejemplo del segundo caso fue el sanguinario conflicto entre utus y tutsis ruandeses que se debió al explosivo crecimiento demográfico que rompió el equilibrio establecido ancestralmente entre los pastores tutsis y los campesinos utus. Es probable que en dicho aumento demográfico hayan contribuido las buenas intenciones de misioneros y médicos de la región en una prolongada política ejercida para salvar la vida de todo recién nacido, oponiéndose simultáneamente a la planificación familiar. De ser así, hubiera sido una bendición para estos pueblos no haber contado jamás con la asistencia de dichos benefactores. De igual modo, en nuestra época de acelerado desarrollo tecnológico y crecimiento de capital, es un imperativo ético el consumo mesurado de las riquezas naturales, siendo el despilfarro y el consumismo un atentado contra la biosfera, nuestros hermanos menores (los ingenuos animales) y, desde luego, nuestros semejantes.

Su inteligencia ha llevado al ser humano, por una parte, a constituirse en la especie biológica más exitosa de la biosfera, y, por la otra, al límite mismo de las posibilidades de la biosfera, pasado el cual es predecible tanto su propia destrucción como gran parte de su ambiente. La pregunta que sigue es: ¿podrá también su inteligencia salvarlo de este manifiestamente terrible destino? La respuesta es desconocida en el presente, y muchos ecólogos aseguran que no va quedando mucho tiempo para responderla. Además, quien tiene la inteligencia es la persona individual, pero ni la sociedad ni la cultura la poseen. La inteligencia individual no es rival del ímpetu de la masa. Muchas veces los movimientos sociales y culturales alteran la historia con la fuerza de su falta de inteligencia.

La paradoja de la especie humana con relación a la biosfera es que, por una parte, su inédito éxito se ha debido a la ingenio de algunos pocos de sus individuos que han producido tecnologías eficientes e innovativas, junto con la gran capacidad de aprendizaje y comunicación de los individuos que la constituyen. Por decenas de milenios, a los seres humanos les bastó el hacha de piedra. La lanza tardó mucho tiempo en aparecer. El arco y la flecha fueron grandes innovaciones. La innovación tecnológica es en la actualidad una ocurrencia cotidiana. Tanto la inventiva como el aprendizaje han posibilitado a los seres humanos la obtención de recursos desde toda la biodiversidad y de todos los nichos del ecosistema. Este hecho los diferencia radicalmente de las otras especies que depredan dentro de su propio nicho biológico. Además, la destrucción de la biodiversidad que acompaña su explotación trabaja contra su propio éxito. La demanda que actualmente hace la biosfera a la noosfera, por así decir, es simplemente el establecimiento del desarrollo sustentable, amén de evitar holocaustos nucleares.


El determinismo biológico


Si el destino de la especie humana es incierto, el destino de todo organismo viviente es fatalmente seguro: terminar como alimento de otro. Sin embargo, un organismo mientras vive, sobrevive en la necesaria interrelación depredador-presa del ecosistema, porque posee una cierta funcionalidad para sobrevivir frente a la agresividad del medio ambiente hasta que decae y muere o es muerto.

La razón fundamental es que lo que interesa al mecanismo de la prolongación de la especie, forjadora de un código genético cada vez más eficiente, es que el organismo sea apto, es decir, que pueda reproducirse y criar prole a su vez apta, lo que significa tener la capacidad para sobrevivir en un medio en transformación. La selección natural que caracteriza el mecanismo de la evolución biológica no es otra cosa que la subsistencia de aquellas unidades genéticas de la especie que contribuyen a que los individuos lleguen a sobrevivir y procrear prole fecunda en un medio competitivo y cambiante.

Evidentemente no interesa en esta perspectiva lo que al organismo individual pueda ocurrirle después de ese cometido o función, por muy miserable y penosa que se torne su existencia posterior. Así, en muchas especies la totalidad de los individuos terminan sus existencias violentamente como alimento de sus depredadores cuando dejan de ser funcionalmente aptos, cuando las respuestas del organismo se debilitan, y antes de que sobrevenga una muerte natural más apacible. En otras, la vejez es fuente de dolencias sin remisión y de sufrimientos que sólo la muerte termina por aplacarlos. El objetivo de la supervivencia individual, para el cual evitar el dolor es funcional, deja de tener importancia en el desarrollo del organismo biológico cuando el periodo para la reproducción se ha cumplido y ya no puede seguir desempeñándose. Ciertamente, la evolución no contempla dentro de las ventajas adaptativas la vejez feliz. Tal condición se da según la sabiduría y espiritualidad individual.

El mecanismo de la evolución biológica puede conformar estructuras para funciones específicas relacionadas con la supervivencia y la reproducción y que, además, pueden ser extremadamente funcionales en otros aspectos. La extraordinaria funcionalidad del cerebro humano, por ejemplo, nos permite realizar una enorme cantidad de funciones intelectuales que no son realmente imprescindibles para nuestra supervivencia y reproducción. De este modo, una estructura que emergió para una finalidad determinada puede desempeñar funciones mucho más complejas que la finalidad para la que se estructuró primitivamente, que subsanan las deficiencias de la evolución para garantizar una mejor calidad de vida, como asegurar el sustento, curar enfermedades y aliviar el dolor.

En este orden de cosas, podemos pensar que nuestro mundo es el mejor mundo posible en la perspectiva de la especie humana, en tanto permite su subsistencia, pero es evidente que no lo es necesariamente en la perspectiva de la supervivencia de un ser humano individual, quien está consciente de su diario sufrimiento y de que algún día deberá morir, y sobre todo cuando su mente le permite imaginar mundos mucho mejores, como contraste con tener conciencia de su desmedrada situación y con lo terrible que puede llegar a imaginar su propio destino.

Es apropiado considerar aquí que si nuestro mundo es el mejor mundo posible para la subsistencia de la especie humana, es ilusoria la pretensión de las ideologías milenaristas que creen en la posibilidad de un mundo ideal, pues contradice los hechos biológicos. Podemos pensar que el advenimiento de cualquier mundo distinto del que nos hemos biológicamente adaptado supone un peligro para la subsistencia de nuestra especie, pues es probable que ésta no llegue a contar con la complejidad de los medios requeridos que le permitan la subsistencia. A pesar de todos los defectos que podamos atribuirle a nuestro mundo como efecto de nuestra acción intencional, como la injusticia, la guerra, la pobreza, para no incluir los efectos naturales, como las pestes, los terremotos, las inundaciones, difícilmente una voluntad general inclinada por la paz y el amor podría llegar a subsanarlos sin alterar los complejos mecanismos que nos permiten subsistir, aun cuando supongamos que es posible que la subsistencia de la especie humana pueda depender de la buena voluntad de la generalidad de los seres humanos.

Los resultados de las buenas intenciones y el voluntarismo tras los movimientos sociales, políticos y religiosos en esa materia son por lo general imprevistos y no deseados, aunque también, a no dudarlo, estas acciones han generado cambio. El hecho natural es que cualquier acción impuesta ideológicamente, aunque tenga la mejor intención, puede romper los delicados mecanismos y leyes biológicas que regulan la subsistencia de nuestra especie, sobre todo cuando muchas veces estos mismos mecanismos y leyes, liberados a su libre acción, pueden ser más beneficiosos para la subsistencia de la especie.

En efecto, si pensáramos que la subsistencia de la especie tuviera que depender exclusivamente, por ejemplo, de la educación de los niños, deberíamos aceptar que un periodo histórico de mala educación haría peligrar la especie. Puesto que la subsistencia de cualquier especie, incluida la humana, depende de su condicionamiento biológico, éste debiera ser respetado en cualquier decisión política. Este conocimiento no surge de principios filosóficos a partir de la razón y que luego se codifican en un supuesto derecho natural, sino que deriva de hallazgos científicos cuyas teorías pueden sintetizarse a un nivel superior que podríamos llamar, ahora sí, filosofía. Hasta ahora las toscas y burdas ingenierías sociales, que no han tenido el más mínimo respeto por la persona ni por el delicado entramado de la biología, han causado las espantosas tragedias humanas de las que el siglo XX ha tenido que padecer tan a menudo.

A través de generaciones, el mecanismo de la evolución biológica tiende a modificar en el tiempo estructuras para que adquieran determinadas funciones solicitadas por un medio pródigo en posibilidades. Anteriormente dimos el ejemplo de las alas. Y también la evolución biológica puede modificar una estructura particular para que pueda desempeñar una determinada función. Por ejemplo, el pico de una especie de aves puede irse estructurando, al cabo de algunas generaciones, en una diversidad de formas, de modo que una subespecie podrá con la nueva adaptación succionar néctar, otra, atrapar insectos, y una tercera, agarrar semillas, y así una cantidad de nichos ecológicos ser explotados, como muy bien lo observó Darwin en la variedad de pinzones, cuando visitó las islas Galápagos.

Pero un organismo biológico es más que un tubo digestivo con coordinación centralizada que, mediante sus propios sistemas de digestión, utiliza y consume la energía del medio, y que, para obtener la energía aprovechable de manera eficiente, dispone de sistemas apropiados tales como aletas, hojas, patas, cilicios, alas, raíces u otro dispositivo de locomoción y acceso al medio nutritivo, un sistema de control, un sistema de información sobre el medio externo, sistemas de defensas contra la agresión del mismo medio y, por supuesto, sistemas genéticos de reproducción. Un organismo biológico es, en esencia, una estructura autónoma compuesta por sistemas, aparatos y órganos estructurados, funcionales y dependientes de un control central cuyo propósito último es su propia supervivencia, reproducción y auto-estructuración. Esto es, un organismo biológico se define por sus funciones primordiales que son la supervivencia, la reproducción y la auto-estructuración, y no por otras funciones, como la ingesta de alimentos, que son dependientes de las primeras.

Es conveniente señalar también que una función importante de una estructura autónoma, que busca sobrevivir en un medio agresivo que potencialmente puede destruirla, es el engaño, el disimulo, la farsa, el mimetismo. A través de este medio, el individuo finge poder, persigue ocultarse, simula peligro o aparenta inocencia para su posible adversario, depredador o presa. Esta característica funcional, que surge naturalmente a través del mecanismo de la evolución, en el ser humano es además intencional.

De la extraordinaria capacidad de las estructuras autónomas podemos inferir que un humilde gusano, habitante de esta partícula cósmica denominada Tierra, es inmensamente más complejo y, por tanto, más funcional que una magnífica estrella como, por ejemplo, la colosal y poderosa CanisMajoris. Es cierto que el primero se va estructurando mientras va consumiendo energía, en tanto que la segunda se va desintegrando mientras la va produciendo. Pero la estructuración de un consumidor eficiente requiere mayor funcionalidad y complejidad que la desintegración de un productor eficiente. La mayor eficiencia en el empleo de energía da al traste con la concepción de desorden de la segunda ley de la termodinámica. Por lo tanto, no es legítimo suponer que un ser viviente es una insignificancia frente a la inmensidad del universo. Su superioridad reside precisamente en su propia funcionalidad que le permite una mayor capacidad relativa de subsistencia. La energía es empleada con mayor eficiencia tanto en su propia estructuración como en sus acciones funcionales de supervivencia y reproducción. En la perspectiva del tiempo, la vida es un estallido de estructuración; en la perspectiva de una vida, ella es todo el tiempo.

En el proceso de estructuración biológica de la materia se han producido estructuras tan complejas como, por ejemplo, el cerebro de los mamíferos, que es el órgano terminal de las sensaciones y procesador de las percepciones, centro de las emociones, lugar de la memoria y la imaginación, y dotado de conciencia de lo que lo rodea. Además, en el ser humano este órgano ha desarrollado en alto grado la capacidad de pensamiento conceptual y lógico que le permite una afectividad de sentimientos, conocer racionalmente, poseer conciencia de sí y actuar intencionalmente.



CAPÍTULO 5. LA EVOLUCIÓN DEL HOMO SAPIENS



En su origen, hace unos 200.000 años, y donde el homo sapiens evolucionó posteriormente el medio fue acuático y rico en proteínas. De este medio adquirió las características que lo separaron del homo ergaster y que produjeron, ya hace 60.000 años, el hombre moderno. La característica más distintiva fue el desarrollo del cerebro para permitirle el pensamiento abstracto y racional, los sentimientos y la capacidad de la acción intencional.


La etapa acuática como origen del filum sapiens


Hace unos 200.000 años atrás y por una extensión de al menos unos 80.000 años, la evolución del género homo pasó por una fase acuática que dio origen a la especie sapiens. Durante este tiempo, el homo sapiens adquirió las características que lo separó del homo ergaster, especie del que provenía. El medio acuático lo diferenció de su antecesor principalmente porque su dieta fue muy rica en proteínas cuando supo explotar el nuevo nicho de peces y moluscos marinos. No sólo esta dieta favoreció el desarrollo del cerebro, sino que el medio acuático lo separó morfológicamente de sus antepasados.

La evolución marcha rápida y es profunda cuando un grupo permanece aislado en un ambiente muy distinto del que tenía y está además constituido por relativamente pocos individuos para que las mutaciones benéficas puedan propagarse a toda la población en pocas generaciones. Al cabo de algunas decenas de miles de años, podemos suponer que nuestra especie habría evolucionado hasta adquirir las características anatómicas que nos caracteriza y que nos diferencia de los otros homínidos. Estas características han sido descritas en la “teoría acuática” propuesta por Sir Alister Hardy (1896-1985), en 1960, y Elaine Morgan (1920-), en Eva al desnudo, 1972. Esta última antropóloga explica que ciertos rasgos propios del homo sapiens sólo pudieron aparecer durante una etapa de su evolución ocurrida en el agua. Aunque ambos postulaban que tal evento ocurrió en el Plioceno, es mucho más probable que esta etapa pudiera haber sucedido justamente ya muy avanzado el Pleistoceno, y precisamente en la época indicada por la teoría del ADN mitocondrial para el origen del homo sapiens.

Entre los rasgos anatómicos distintivos que nos separa de los demás primates la teoría acuática menciona algunos muy característicos. Así, no sólo el pelaje desapareció, sino que el escaso vello que quedó está dispuesto de manera distinta del pelo de los demás primates, pues sigue la dirección de la corriente de agua en un nadador, dato que puede ser útil al momento de afeitarse. Las yemas de los dedos del ser humano adquirieron una marcada sensibilidad, la que puede deberse a la necesidad que tuvo en la era acuática para tantear moluscos que no se pueden ver con precisión bajo el agua. Su capa de grasa subcutánea es similar a la de otros mamíferos acuáticos, pero es distinta de los otros primates, y pudo deberse a la manera de mantener la temperatura corporal dentro del agua cuando debió reemplazar el pelaje como abrigo corporal, pero que estorbaba en el agua. El cabello se mantuvo sólo sobre el cráneo, que el nadador mantenía fuera del agua, probablemente como protección solar y, en el caso de las mujeres, es más largo para que las crías, también eximias nadadoras, pudieran asirse. Las crías humanas pueden nacer bajo el agua y en sus primeros meses los bebes pueden nadar sin ahogarse. Los lacrimales sufrieron el desarrollo que demandaba el nuevo hábitat marino. A diferencia de los simios, la nariz humana se prolongó para construir un techo cartilaginoso, dirigiendo la apertura de las fosas nasales hacia abajo para impedir que el agua ingrese a las vías respiratorias cuando se aspira con la cara mojada. Los incipientes cartílagos entre los dedos de nuestras manos apuntan hacia la función natatoria de las patas palmípedas de los ánades y otras aves marinas.

El lenguaje articulado fue posible cuando, justamente, en la etapa acuática de la especie la laringe adquirió una posición más baja en el cuello, lo que permitía a nuestros antepasados de hace 200.000 a 120.000 años atrás nadar y sumergirse sin que el agua ingresara a sus pulmones por la tráquea. Esto produjo un aumento del tamaño de la faringe, que es el espacio situado entre el fondo de la cavidad nasal y la laringe y que constituye una cámara inexistente en los restantes animales. La ampliación estructural de la faringe permitió a aquellos antepasados y permite a nosotros emitir precisamente los sonidos vocales que requiere el lenguaje articulado.

En el hábitat de praderas el homo ergaster y su antecesor, el homo habilis, habían sobrevivido y evolucionado para adquirir los rasgos anatómicos que los caracterizaban. Se supone que lo central de su dieta habría sido la médula de carroña suplementado por frutas, raíces, semillas y alimañas. Grupos de homo ergaster, que ocupaban zonas costeras con extensiones amplias de agua de bajo fondo, como el mar Rojo, que eran ricas en las nutritivas proteínas de peces y mariscos, habían encontrado la técnica de pescar y mariscar. Esta dieta rica en proteínas posibilitó el crecimiento del cerebro, condición necesaria para originar el homo sapiens. La nueva expansión del cerebro ocurrida desde hace unos 200.000 años atrás y que desarrolló los lóbulos frontales no hubiera ocurrido probablemente si acaso el nuevo hábitat no hubiera tenido abundancia de alimentos para una dieta suficientemente rica en nutrientes y calorías, como es el caso de una dieta basada principalmente de peces y mariscos, para suplir la mayor demanda energética que exige un mayor volumen cerebral en relación al cuerpo.

Desde el punto de vista del desarrollo del cerebro y de la expansión de la caja craneana, el filum homo había atestiguado probablemente dos saltos anteriores. El primero ocurrió cuando un grupo de homínidos adoptó la postura erguida, hace unos dos y medio millones de años, con lo que el cráneo se liberó de la musculatura que lo aprisionaba para mantenerlo horizontal y consecuentemente creció. Posteriormente, hace unos dos millones de años, posiblemente ayudado por una nueva dieta rica en proteínas que su mayor inteligencia había descubierto, se produjo en nuestros antepasados una mutación genética, por la cual el desarrollo muscular de las mandíbulas se vio limitado, a la vez que el cráneo se vio nuevamente más libre del aprisionamiento muscular.

También es probable que este aislado grupo deviniera, durante esa etapa, en la primera tribu de homo sapiens, pues su cerebro habría adquirido en ese entonces la capacidad de pensamiento racional y abstracto que toda su descendencia tendría, como también de las características que caracterizan a la psicología humana. Pero a diferencia de las otras adaptaciones surgidas como soluciones concretas al nuevo ambiente playero, esta capacidad no fue probablemente una mejor adaptación, sino una determinada y novedosa organización cerebral que surgió en forma aleatoria, sin propósito definido, pero que terminó por demostrar su portentosa utilidad a través del lento devenir del tiempo.

El pensamiento específicamente humano es aquél de las ideas abstractas que permiten conceptualizar la realidad, y del razonamiento lógico que permite obtener un mayor conocimiento de ésta. Adicionalmente, son específicamente humanos los sentimientos en el plano afectivo y la voluntad de la acción intencional en el plano efectivo. Todos estos productos psíquicos de la mente humana, que tienen por fundamento la estructura cerebral y su modo de funcionamiento, se erigen sobre un substrato neuronal y psíquico que es común a todos los animales superiores, pero que ha sufrido un extraordinario desarrollo en el homo sapiens.

Es posible actuar socialmente en torno a un objetivo sin necesidad de ser ni muy lógico ni muy abstracto. El lenguaje puede surgir sin tantas habilidades intelectuales. En realidad, tomó casi toda la historia de la humanidad para que las capacidades intelectuales exhibidas por el homo sapiens en su comienzo mostraran todo su esplendor en algunos pueblitos de la Grecia antigua. Incluso en la actualidad, gran parte de la población humana vive su vida plenamente sin usar mucho su cabeza, sino más bien siguiendo servilmente el ritual impuesto por la cultura, la ética incluida.

La teoría paleoantropológica, que busca trazar los orígenes de nuestra especie mediante el análisis del ADN mitocondrial de los diversos pueblos existentes en la actualidad, postula que es probable que los seres humanos modernos provengan de una sola “Eva”, que vivió en África hace unos 120.000 a 200.000 años atrás. Es probable también que Eva perteneciera a un reducido grupo de homo ergaster que se hubiera establecido en las aisladas playas de la costa africana que van desde el Mar Rojo hasta el cabo de Buena Esperanza. Justamente en tales lugares se han descubierto conchales que delatan huellas de asentamiento humano que datan del Pleistoceno. Durante dicha época este grupo de homínidos evolucionó en homo sapiens en medio de una dramática presión ambiental que extinguió al homo ergaster y que estuvo a punto de causar su extinción.

Por otra parte, el ser humano moderno de todas las razas, cuya característica más distintiva fue el desarrollo del cerebro para permitirle el pensamiento abstracto y racional, los sentimientos y la capacidad de la acción intencional, proviene genéticamente de un “Adán” que vivió hace 60.000 años. Sus descendientes se expandieran por todo el planeta. De otro modo, las razas que existen en la actualidad, repartidas por los continentes, hubieran sido distintas especies de homo sapiens.

Posteriormente, hace 75.000 años atrás, la emergente población de homo sapiens sufrió casi una extinción que hizo peligrar su prolongación a causa de la violenta erupción del súper volcán Toba, en Sumatra. Las cenizas cubrieron por años la atmósfera, bloqueando la luz del Sol y produciendo un descenso de 10º C de la temperatura global promedio. Los gases volcánicos acidificaron la atmósfera y el agua dulce. Tres cuartas partes de la vegetación pereció y muchas especies se extinguieron. Se estima que la población humana se redujo a un par de miles de individuos. 

Desde entonces y esa tranquila costa en la base del Cuerno de África, los descendientes con abombadas frentes de esta primera tribu humana dirigieron sus aventureros y adaptables pasos para conquistar primero Asia, Europa y el interior de África, según explica la teoría “fuera de África”, y en el transcurso del tiempo ocupar toda la Tierra, e incluso haber pisado la Luna.

Sus primos erectus y neandertales habían emigrado de África cientos de miles de años antes, cuando recién habían dejado de ser homo habilis. En contra de la imagen popular, no sólo eran probablemente tan peludos como sus parientes simios, y en el caso de los neandertales también su pelambre se habría tornado mucho más denso para resistir las gélidas temperaturas en la Europa de la Edad glacial. Al menos no existe ninguna evidencia que apoye la postura contraria. Por el contrario, las especies y razas de otros animales que habitan las zonas árticas poseen gran abundancia de pelaje. Pero aunque habían adquirido una capacidad craneana no sólo significativamente mayor que la de sus antepasados habilis, sino que incluso algo mayor que la de sus propios primos desnudos, los neandertales actuaban como sus antepasados más primitivos, posiblemente de manera algo más sofisticada, pues esa enorme capacidad craneana no los hacía mejores para razonar ni para conceptualizar los objetos del conocimiento.


El distintivo desarrollo cerebral


En cuanto a la nueva capacidad de pensamiento racional y abstracto del recientemente aparecido homo sapiens, ésta no produjo una revolución tecnológica inmediata distinta de sus primos neandertales. Por muchas decenas de miles de años ambas especies actuaban de manera similar, desbastando piedras para fabricar hachas y cuchillos, aguzando y pelando ramas rectas, cazando, recolectando. Nuestros peludos primos funcionaban estupendamente bien en un medio helado ocupado por mamut, renos, osos y otros lanudos animales de aquella época. Pero con el tiempo, más inteligentes para descubrir las mejores maneras de adaptarse a distintos hábitat, los desnudos sapiens llegaron también a ocupar el territorio de sus peludos parientes y a competir con ellos cuando lograron inventar los abrigadores trajes de pieles tras desarrollar la aguja, el hilo, precisas herramientas para cortar cuero y métodos para curtirlo. Utilizando una mínima fracción de su gran capacidad de pensamiento conceptual y lógico, les permitió ocupar y dominar un hábitat para el cual no estaban naturalmente dotados.

Lo anterior nos está demostrando que no basta con tener la capacidad neuronal para razonar como Einstein o componer música como Mozart. La materia bruta del pensar es inútil si acaso no está tallada por la cultura y la formación individual. Y el resultado es aún mejor cuando la talla es más fina. Genios potenciales pudieron haber habido multitudes entre nuestro antepasados en estos 100.000 años o más de existencia del homo sapiens, pero nunca se destacaron, con toda probabilidad ni siquiera como eximios fabricantes de lanzas.

Porque fueron capaces de valorar las ventajas que brindaban ciertas cosas, en forma muy lenta, casi imperceptible, nuestros antepasados se fueron distanciando del homo ergaster y fueron atesorando una innovación allí, un descubrimiento allá, una idea acullá. Nuestros antepasados eran tan rápidos como nosotros para apreciar una oportunidad, aprender de ella y sacarle el máximo provecho. Lo difícil era, como lo es hoy, inventar, descubrir o idear algo nuevo. La rueda puede ser algo tan útil como parecer tan simple, pero fue un invento que apareció sólo hace unos 4.500 años atrás en Caldea. Ahora moviliza nuestra civilización.

La cultura resultó ser un mecanismo más poderoso que la evolución biológica como forma de adaptación al medio, pues ha llegado hasta transformarlo. Ella, que en el fondo no sólo es comunicación, sino principalmente memoria, se encarga generalmente de que las ideas que han demostrado su utilidad no se pierdan. Además, una idea trae consigo otra que perfecciona la anterior. El conocimiento es acumulativo mientras la cultura no sea destruida, como ocurrió, por ejemplo, con la caída del Imperio romano. En nuestra época somos testigos de una revolución permanente de la tecnología y de las ideas que día a día van superando lo avanzado.

Uno de los resultados más sorprendentes del advenimiento del homo sapiens y su portentosa inteligencia fue la posibilidad de vivir en tribus. Probablemente, sus ancestros habían vivido socialmente en tropas, como los actuales chimpancés y gorilas. Una tribu permite una adaptación extraordinaria al medio, pues el conocimiento de la experiencia individual se puede transmitir a todos sus miembros y se conserva indefinidamente en la comunidad, acrecentándose con las experiencias de los demás en lo que constituye la cultura

Adicionalmente, la inteligencia humana posibilita el conocimiento íntimo de los alrededor de 60 a 120 compañeros que integraba o integra corrientemente una tribu. En fin, aquello que distingue una tribu de una tropa es la formidable acentuación de la solidaridad y la cooperación en la genética humana, por las cuales se pueden vencer los obstáculos que va presentando el medio hasta llegar hasta dominarlo y someterlo. Una tribu es una comunidad humana compuesta por miembros que comunican conceptos abstractos y lógicos, que se conocen íntimamente, se estiman y se respetan, donde, más que la simple convivencia, reina la solidaridad y la cooperación. El hábitat natural de todo ser humano, producto de la evolución genética, es la tribu. Toda estructuración social que no respete la naturaleza o el modo de ser tribal produce hondos conflictos psicológicos y morales en los individuos.

Ciertamente, la convivencia tribal nunca ha sido el Edén bíblico. El afán individual de supervivencia y reproducción choca contra la necesidad de subsistencia comunitaria, y antes que brote en abundancia el respeto, la generosidad y la misericordia, a menudo lo que aflora son la codicia, la lujuria, la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, que son los vicios englobados como “pecados capitales” en las enseñanzas morales desde los tiempos de los primeros cristianos.

Además, en la perspectiva inclusión-exclusión social, si los miembros de la propia tribu son considerados vecinos, colaboradores, compañeros, camaradas, amigos, los miembros de las otras tribus son juzgados como foráneos, competidores, rivales, adversarios y hasta enemigos. Esta situación antropológica genera los principales conflictos sociales, étnicos e internacionales. La solución ha sido y es englobar las unidades discordantes en un todo mayor incluyente.

Si la cultura nos permite aprovechar las ventajas del conocimiento acumulativo y las profundas tendencias psicológicas de solidaridad y cooperación implantadas en nuestro genoma, no es garantía alguna de generosidad, humanidad y misericordia. El siglo XX ha sido testigo de las peores tragedias de matanzas y destrucción que han ocurrido en la larga y convulsiva historia de la humanidad. Decenas de millones de seres humanos han sufrido muertes horribles, tempranas, y sobre todo innecesarias, en manos de sus congéneres. Las peores maldades y destrucciones han sido llevadas a cabo por personas y pueblos que se suponía eran lo más acabado y refinado de la civilización cristiana. Incluso ahora, poderosas y muy civilizadas naciones desvían importantes recursos para construir arsenales militares que podrían destruir varias veces el planeta donde todos vivimos, y todo ello decidido por personas sensatas, afectuosas y muy correctas, que aplican todas sus facultades intelectuales para determinar como matar y destruir con la mayor eficacia posible.

El pensamiento humano es un arma poderosa que muchas veces nos presenta la realidad en forma muy distorsionada. Pero la realidad es, por el contrario, infinitamente compleja, y nosotros, en nuestra soberbia pretendemos saberlo todo y cometemos graves equivocaciones. Además de la soberbia, también funcionan en nuestras decisiones la codicia, la venganza, el odio y otras lamentables pasiones, propias de nuestras limitaciones y de nuestro afán por la supervivencia y la reproducción.

Si el pensamiento humano es virtualmente nada sin la cultura, con la cultura puede tornarse en un arma mortal cuando las pasiones no se le sujetan y cuando, en cambio, no se adopta una actitud de humildad. Sólo el pensamiento nos permite conocer profundamente la realidad que nos rodea, poetizar en torno a ella, e incluso postular la existencia de un ser creador del universo y glorificarlo por ello. Solo cuando llega a ser misericordioso con el necesitado y busca la justicia y el amor, el pensamiento humano, finamente tallado por la cultura, la educación y una sabia formación, puede llegar a ser un cocreador del universo. Solo cuando los más altos valores humanos se encarnan en la cultura podemos respirar con un cierto alivio acotando las atrocidades que continuamente asechan el paso de la humanidad por la historia. sólo cuando se respeta nuestras características genéticas y modo de ser tribal, podemos ser más humanamente cordiales.

El poder reproducir la realidad en representaciones de imágenes subjetivas es una capacidad de la inteligencia animal, pero el poder de representarla en conceptos abstractos es propio del pensamiento humano. Además, el poder relacionar estas representaciones lógicamente y generar un orden o una estructura que no es evidente en la pura observación de la realidad es una capacidad del pensamiento racional. El poder traducir verbalmente los conceptos es propio de la palabra, y el poder relacionar y estructurar estas unidades racionalmente es propio del lenguaje comunicativo de la cultura de cualquier comunidad humana. El poder almacenar los volátiles pensamientos en la escritura, como tablillas de barro, libros o cintas y discos electrónicos, es acrecentar la cultura. Para precisar más, el pensamiento humano es la capacidad para relacionar imágenes, ideas y proposiciones es estructuras más complejas. Se pueden distinguir dos tipos de procesos de pensamiento netamente humanos distintos, pero que habitualmente son englobados en lo racional, conduciendo a graves errores teóricos. Estos son el pensamiento abstracto y el pensamiento específicamente racional.

El pensamiento abstracto relaciona imágenes e ideas más concretas en conceptos más abstractos, que son más universales. En esta relación, importa la verdad, es decir, la mayor o menor correspondencia entre la idea y la cosa., además del grado de universalidad, que es la cantidad de cosas o ideas menos universales que son referidos por el concepto. Para lograr una máxima veracidad el pensamiento debe ejercer el criticismo, que es la capacidad para volver a la cosa concreta si se quiere pensar y hablar de la realidad y no de fantasía. Por su parte, el pensamiento racional relaciona los conceptos en proposiciones o juicios, y éstos, en relaciones lógicas. Lo que importa aquí es la validez de estas relaciones lógicas. Si las premisas son válidas y si la mecánica lógica es la adecuada, entonces la conclusión será también válida. La verdad no compete a la lógica. Pero si las proposiciones son válidas y verdaderas, y la mecánica lógica es la adecuada, entonces la conclusión, que no está explícita en las premisas, resulta verdadera. Aunque las premisas sean válidas, basta que exista alguna falsedad en ellas para que la conclusión sea falsa.

El pensamiento racional y abstracto del ser humano lo separa de sus antecesores homínidos y del resto de los animales, y lo coloca en un lugar muy especial entre las criaturas del universo. Mediante esta capacidad intelectual, un ser humano adquiere conciencia de sí, comprende lo que vincula una causa con su efecto, consigue dominar su entorno, comunicar su experiencia a otros seres humanos y comprender la experiencia de éstos. No sólo puede con otros humanos generar cultura, sino que puede maravillarse del mundo que lo rodea y reconocer a su Hacedor.



CAPÍTULO 6. LA CONCIENCIA ULTRAMUNDADA



La psicología humana se entiende por ser naturalmente un organismo biológico cerebrado que se relaciona con su ambiente y que persigue satisfacer primordialmente sus instintos de supervivencia y reproducción. Esta relación se efectúa a través de tres funciones: cognición, afectividad y reacción. Tenemos tres tipos de conciencia: conciencia de lo otro, conciencia de sí y conciencia profunda. El accionar del ser humano es intencional y responsable, ya que emana de su libre albedrío, que es producto de su razonar deliberado. Si la conciencia de sí termina en la muerte, la conciencia profunda conduce a la transcendencia. Ésta viene a ser la estructuración de la energía en conciencia profunda. El ser humano puede definirse, más que como animal racional, como un animal transcendente que transita de lo animal a la energía personal. Tras la muerte de la persona emergería una psicología nueva, inmaterial, pero implícita en la conciencia profunda, para conocer y relacionarnos correspondientemente con esa misteriosa realidad que se presentaría más allá de nuestra vida terrena, imposible de conocer ahora a través de nuestra experiencia sensible.


La discusión acerca de si las personas siguen existiendo de alguna manera o no después de la muerte sigue latente. Si apoyamos la primera postura —la transcendencia de la persona— y considerando que no poseemos ninguna evidencia física de una existencia en un “más allá”, resulta difícil especular sobre una psicología humana en la otra vida, y menos aún emplear el método empírico. El único camino a nuestro alcance sería, desde una perspectiva filosófica, depender de la psicología que podemos conocer en esta vida y advertir las especulaciones de la parasicología y la mística.


Tres funciones


Entonces veamos primero que la psicología humana se entiende primeramente por ser naturalmente un organismo biológico cerebrado que se relaciona con su ambiente y que persigue satisfacer primordialmente sus instintos de supervivencia y reproducción; siendo ambos instintos funcionales a la prolongación de la especie, que es lo determinante en la genética de los organismos biológicos. En todo organismo biológico vertebrado esta relación se efectúa a través de tres funciones: cognición, afectividad y reacción. Estas funciones son actividades psíquicas de la estructura biológica y electro-química del órgano nervioso central animal. Primero, un organismo biológico acentúa sus posibilidades de supervivencia y reproducción cuando obtiene información del medio, lo que le posibilita ventajas adaptativas acerca de alimentación, sexo, cobijo y defensa. A través de la evolución se han desarrollado órganos de sensación que captan señales de lo que le rodea, las que se han perfeccionado en el curso de la evolución biológica hasta conseguir, en al menos los mamíferos, una representación muy fiel y sutil de la realidad. Una segunda función, la afectiva, se manifiesta primariamente por la sensibilidad a efectos que producen señales nerviosas que provocan placer o dolor como un mecanismo adaptativo y ventajoso para la especie. Tercero, la psicología biológica se completa con la respuesta del organismo frente a las oportunidades que se le presentan y a los peligros que debe enfrentar para su integridad. Puede atacar, huir, defenderse, protegerse, etc.

Por su parte, la función principal de la estructura orgánica cerebral es, específicamente, en una escala superior cognitiva, generar estructuras psíquicas de percepciones e imágenes a partir de las sensaciones que proveen los sentidos. Parte relevante del caudal de vivencias cognitivas, afectivas y reactivas es registrada en la memoria de manera relativamente estable en forma electroquímica y neuronal (estructural) que realzan las capacidades intelectivas y le confieren continuidad en el tiempo, creando una historia individual. Esto es lo que produce la conciencia y fue una importante adaptación evolutiva. La conciencia animal, incluyendo el ser humano, es conciencia de lo otro y es la suma de las tres instancias, más la memoria. Por su lado, la memoria genera la imaginación, que son las representaciones o contenidos de conciencia que el animal puede producir o rememorar en su mente como una vívida realidad que no necesita tener presente para desearla o, por el contrario, temerla, para de esta manera aproximarse a lo apetecido o huir del amenazante peligro. 

En el ser humano, a través del proceso evolutivo que busca la prolongación de la especie mediante la supervivencia del más fuerte, estas tres mencionadas funciones psicológicas se manifiestan como conocimiento, sentimiento y voluntad, respectivamente. Pero a diferencia de todo animal el más evolucionado cerebro humano adquirió capacidad de pensamiento racional y abstracto a partir del mismo bagaje neuronal de los animales, pero de manera aún mucho más compleja, pudiendo estructurar en su mente todo un mundo lógico y conceptual a partir de percepciones e imágenes, y buscando representar lo más fiel y prácticamente posible el mundo real que experimenta y comprender el significado de las cosas y de sí mismo. Él estructura en su mente relaciones lógicas, ontológicas y hasta metafísicas y también puede comprender las relaciones causales de su entorno. Estas relaciones o procesos tienen una secuencia temporal, como el silogismo y la abstracción, y por lo tanto, son muy de nuestro mundo terrenal de tiempo y espacio. Para ello se ayuda del sistema del lenguaje que el individuo emplea primariamente para comunicarse simbólicamente con otros seres humanos y también para acumular información y desarrollar aprendizaje y cultura. La realidad que conoce es, como todo animal, la sensible y, por tanto, material. Pero en su mente persigue comprender lo inextricable de esta realidad enigmática que se le presenta, consiguiendo a veces entender la unidad de la multiplicidad entre el caos.

En esta misma escala su afectividad, más allá de sensaciones y emociones, se estructura propiamente en sentimientos. Naturalmente, un ser humano no es solamente una entidad racional que actúa objetiva y fríamente según parámetros abstractos y lógicos. Él es también un ser sujeto a la afectividad. Como cualquier animal, busca, en función de la mecánica de la supervivencia y la repro­ducción, el gozo y el placer, y rehúye el sufrimiento y el dolor. Como todo ser emotivo, experimenta intensamente las emociones de vivir, siendo, por ejemplo, profundamente afectado por el aroma de las flores, la tibieza del Sol, la frescura del agua, la suavidad de la brisa, la placidez del descanso, el sabor y la satisfacción de la comida, el calor de la compañía, la ternura de la amistad. Además, la razón incrementa la escala de la afectivi­dad para incluir los sentimientos, y produce una funcionalidad de una escala superior a la emoción, confiriéndole una perspectiva plena de sentido y propósito dentro de un contenido moral, pero donde la felicidad, la tristeza, el amor, el odio y muchos otros sentimientos más confieren la coloratura humana. Se supone que un ser humano es civilizado en proporción a su capacidad para dominar sus emociones en función  de sus sentimientos.


Conciencias


La conciencia es una función de la estruc­tura psíquica que el sistema nervioso central genera, unificando toda su actividad psíquica, en virtud de la cual el individuo —animal o humano— es capaz de poseer una actitud experimentada y vigilante de su entorno, que le permite ubicarse temporal y espacialmente y valorar el posible beneficio o peli­gro que encierran las cosas que allí percibe. Ella relaciona activamente la multiplicidad de sensaciones, imágenes, ideas y sus relaciones que el contacto con el mundo externo suministra, y las compara continuamente con los contenidos, en sus distintas escalas, evocados por la memoria. La conciencia se distingue del sueño, aunque en ambas fluyen contenidos de conciencia; pero en el sueño no existe el control unificador de la conciencia ni la percepción actual de la reali­dad, sino que refleja simbólicamente las preocupaciones cotidia­nas.

La conciencia es la capacidad que posee un sujeto, no para obtener un objeto, sino para obtener su presencia. La capacidad se refiere a la función de una estructura, que en este caso es la cognitiva y la afectiva. Por tanto, la conciencia se refiere a la cognición y la afectividad. La obtención por parte del sujeto de la presencia de algo se refiere, por una parte, a una representación psíquica que se origina en las sensaciones que recibe de un objeto y que estructura o elabora en percepciones, imágenes y conceptos, y, por la otra, a una representación psico-fisiológica que produce un objeto y que se traduce en placer y dolor, en una primera escala. La presencia es la invasión del sujeto en el campo de sensación del sujeto. El objeto es todo lo que se pone al alcance del sujeto, como causa de las sensaciones y emociones del sujeto. En fin, conciencia es el conocimiento que tiene un individuo de ser sujeto de relaciones causales que pueden compro­meter su existencia en cualquier grado, ya sea como causa o como efecto.

El objetivo de la conciencia es unificar, filtrar y actualizar tanto la continua y permanente información de la realidad que llega a través de los órganos de sensación como la información suministrada por la memoria. También la conciencia está presente en la elaboración de nuevos contenidos de conciencia (percepciones, imágenes, ideas, relaciones lógicas y relaciones ontológicas). En fin, la conciencia, en posesión de todo este conocimiento y afectos-aversiones, puede ejercer un efectivo control sobre la acción.

Conciencia de lo otro

La más simple de todas es la conciencia acerca de las cosas que nos rodean. Este tipo de conciencia, que poseemos todos los animales en mayor o menor grado, proviene de la capacidad natural de reconocer objetos que pueden ser afectados por nuestras acciones o que pueden afectarnos a nosotros. La acción que surge de la informa­ción provista por este tipo de conciencia no puede ser llamada precisamente libre, pues está condicionada  por los instintos y apetitos pro­pios que promueven la supervivencia y la reproducción para los cuales es específicamente funcional. La intensidad de esta con­ciencia varía desde el simple reconocimiento de la existencia de luminosidad o calor hasta la comprensión de las fórmulas químicas más complejas.

Conciencia de sí

Un segundo tipo de conciencia es la conciencia de sí. Pertenece a una escala que implica una inteligencia racional, pues surge de la relación intelectual que un ser racional efectúa entre las diver­sas cosas, de las cuales distingue una de éstas, el agente de la acción, que llega a identificar consigo mismo. No se refiere a la acción de la causalidad que un individuo siente en sí mismo, reconociendo que la causa es distinta a sí mismo, pues en eso reside justamente la conciencia de lo otro. La conciencia de sí establece la distinción sujeto-objeto, donde el sujeto se concibe a sí mismo siempre por oposición al objeto. Surge por reflexión. Así, pues, al reflexionar y mirarse a sí mismo como sujeto, éste se concibe como propio y distinto de las otras cosas.

La conciencia de sí tiene la capacidad para distinguirse ella misma de la experiencia, identificando su causa con lo otro, y el lugar de la conciencia que experimenta lo otro, consigo mismo. El individuo, al reflexionar, reconoce que la conciencia es el lugar del pensar, de la voluntad y del sentimiento. El origen y lugar de todos estos procesos los identifica con el yo. El yo se erige en sujeto consciente que reflexiona y actúa autónomamente. En el acto de reconocer un yo, está también reconociendo un tú a partir de la conciencia de lo otro.

La acción que surge de este conocimiento, por la que el sujeto racional se identifica con el sujeto de la acción y separa­do de las otras cosas, supone, primero, una acción concebida como propia, emanada de sí mismo; segundo, una evaluación de sus efectos probables, y, tercero, una evaluación que hace sobre sus mismos objetos, a los que ordena axiológicamente, otorgándoles a cada cual una posición dentro de una jerarquía valórica que él mismo llega a estructurar. La acción, que tiene un momento de deliberación, tiene otro momento de decisión y ejecución, y un tercer momento de cambio en el objeto hacia el cual se dirige, hace emerger los tiempos de pasado, presente y futuro. Cuando surge la conciencia de que el sujeto puede ser causa del cambio, aparece el proyecto de futuro y la programación y la planificación de la acción.

La conciencia que cada ser humano tiene de sí, y por la cual el mismo adquiere una identidad única y propia, en el tiempo y en el espacio y con relación a las otras cosas, no le proviene por aquel supuesto ingrediente espiritual denominado alma, sino que es producto de la estructura psíquica compuesta por los contenidos de conciencia, en especial las imágenes, ideas y juicios que cada ser humano va estructuran­do según las representaciones actuales y evocadas, que convergen precisamente en ella para hacer de la representación psíquica un todo coherente y referido a la realidad. Entre estos contenidos de conciencia figuran las imágenes y los conceptos que cada uno adquiere o elabora como representaciones más o menos verdaderas de la realidad; el modo particular en que se han ido estructurando; las relaciones que cada cual va haciendo entre las cosas que percibe; la percepción íntima de su existencia, de su yo, de su propio desarrollo, de sus caren­cias y afectos, de sus posibilidades y debilidades, de sus alegrías y tristezas; el conjunto de pasadas experiencias y su ordenamiento como sucesos en el tiempo; la emotividad particular que condiciona toda imagen; los sentimientos que acompañan sus ideas; las valoraciones éticas que suministra la cultura.. Todo ello constituye un marco de referencia permanente y un banco de conocimientos de inmediato acceso; en fin, todo ello constituye un sistema en su conciencia de sí que le permite deliberar y actuar intencionalmente.

La acción intencional

El accionar del ser humano en el mundo es intencional y responsable, ya que emana de su libre albedrío, que es producto de su razonar deliberado. La acción humana es intencional porque persigue una finalidad que ha sido reflexionada, meditada, pensada, ponderada, razonada, planificada y hasta imaginada, no por se conoce el futuro, sino como proyecto de futuro, en términos de una determinación de las múltiples posibilidades que se presentan y que incluso se crean. Y aunque la mente se mueva dentro de un con­texto estructural de valoraciones, significados, prejuicios, sentidos, sentimientos y emociones, es suficientemente libre para razonar y llegar a determinar libremente el curso de la acción. Una acción causal propiamente humana transcurre en el tiem­po: posee un antes que razona, una fuerza volitiva actuante en el presente y un después causado. Antes de desencadenar la acción, el sujeto humano estructura los elementos racionales que imprimi­rán a la acción su intencionalidad, formulando planes de futuro y proyectos de conducta. En la estructuración de los planes de futuro existe un proceso de evaluación y ponderación razonada, un juicio a partir de lo que conoce y de lo que pretende, de las diversas posibilidades de acción y una concepción de qué ocurrirá al término de la acción, acompañada o no de imágenes.

La acción humana es intencional porque el individuo se sabe, reconociéndose a sí mismo, como sujeto de una acción, a la cual le ha dado un propósito que ha deliberado o razonado. Únicamente el ser humano, de todos los demás seres del universo, es capaz de liberarse del condicionamiento natural, determinista, instintivo, afectivo y hasta ritual, cuando ejecuta una acción intencional. En comparación, la acción de un animal es sólo inmediatista, conteniendo una decisión muy simplificada, cuando no es tan sólo una simple respuesta a un estímulo. La vida es energía que se consume en el esfuerzo para sobrevivir y reproducirse; la vida humana es energía que se consume además tras un proyecto de futuro que la razón ha estructurado como posibilidad; y esta energía que consume en el mundo material es energía que se estructura en la persona. La acción propiamente humana no consiste en la capacidad de elegir entre una multiplicidad de medios para obtener un fin deseado. Esa capacidad la pueden ejercer todos los seres con sistema nervioso central con mayor o menor habilidad. La acción humana consiste en actuar según una intención consciente ligada a una finalidad razonada. Las acciones humanas no deliberadas no son intencionales y pertenecen a la causalidad determinista del universo.

Del mismo modo como el término de la acción de todos los seres vivientes, incluido el ser humano, es la supervivencia y la reproducción, el término de la acción propiamente humana es la determinación razonada de las múltiples posibilidades u oportuni­dades que se le van presentando a un individuo, incluso al margen del contexto biológico de la supervivencia y la reproducción. De hecho, la acción intencional es mucho más que una respuesta a los simples instintos de supervivencia y reproducción, pues se desenvuelve dentro de un contexto moral. La acción intencional, identificada con el ejercicio de la libertad y con la autodeterminación, depende de la razón y los sentimientos, siendo lo que caracteriza a la persona y que se relaciona al otro a través del amor o el odio.
La acción propiamente humana, cuando pro­duce un efecto en algún objeto, genera también, de alguna manera, un efecto en el mismo sujeto. A través de su acción, el ser humano se va no sólo auto-determinando, sino que también auto-es­tructurando. La estructuración personal es a la vez intelectual, afectiva y moral. Entre la intención y la acción está la decisión, que también se denomina voluntad. La decisión es actualizar, colocando en el presente una intención dirigida hacia un futuro indeterminado. Esto es especialmente importante en dos sentidos: por una parte, establece la oportunidad de la acción. Por la otra, ordena la secuencia respecto de las otras acciones de un proceso.

La acción humana es libre. No lo es en el sentido de un poder de actuar o de no actuar, de acuerdo a las determinaciones de la voluntad. Lo es en cuanto se dan dos factores: primero, la existencia de deliberación razonada antes de la acción; segundo, la existencia de condiciones objetivas para llevarla a cabo. Por lo tanto, la libertad humana es el poder de actuar de acuerdo a la propia voluntad racionalmente determinada y no consiste en elegir una alternativa, sino en la posesión objetiva de alternativas. Nuestra libertad, que no es una “libertad de”, sino que es una “libertad para”, cuando es ejercida, queda determinada. No sólo no podemos hacer todo lo que queremos, y cuando hacemos algo, optando por algún curso de acción que determinamos, cerramos las posibilidades para hacer otras cosas. Al tiempo de ejercer la libertad se está limitando los espacios de libertad por una de las alternativas posibles. Una vez que se elige libremente una alternativa de las posibles, la libertad se determina a la acción dentro de dicha alternativa.

La acción es menos libre en la escala de la conciencia de lo otro, pues los mecanismos causales son bastante determinados y las condiciones están bastante dadas. Un animal enfrentado a otro tiene sólo dos posibilidades: atacar o huir. En la escala de la concien­cia de sí, el efecto de una acción humana lleva impresa el sello de su libertad, pues, a pesar de todos los mecanismos y factores condicionantes, y hasta determinantes, existe una intencionalidad y una deliberación previa al desencadenamiento de la acción llenas de significados y valoraciones. El ejercicio de la libertad es inédito y original. A pesar de ser un producto más de la evolución del universo, el ser humano puede llegar a tener con­ciencia no sólo de las cosas que existen en el universo, como ocurre con todos los animales en mayor o menor grado, sino también de su misma constitución y de sus límites. Pero además, el ser humano es el único ser que puede mirarse a sí mismo, indepen­diente de las cosas y llegar a tener conciencia íntima y profunda de sí.

Uno podría suponer que todo este complejo proceso es propio de alguna fuerza inmaterial. Sin embargo, todo aquél ocurre en nuestra mente que ocupa la aparentemente débil fuerza electroquí­mica que opera en la compleja estructura nerviosa de nuestro cerebro, el que según los estudiosos pesa entre 1200 y 1400 gramos y tiene la apariencia de una masa gelatinosa de color grisáceo. Allí se relacionan tanto imágenes como relaciones de imágenes, que son las ideas, y relaciones de relaciones de imágenes e ideas tan abstractas que no tienen relación a imagen alguna, que son los juicios. Son estas últimas relaciones las unidades dis­cretas del raciocinio y las que imprimen la intencionalidad a la acción al valorar tanto sus probables costos y beneficios para sí y para otros, como también su oportunidad.

La voluntad traduce la intención en acción valiéndose de la capacidad de la red neuronal eferente, que se ramifica por toda la estructura muscular, para amplificar la débil fuerza de una intención, ubicada en la estructura cerebral, en una fuerza capaz de comandar el aparato motor, o sistema muscular-esquelético, del individuo. Es interesante advertir que la estructura muscular-esquelética es la unidad funcional que tiene un individuo para afectar el medio externo, y que la estructura nerviosa eferente, similar a la aferente, sirve para captar y conducir las sensaciones al sistema nervioso central y que es coordinada por éste. La red eferente comanda la estructura muscular-esquelética mediante señales nerviosas precisas que son amplificadas por los músculos, que se contraen o se dilatan en la dirección, con la fuerza y la velocidad preseleccionadas y en combinación con los huesos que actúan de palancas, con el objeto de llevar a cabo la acción intencionada.

La voluntad da la orden que manda a las manos asir con una determinada presión un hacha por el mango, y a los brazos descargarla con determinada potencia y precisión sobre un pedazo de leña; también comanda un dedo dirigirse hacia un botón y apretarlo con una intensidad determi­nada, una mano girar un volante a una cierta velocidad o mover una palanca en una dirección y hasta un punto seleccionado, movimientos que permiten operar una potente máquina, prolongación del cuerpo humano, para actuar sobre el medio, centuplicando la fuerza muscular. La voluntad pone una idea en persuasivas pala­bras cuando comprime el aire de los pulmones sobre las cuerdas vocales y mueve, concertando, lengua, mandíbulas y labios para regular un tono, una intensidad y un ritmo de voz seleccionadas intencionalmente, al tiempo que ordena a los músculos faciales gesticular y al cuerpo acompañar con ademanes significativos para reforzar la intención.


Conciencia profunda


Desde una perspectiva filosófica (de la filosofía que hemos venido propugnando en toda esta obra), la vida y la conciencia de sí ocurren en el universo material, donde son comprendidas filosóficamente por la complementariedad de la estructura y la fuerza. Sin embargo, en esta misma perspectiva, tanto el universo material y dicha complementariedad son comprendidos a su vez por un concepto mayor, que es el de la energía, que se ajusta y  no se contrapone con lo develado por la ciencia moderna. Así, la energía, según entendemos, no se crea ni se destruye, solo se transforma —según reza el primer principio de la termodinámica—; no debe ser pensada como un fluido, ya que no tiene ni tiempo ni espacio; su efectividad está relacionada con su discreta intensidad; es tanto principio como fundamento de la materia; no puede existir por sí misma y debe, en consecuencia, estar contenida o en dependencia. Este concepto tiene el alcance que tuvo el ser de la metafísica en la historia de la filosofía, pero que está obsoleto por su irrelevancia frente al enorme desarrollo de la ciencia. De hecho, el universo, en toda su diversidad, está hecho de energía y nada de lo que allí pueda existir puede no estar hecho de energía. Adicionalmente, la energía comprende una realidad mucho mayor que la de la materia. Es este nuevo concepto de energía que nos permite hablar de transcendencia sin contradecir la ciencia, cuyo alcance es solo lo material. Estas distinciones metafísicas son fundamentales para comprender nuestra existencia y la del universo y son la base para nuestra tesis de la transcendencia.

Siguiendo con el hilo conductor acerca del tema que nos preocupa, desde el punto de vista del propósito de los tres tipos de conciencia, vimos que el sentido de la conciencia de lo otro está relacionado con la supervivencia y la reproducción. Esta finali­dad biológica es distorsionada en la conciencia de sí por la ética, la cual busca, a través de la subsistencia de la comuni­dad, realzar la propia supervivencia y reproducción. La concien­cia profunda, que es un tercer tipo de conciencia, adiciona un marco transcendente en el cual la finali­dad de supervivencia individual y subsistencia social se relati­vizan. Si la conciencia de sí termina en la muerte, la conciencia profunda conduce a la transcendencia. Ésta conciencia se encuentra en la escala mayor de estructuración de la conciencia. No hace que nuestra acción sea más objetivamente libre, sino que hace que uno mismo sea íntima­mente libre al actuar. A diferencia de la conciencia de sí, la podemos reconocer en ausen­cia de cualquier referencia con otras cosas, y, por lo tanto, no requiere ninguna identidad por la que se puede relacionar o definir, pues se identifica únicamente consigo mismo en una mismidad. Mediante ella, una persona se reconoce a sí misma como singularidad y como independiente de otras cosas por referencia, relación o identidad. Esta conciencia es un reconocimiento de la radical mismidad que puede llegar a subsistir incluso a la propia corporeidad espacio-temporal, la que la llega a concebir como otra cosa más, muta­ble, corrupta y hasta ajena, al menos en los místicos, y que en lenguaje ordinario, sepulcral, se denomina “los restos”.

Es conveniente entrar a analizar el concepto de mismidad. Lo prime­ro que resalta es que este concepto es distinto del de identidad. La identidad supone otras cosas de las que se diferencia; en especial, supone la ocupación de un espacio-tiempo definido en el universo. En cambio, la mismidad supone únicamente uno mismo, una unicidad, tal como una singularidad, y reducido a una pura con­ciencia, sin ninguna referencia espacial ni temporal. El yo es sustancial y singularmente el yo mismo, sin relación a nadie más, autosustentable, polo de la acción intencional, autoconsciente, descontextualizado, sentimentalmente auto-contextualizado. La identi­dad que es propia de la conciencia de sí necesita otras cosas para poder diferenciarse, distinguirse, describirse y definirse: un sujeto frente a lo otro; la mismidad, por su parte, no necesita sino de uno mismo, independiente de todo lo demás.

La conciencia profunda es una experiencia muy personal y es bastante hermética, por lo que no puede ser un objeto de estudio muy definido para la filosofía, la que la puede proponer; menos lo es para la ciencia, puesto que ésta trata con entidades no singulares, con objetos espaciales y con fenómenos que puedan ser susceptibles de experimentación. En efecto, el conocimiento objetivo, que es el de la ciencia y la filosofía, es de lo plural. En cambio, lo singular, en tanto no está relacionado con nada, no está referido a nada que pueda dar conocimiento de él, de definirlo y determinarlo como objeto de conocimiento. Tal como en una escala mayor, la de la razón, un ser humano estructura la conciencia de sí sobre la conciencia de lo otro, la conciencia profunda es una estructuración en una escala aún superior que incluye los otros tipos de conciencia, pero se estructura sólo cuando se llega a relativizar la conciencia de sí, por así decir.

En este mismo grupo de temas desconocidos, pero que uno tiene el perfecto derecho a plantear con toda sensatez, está aquel de si acaso la mismidad es subsistente a la muerte del individuo, y si lo es, de qué manera, puesto que ya no habría supuestamente un espacio-tiempo, ni tampoco la mismidad estaría sujeta al imperio de las leyes de la termodinámica. Sin embargo, la conciencia profunda no aparece de la nada, sino que es una estructuración en una escala superior que surge de la conciencia de sí. Tampoco es una mismidad estática, encerrada en sí misma e inmanente, como se podría entender a un monje budista. La conciencia profunda surge de discernir que existe una meta infinita capaz de unificar y dar sentido a las distintas acciones intencionales, y que es infinitamente deseable. También entiende que es posible alcanzarla, al tiempo de comprender asimismo las propias e irreductibles limitaciones para este emprendimiento.

Cuando el ser humano reflexiona sobre el por qué de sí mismo, llegando a la convicción de su propia y radical singularidad, la multifuncionalidad psíquica es unificada por y en su conciencia, o yo mismo, no de modo mecánico, sino transcendente y moral. La trascendencia es el paso desde la energía materializada, que se estructura a sí misma y es funcional, hasta la energía desmaterializada que la persona estructura por sí misma. A través de nuestra intención libre, que culmina en una acción en nuestra existencia, podemos estructurar energía como producto. Esta estructuración se realiza en nuestra conciencia profunda y es un reflejo exacto de nuestra intención incluida en lo que somos en nuestra experiencia de vida; y es lo que subsiste a la muerte. Tal es precisamente lo fundamental de la psicología ultramundana.

La conciencia de sí es el advertir que el yo (el sujeto) es único y que su existencia transcurre en una realidad objetiva que su intelecto le representa como verdadera. Pero transcendiendo esta materialidad que ella conoce, está lo llamado “espiritual” y viene a ser la estructuración de la energía, que ciertamente es producto del intencionar, en conciencia profunda, forjándola indeleblemente en sí en modo de energía, es decir, desmaterializada. La conciencia profunda reconoce que la realidad, no es solo material, sino que también es transcendente, y la puede conocer con otros “ojos” que ven la experiencia sensible, los cuales podrían abrirse completamente solo tras la muerte fisiológica del individuo.

El alma no preexiste en un mundo de las Ideas, al estilo de Platón, para unirse al cuerpo en el momento de la concepción, sino que se fragua en el curso de la vida intencional. Esta metempsicosis transforma lo inmanente de la cambiante materia en lo transcendente de la energía inmaterial. La estructuración de una mismidad singular como reflejo de la actividad psíquica de su particular deliberación es el máximo logro de la evolución que, a partir de materia individual, produce energía estructurada. Así, el ser humano puede definirse, más que como animal racional, como un animal transcendente que transita de lo animal a la energía personal. Esta explicación es especulativa y no se asienta ciertamente en conocimiento científico alguno, pues está fuera del ámbito de lo material (solo conocemos lo sensible), pero está en sintonía con los fenómenos místico y parapsicológico reconocidos.

Cuando la muerte, propia de todo organismo biológico, desintegra la estructura del individuo, subsiste la persona, que es la estructura del yo mismo puramente de energías diferenciadas que se han unificado en la conciencia profunda durante su vida. La muerte supone la destrucción irreversible del vínculo de la energía estructurada del yo mismo con su cuerpo de materia estructurada que la contenía, manifiestamente incapaz ahora de subsistir.  Considerando que ya no resulta necesario satisfacer los instintos de supervivencia y reproducción, como tampoco estar sujeto a ningún otro instinto, en su nuevo estado de existencia el yo personal se libera del consumo de energía de un medio material y, por tanto, de la entropía, lo que significa también que su acción ya no puede tener efectos sobre la materia. La persona ha transitado a un estado de energía inmaterial

Asimismo, desaparecen nuestros atesorados conocimientos y experiencias de la realidad del universo material que percibimos a través de nuestros sentidos animales y se guardaban en la memoria, ya que dejan de sernos útiles para nuestra nueva existencia, como también nuestra forma de pensamiento racional y abstracto y la misma memoria basados en el cerebro biológico. Tampoco la persona existiría en un plano de tiempo y espacio, luz, color, sonidos, aromas, calor, frío, dureza y demás características del universo material y causal. Recíprocamente de la persona emergería la psicología nueva, inmaterial, transcendente, de pura energía, pero implícita en la conciencia profunda, incomparablemente más maravillosa para conocer y relacionarnos correspondientemente con esa insondable y misteriosa realidad que se presentaría más allá de nuestra vida terrena, imposible de conocer ahora a través de nuestra experiencia sensible. Posiblemente, el paso a esta nueva psicología sería paulatino y asistido.

La persona, ahora reducida a lo esencial de su ser íntimo, necesitaría y buscaría afanosamente un contenedor de su propia y estructurada energía para poder manifestarse y expresarse en forma plena de vinculación. La esperanza es que quien en su vida ha reconocido de alguna manera a Dios y ha sido justo y bondadoso según, por ejemplo, la enseñanza evangélica, él estará finalmente en condiciones de acceder al Reino, que Jesús conoció (¿a través del fenómeno EFC?) y anunció, cuando muere y existir colmadamente. De ahí que su condición en la “otra vida” sea un asunto de opción moral personal durante su vida terrena. Al no estar inmerso en la materialidad, ya no se interpone el espacio-tiempo que lo mantiene separado de Dios. Así, la energía liberada originalmente por Dios retornaría a Él estructurada en el amor.



Santiago de Chile

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